NARBONA CONTRA EL PUEBLO
sábado 01 de marzo de 2008, 23:23h
La ley de Patrimonio Natural y Biodiversidad ha puesto en pie de guerra a cientos de miles de cazadores, de trabajadores y de campesinos que viven de la generación, conservación y explotación de ese recurso natural que en España mueve la friolera de 4800 millones de euros/año, emplea directamente a más de doscientas mil personas -e indirectamente a una cifra todavía superior- da 1,5 millones de jornales en temporada y, para muchos términos municipales, se ha convertido en un recurso imprescindible, en la medida que su desaparición pondría en riesgo la pervivencia de numerosas poblaciones en su lugar de origen.
La protesta, que ayer tuvo en Madrid su manifestación callejera, es la expresión pública de la desesperanza que expresan, desde hace largo tiempo, organizaciones agrarias y de cazadores ante la negativa de la ministra Narbona a escucharles. Porque lo cierto es que la ley se ha cocinado sin conceder la más mínima audiencia -no hablemos ya considerar o escuchar- a los interesados agrupados en organizaciones que agrupan a cientos de miles de personas (además de los empleados, en España hay más de un millón de cazadores).
A estas alturas, la imagen de la caza como un deporte aristocrático y su ejercicio como una actividad depredadora es insostenible, independientemente de los réditos demagógicos que todavía devengue. Lo cierto es que la caza se ha consolidado como una actividad económica de primer nivel y lo ha hecho precisamente porque ha logrado conservar y regenerar el recurso, por cuanto hemos aprendido a manejar con acierto la economía de lo salvaje. De hecho, la caza es hoy una suerte de ganadería extensiva mucho mejor adaptada a -y menos agresiva para un medio de bosque mediterráneo con una pluviometría escasa y errática que otras explotaciones convencionales más exigentes en agua y materia orgánica. Sólo los "talibanes de la ecología" -como los llaman en el campo- totalmente ignorantes del medio rural, son incapaces de reconocer este hecho incontrovertible.
Pero la gravedad de esta ley trasciende con mucho al tema concreto en cuestión. Al rebufo de la demagogia anti-cinegética y so pretexto de la protección y conservación del medio natural (una exigencia, por otra parte, de la economía cinegética) se ha colado una de esas redacciones ambiguas y extensivas que tanto entusiasman a los ejecutivos españoles porque son patente de corso para la arbitrariedad. Como es sabido, la facultad de expropiación que la ley autoriza por motivos de estricta utilidad pública tiene un carácter limitado y restrictivo para preservar el derecho superior de la propiedad que consagra la Constitución. El concepto de expropiación del uso o la facultad de expropiación en amplísimas zonas de especial protección (más extensas que concretas) despiden un tufillo confiscatorio de dudosa constitucionalidad y abren un alarmante butrón de arbitrariedad.
Las intenciones de la ministra no son difíciles de adivinar, aunque resulten paradójicas en un partido que se dice de izquierdas. Al tiempo que se rinden parias a un ecologismo barato, se abre el campo a la invasión del urbanita. Lo que son las cosas. Ahora resulta que la "tierra ya no es para el que la trabaja" (que, en este pleito, son los empleados y empresarios de la economía cinegética), ni para los "aceituneros altivos". Tampoco estamos ante los ciudadanos-campesinos clásicos que idealizara Tácito y recreara la República Convencional, ni ante los "sin tierra" zapatistas, ni ante las invasiones de fincas de braceros y arrendatarios durante la II República. Aquello tenía un ademán revolucionario y cierta grandeza trágica. Pero no, ninguno de ellos es ya el pueblo elegido. "Decidme, decidme de quién son vuestros olivos", se preguntaba el verso genial de Miguel Hernández.
Pues resulta que en la peculiar versión del socialismo que tiene el señor Zapatero el campo, rebautizado como "Parque Natural", va a ser de las gentes de la ciudad, "domingueros" avituallados de latas, coca-colas, papeles y otros residuos, amantes de la barbacoa armados con carts, moto-cross y otros instrumentos infernales y ruidosos. La mayoría de las gentes que hoy recorrían las calles de Madrid con cara, gestos y hasta atuendos de pueblo, eran lo que antes se llamaba "el pueblo" y resulta que se van a quedar otra vez sin el campo en nombre de un supuesto progresismo ecologista. Hoy sería un día de triste desconcierto para Don Juan Díez del Moral, ilustre notario de Bujalance e ilustrado cronista de las agitaciones campesinas andaluzas.
ESPIRAL DE VIOLENCIA EN ORIENTE MEDIO
El saldo de víctimas que ha ocasionado la última operación de castigo del ejército israelí en la franja de Gaza asciende a a veintiocho palestinos muertos, entre ellos, cinco menores de edad. El resto pertenecía a miembros de la Yihad Islámica y Hamás. La causa esgrimida para el uso de la fuerza ha sido, como en otras ocasiones, el lanzamiento indiscriminado de cohetes Qasam desde territorio palestino contra ciudades israelíes fronterizas. Pero entre motivaciones políticas y justificaciones de toda índole, lo único irrefutable es que sigue muriendo gente.
El problema palestino es sumamente complejo y con múltiples variantes, una de las cuales son los propios palestinos en sí. Y es que la herencia de Arafat ha supuesto una pesada digestión. En efecto, el líder palestino dejó tras de sí una administración ineficaz, corrupta hasta el extremo y con el nepotismo como nota predominante. Obviamente, todas estas señas de identidad no eran ajenas a un pueblo, el palestino, duramente castigado por una miseria endémica y unas expectativas de futuro nada halagüeñas. Dólares y euros provenientes de la ayuda internacional tenían un destino poco claro. Todo ello supuso un excelente caldo de cultivo donde Hamás aprovechó su ocasión de hacerse con el poder, enarbolando como banderas su odio hacia Israel y sus denuncias de corrupción. Triunfó, pero con ello, vinieron más problemas. Porque, a efectos de organismos internacionales, Hamás es una organización terrorista, y es terrorismo lo que practica.
Abu Mazen, respaldado por Occidente, ha hecho lo que ha podido para atemperar a las milicias islámicas, pero a la vista está que los resultados no son buenos. La Unión Europea y Estados Unidos han auspiciado, con el mismo éxito -es decir, nulo- conversaciones, por un lado, entre Israel y la autoridad palestina, y por otro, entre los propios palestinos, al borde de la guerra civil. Lo que está claro es que mientras éstos últimos no tengan un interlocutor fuerte, el diálogo se antoja difícil, toda vez que Abu Mazen no está en disposición de poder controlar a todos los exaltados que practican sin cesar el leguaje de las armas. Y si bien es cierto que la respuesta del ejército israelí debería ser más comedida, no lo es menos que su territorio se ve permanentemente asediado por cohetes lanzados contra núcleos de población habitada. El que no haya habido más víctimas ha sido un milagro. Israel se defiende atacando a quien le ataca, y esos atacantes se parapetan tras una población civil, usada por los terroristas como escudos humanos. Simple y terrible a la vez. Pero es un hecho que el "Tsahal" no intervendría si sus ciudades no sufriesen ataques terroristas. Y quizá podría pedirse al mundo árabe alguna iniciativa de utilidad en este enquistado asunto. Porque todas la iniciativas, con mayor o menor éxito, han provenido casi siempre desde Occidente.
LA INVESTIGACION PIDE PASO
De todas las manifestaciones que se producen con mayor o menor motivo en España, la de los jóvenes investigadores puede ser una de las más cargadas de razones. Demandan a los partidos políticos que concurren a las elecciones generales la creación de una carrera investigadora "estructurada" y un pacto por la ciencia y la investigación "basado en criterios científicos y no en el oportunismo político expuesto permanentemente en las decisiones del Gobierno de turno". Y es que los datos no son buenos. Si bien es cierto que ha habido un gran incremento presupuestario destinado a este campo, la inversión en investigación "sigue siendo inferior a la de la Unión Europea", que se sitúa casi en el dos por ciento del PIB, frente al 1,2 por ciento de España.
Desde este periódico hemos denunciado la poca atención que los partidos han dedicado esta campaña a todo lo tocante a investigación y política educativa. Es ésta una reivindicación siempre bien recibida entre las distintas fuerzas, pero que suele caer en el olvido con cierta frecuencia. Da la impresión que seguimos viviendo anclados en aquel decimonónico "que inventen ellos", y no nos damos cuenta que invertir en investigación, ciencia y educación es cimentar el futuro de la nación. Nuestros investigadores han de emigrar si quieren hacer algo de provecho. Sería injusto decir que no se ha hecho nada a este respecto. Iniciativas como la del impulso del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), que dirige Mariano Barbacid -el cual se ha cansado de predicar en el desierto pidiendo más esfuerzos en esta materia- son loables, pero claramente insuficientes. Hace falta más. Y no sólo más dinero, sino mayor flexibilidad e internacionalización de las carreras superiores y de investigación en España. La universidad no son nacionales, sino universales. El pasaporte no es un criterio de selección.