Romchamp, arquitectura pura
viernes 18 de diciembre de 2009, 20:12h
Al noroeste de Francia, en la amplia zona que acotan los ríos Rhin y Ródano, se extiende la poderosa región del Jura, una importante región agrícola conocida por sus magníficos quesos y vinos, una región de bosques, valles y colinas enmarcados en los picos y altiplanicies graníticas de los montes del mismo nombre. Una región en la que la fisonomía de sus pueblos, la arquitectura de sus granjas, los gustos de sus gentes son tan alsacianos que parecen pertenecer a la vieja y disputada región. Y es que el Jura integraba Alsacia hasta que en 1921 pasó a formar parte administrativa del Franco-Condado.
En esa región dulce, hermosa y desconocida, en las inmediaciones de Belfort, junto a la frontera con Alemania y Suiza, en un cruce de regiones y en una pequeña colina se levanta la Chapelle de Notre Dame du Haut, un edificio que desde lejos parece un gigantesco champiñón gris, una auténtica obra de arte, centro de peregrinaciones desde el medioevo, antes marianas ahora arquitectónicas.
Desde el siglo XIII, en las cercanías del pueblo de Romchamp, existe una iglesia dedicada al culto a la Virgen en lo alto de una colina. El santuario, edificado a 472 metros sobre el nivel del mar, servía también de iglesia parroquial para los pequeños pueblos de los alrededores hasta que en 1749 fue construida una nueva iglesia en el valle, la de abajo, y la de arriba fue reservada para las peregrinaciones con el hermoso nombre de Nuestra Señora de las Alturas. La sencilla iglesia original mantuvo su imagen inalterada a lo largo de los siglos hasta 1913, año en que fue alcanzada por un rayo y se quemó parcialmente. Posteriormente fue reconstruida en estilo neogótico y sobrevivió así hasta que en septiembre de 1.944 fue destruida por la artillería alemana. De este ataque sólo quedaron escombros y algunos muros en píe. Para reconstruir por tercera vez el santuario en menos de 50 años, el arzobispo de Besancon, capital de la región, encargó el proyecto a uno de los arquitectos más importantes del siglo XX: Charles Edouar jeanneret-Gris, conocido con el sobrenombre de le Corbusier.
Este arquitecto, urbanista, pintor, diseñador y visionario de origen suizo pero francés de adopción, contaba con la edad y la experiencia para hacer algo especial. El arzobispo le dio libertad de creación y el artista apostó por una obra singular en su forma y expresión artística. Influido por la resonancia simbólica del lugar, decidió edificarla completamente a su manera, utilizando los bloques de hormigón calcinados que quedaban tras la guerra y las más avanzadas tecnologías de vaciado de hormigón de la época. Trabajó en el proyecto entre 1950 y 1955 y superó innumerables dificultades técnicas y presupuestarías, además de una gran crítica académica. Finalmente la capilla fue consagrada el 25 de junio de 1955.
Interesado por la pureza de líneas y las ventajas de producción en serie, con una arquitectura sobria, rectilínea en la que se integra espacio y forma, Le Corbusier, una de las figuras claves del racionalismo arquitectónico, recupera en Romchamp la línea curva a través de las que une a la perfección el interior y el exterior de la capilla, en una planta imposible, con volúmenes y vanos horadados en la pared a modo de ventanas que generan un juego de luces y sombras espectacular.
Enteramente construida en hormigón, la capilla impresiona por la pureza plástica de sus formas curvilíneas. El arquitecto dio al modesto edificio la triple medida del paisaje, la luz y la intimidad. Todo un símbolo sobre la montaña dialogando con el espacio de los cuatro horizontes. Se dice que el diseño surrealista y el impresionante tejado de hormigón se inspiraron en el caparazón de un cangrejo ermitaño.
En el interior, existe el efecto espacial sugerido por la ligereza del envoltorio de hormigón y la tenue luz tratada en claro-oscuro. Las tres pequeñas capillas, que se corresponden con las tres torres exteriores, participan de esa luz filtrada a través de las paredes inclinadas. Como un vientre materno, el interior nos brinda calor, silencio y paz.
El resultado fue una obra excepcional, cumbre e icono de la arquitectura del siglo XX. Una obra de arte total, en donde la arquitectura, la escultura, la pintura y la poesía se unen magistralmente. Una obra visitada cada año por miles de arquitectos que acuden a Romchamp como antes acudían los peregrinos de los alrededores. Para unos, el imán de Haut era la devoción a la imagen de la virgen, para los otros lo es el envoltorio, el edificio que custodia la antigua imagen. Un envoltorio extraordinario sobre el que Le Corbusier escribió al arzobispo de Besancon: he creado un lugar de silencio, de oración, de paz y de alegría interior.
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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