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En la muerte de Yegor Gaidar

Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
lunes 21 de diciembre de 2009, 18:24h
Cuando, a fines de 1991, Yeltsin consigió desplazar a Gorbachov, su enemigo mortal, del poder, enterró el fracasado intento de reformar el sistema soviético, optando por la vía rupturista, tanto en lo político (instaurando un sistema democrático), como en lo económico (estableciendo una economía de mercado) y en lo nacional (disolviendo la URSS, en noviembre de 1991). Es obvio que la gestión de los tres procesos de forma simultánea era de una enorme complejidad.

Fue Otto Lazis, uno de los principales columnistas de “Izvestia”, quien sugirió a Yeltsin el nombre de Yegor Gaidar y el de otros jóvenes economistas, con los que había coincidido en “Kommunist”,la principal revista teórica del PCUS. Formaban parte del grupo Chubais, Fiodorov y Aven, entre otros. Convencido de que dentro del viejo sistema no encontraría equipos dispuestos a acometer el cambio, Yeltsin llamó a hombres que nada tenían que ver con aquel.

Rusia adoptó, con el Gobierno Gaidar, en 1992, “la terapia de choque”, en lugar del gradualismo chino. Había que desmontar lo más rápidamente posible el viejo sistema, liberalizando los precios y privatizando. Querían hacer la situación irreversible cuanto antes, pues temían que los comunistas pudieran retomar el poder. Si para China, en la “fase inicial del socialismo”, todo lo que conduce al desarrollo económico vale, en la Rusia de Yeltsin y Gaidar todo lo que conducía al desmantelamiento del sistema socialista valía. El coste económico y social de la reforma era un mal menor. Además, Gaidar y sus jóvenes colegas tendían una concepción ingenua, de liberalismo trasnochado: bastaba acabar con la planificación, liberando las fuerzas productivas, y “la mano invisible” se encargaría de crear riqueza para todos en breve plazo. Su credo era liberalizar, privatizar y estabilizar, cuando el mercado sólo existe, por ejemplo, en el seno de una Unión Europea gracias a cientos de regulaciones y directrices. No querían ni oír hablar del Estado, para ellos sinónimo del sistema soviético, sin entender que una cosa es el Estado como agente directo de la actividad económica y otra el Estado como mero árbitro, ordenador del mercado y proveedor de aquello que la sociedad necesita y el mercado no ofrece.

Los consejeros americanos, empezando por Jeffrey Sachs, recetaron la terapia de choque y el “consenso de Washington”. El efecto de la liberalización súbita de los precios fue una inflación del 2.500% y una caída del PIB del 14,5% en 1992. En la década de los noventa el PIB de Rusia cayó un 40%. Según el BERD la recesión más severa experimentada nunca por país alguno en tiempo de paz. El empobrecimiento de la gran mayoría volvió a la población contra el capitalismo y la democracia.

La privatización fue muy rápida: en dos años se privatizó el 50% del sector público. Aunque millones de ciudadanos se convirtieron en propietarios, básicamente de pisos y huertos, la privatización hizo inmensamente rica a una pequeña minoría, entregándole lo que era de todos y se había acumulado a muy alto coste. La nueva clase capitalista no cumplió su función, invertir, crear riqueza y levantar el país, sino que sacó su capital al exterior, dejando el país descapitalizado.

Ante las dificultades que el viejo sistema ponía a las reformas, Gaidar y sus amigos acabaron suspirando por un poder fuerte que allanara los obstáculos que el viejo sistema ponía a la reforma económica, en frase de Travkin, “un monstruo con olfato para el mercado”.

Los reformistas rusos han cargado al viejo sistema soviético las culpas del desastre que siguió a su desmantelamiento. Pero el caso de China demuestra que es posible salir de la economía planificada sin despeñarse. Para ello hace falta un líder capaz de entender a fondo la situación de partida, de encontrar el camino que lleve a la tierra prometida y, ante todo, de conseguir un consenso entre las fuerzas del antiguo régimen sobre la necesidad de superarlo. China tuvo en Deng Xiaoping, un gigante de la historia universal, este líder; Rusia, por el contrario, no lo encontró.

Considero a Gaidar, como a Gobachov, un hombre de buena fe que se vió desbordado por la situación. Dios le habrá perdonado el mucho sufrimiento que ocasionó al pueblo ruso porque, en definitiva, “no sabía lo que hacía”.

Eugenio Bregolat

Ex-embajador de España en China y Rusia

Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.

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