crítica
Manuel Varela Uña: De memoria. A fuerza de tiempo
sábado 19 de diciembre de 2009, 14:51h
Manuel Varela Uña: De memoria. A fuerza de tiempo. Taurus. Madrid, 2009. 452 páginas. 20 €
En un país como el nuestro donde no hay una sólida tradición en la publicación de memorias o diarios, si lo comparamos con lugares como Francia o Inglaterra, es una buena noticia la aparición de las memorias de Manuel Varela Uña. Los historiadores creemos que este tipo de fuentes son importantes para el conocimiento de nuestro pasado pues, si éste lo conforman la suma de muchas individualidades, qué duda cabe que conocer éstas a través de la opinión de los propios protagonistas es fundamental. Con todo, a diferencia de los diarios, los historiadores valoramos las memorias como fuente histórica con cierta cautela. En primer lugar porque, como es bien sabido, la memoria es selectiva y, en no pocas ocasiones, traicionera. Y, en segundo lugar, porque quienes escriben sus memorias responden normalmente a dos pautas; aquéllos que piensan que su experiencia puede servir en algo para el futuro y, las más de las veces, aquellos que encuentran en ellas una excelente ocasión para desfacer entuertos, que diría el hidalgo de La Mancha, y ajustar cuentas con el pasado; asegurándose, además, que en la posteridad nadie pueda obviar su propia opinión a propósito de determinados acontecimientos que el protagonista en cuestión ha vivido en primera persona.
Las memorias de Manuel Varela Uña no responden a estas pautas. Desde el comienzo de sus páginas, reconoce que la memoria es inexacta y, en ocasiones, fantasiosa, y advierte que en este relato que él ha trenzado de su propia experiencia vital no ha empleado ningún tipo de fuente, como documentos, diarios o notas personales. En realidad, para lo que aquí nos interesa, esa ausencia de fuentes originales es irrelevante. Varela Uña considera, con razón, que la vida le ha situado en contextos y coyunturas de importancia no sólo para su trayectoria personal, sino de interés general. Lo que a mi juicio da un valor añadido a estas memorias es su atención a aspectos esenciales para la conformación de la sociedad civil española que ha tenido como resultado la exitosa experiencia democrática que nos acompaña desde 1975.
Varela Uña está injertado con la tradición liberal española no sólo por su paso por la Institución Libre de Enseñanza, de la que deja valiosos recuerdos del ambiente que allí se respiraba, sino por su vinculación con el cientificismo y el racionalismo que caracterizó a los liberales de comienzos del veinte entroncados en la conocida como “generación del 14” –Ortega, Marañón, Teófilo Hernando o Negrín, por citar algunos de los que frecuentan estas páginas–. Como ellos, toda su formación y curiosidad intelectual y científica siempre tuvo puestos los ojos en el exterior y en lo mejor del interior.
La vida le situó en la que se conoce como “generación de la guerra”, es decir, aquella cuyos protagonistas vieron sus ideales arrancados de cuajo por la guerra fratricida cuando comenzaban su etapa universitaria. Así le ocurrió a Varela Uña que, tras su exilio en Zúrich –interesantísimas páginas se pueden leer sobre su experiencia y encuentros en estos años– regresó a Madrid para encontrarse con lo peor de la Facultad de Medicina en tiempos de la Dictadura. Entre 1940 y 1946 el manejo de Enríquez de Salamanca y Enrique Suñer convirtieron aquella Facultad en una “explosiva mezcla de grandes ausentes, grandes distantes y nueva miscelánea” (pág.159). Si bien, como destaca Varela Uña, pudo recoger algo de gentes como Alfonso de la Dehesa o Cañizo, la depuración había enajenado de aquellas aulas a los Grande Covián, Hernando, Ochoa, Pittaluga o Marañón. Algunos regresaron y se pudieron reintegrar, pero Varela Uña no llegó a tiempo de encontrárselos en las aulas. Con todo, fue a buscarlos y los encontró, o bien a sus laboratorios –caso de don Fernando de Castro, destacadísimo histólogo de la escuela de Cajal que merecería mayor atención en nuestra historia científica–, o bien en su posterior docencia, caso de Marañón en su consulta del Servicio de Medicina Interna.
Ya como ginecólogo, en la inmediata posguerra mundial, trabajó en la Zürich Frauenklinik donde conoció la vanguardia de esta disciplina de la mano de Ernst Anderes y Hermann Mooser. Posteriormente, estuvo en Göttingen, donde trabajó con Martius, todos ellos figuras de la ginecología mundial (estancias que cubrieron los años 1947 a 1950). De vuelta a España asistió a los estrambóticos usos y costumbres de las oposiciones de entonces, si bien con la fortuna como aliada. Del mayor interés son sus recuerdos de su etapa en el Hospital de la Princesa, donde asistió a su “mudanza” de San Bernardo a Diego de León y a la transformación del sistema asistencial y clínico español desde la deficiencia en recursos y organización hasta su inclusión en la nueva Seguridad Social, ya en la democracia –que sustituía al antiguo Instituto Nacional de Previsión–, con participación destacada del propio Varela Uña desde la Secretaría de Estado de Sanidad.
El otro aspecto que me parece relevante de estas memorias son las observaciones que hace Manuel Varela Uña sobre vida pública y civil llegada ya la democracia. Si bien no tienen la entidad de la parte científico-clínica de estas memorias, su condición de testigo y colaborador –en la medida que el lector quiera concederle– de la construcción de esa sociedad civil esencial para el desarrollo de las libertades en las sociedades plurales y diversas de finales del siglo XX y comienzos del XXI me parece relevante. Así, su entrada en PRISA –emporio empresarial fundamental en la consolidación de la democracia en España y de su presencia en el mundo, no digamos ya en el ámbito Latinoamericano–, o su participación en el Ministerio de Sanidad encabezado por Alberto Oliart, son los aspectos de mayor interés.
Suele ser lo habitual la aparición de memorias de quienes han ocupado puestos de responsabilidad política. En este caso, si bien hay la lógica referencia a sucesos políticos –siempre bien traídos y, en ocasiones, con dosis de humor que son de agradecer, como su relato del 23-F–, Varela Uña nos asoma a algo decisivo en la vida de un país: su vida científico-cultural y la conformación de esa esencial sociedad civil. Éste ya es un buen motivo para leerlas. Otro motivo es lo bien escritas que están; su ritmo narrativo y la precisa mesura que ha sabido tener Varela Uña a la hora de relatar los diferentes acontecimientos sin cansar al lector con detalles innecesarios, hacen de estas memorias un buen ejemplo de lo que debe ser el género.
Por Antonio López Vega