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La suerte está echada

Víctor Morales Lezcano
viernes 18 de diciembre de 2009, 19:54h
Ha sonado el gong anunciando finalmente la decisión del presidente Obama en el escenario de guerra afgo-pak.

Treinta mil soldados americanos serán desplegados en los próximos seis meses en tierras de Afganistán, con particular intensidad en áreas de implantación sólida por parte de los Talibán -como Kandahar y Khost, entre otras-.

A partir de entonces, en frase de un portavoz estadounidense de la administración militar, habrá más gente, más implicada -nativos involucrables en el ejército y la policía afgana; más localidades de aquel país afectadas por las campañas aliadas contra la insurgencia; y por tanto, más operaciones bélicas, guerrilleras, de asalto y de detección por tierra y desde el aire-.

Para el despliegue bastarían, según Washington DC, seis meses. A continuación, un año de guerra con las armas en mano y de campaña contra-civilizatoria en el seno de la población civil, con vistas a ganar a cientos de miles de colaboradores afganos a la causa de la misión redentora de los Estados Unidos y algunos de sus Aliados (no Francia y Alemania, sin embargo) en el Asia medio-central.

Muchas han sido las objeciones que ha suscitado el esquema general propuesto por el presidente Obama. Por ejemplo, el cálculo temporal parece resentirse de una fijación apriorística que el sentido común aconseja flexibilizar. Otro ejemplo de interpretación frecuente desde hace unos días: ¿tendrá Hamid Karzai tiempo suficiente de fijar un orden interno y depurar el país de lo que parece ser una patología corruptiva -y crónica- por parte de la administración afgana y de las minorías que la malversan constantemente? ¿Se logrará alterar una práctica viciosa de alcance social, lamentablemente muy difundida de decenios acá, en sólo doce meses? ¿Es que los Richard Holbrooke y todos los hombres del Presidente involucrados en el asunto de marras, han sopesado bien estos extremos?

De otra parte, la avanzadilla de corte liberal-left, no deja de señalar que el Tesoro americano tendrá que aceptar de ahora en adelante los costes de una guerra cara -si se pretende ganarla-, justo para que no se trate de otra guerra (Corea, Vietnam, incluso Iraq) que se prolongue indefinidamente, con desaliento en la retaguardia y muchas víctimas en el campo de batalla.

Simplificando esta percepción crítica del conflicto armado por parte de los sectores lúcidos de la opinión neoyorquina, Thomas Friedman ha dejado caer que “hacer de Afganistán parte de la guerra contra el terrorismo no es una locura, sino que es una guerra muy cara”.

Un “trío de ases” como el integrado por Hillary R. Clinton, el secretario de Defensa Robert M. Gates, y el Almirante Mike Mullen, acaba de defender con argumentario de peso la decisión presidencial ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado en Washington DC, donde la batería de fuego crítico desde el flanco republicano no dejó de disparar durante más de cuatro horas de logomaquia intensa.

La democracia expone a que todas las armas de la crítica se ejerciten sin tregua en la tarea de avalar y sustentar, o debelar y derrotar una propuesta, un plan, una declaración de guerra, cualquiera que sea la legitimidad en la que se apoyen todas ellas. (Y la legitimidad de la operación que se acaba de adoptar en la capital del Imperio, sabemos que habla de “guerra necesaria contra el terrorismo” de los Talibán y de otros fundamentalismos…). Dicho esto, no hay razón para abundar más en lo que viene aireándose desde hace seis meses en el –ámbito informativo global sobre el tema que nos ocupa.

No se podrá argüir en el futuro que, en el caso de la segunda edición de la guerra en Afganistán, no funcionó el debate y la crítica a la usanza anglosajona, aunque ahora lo que toca es repetir la cesárea sentencia: la suerte está echada.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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