VIOLACIONES DE LOS DERECHOS HUMANOS
La calma vuelve a Chechenia a costa de las libertades de los ciudadanos
domingo 27 de diciembre de 2009, 17:21h
El pasado mes de abril, Moscú declaró el fin de la segunda campaña militar en la república del Cáucaso norte. Este pequeño territorio montañoso, de apenas un millón de habitantes, ha sido, en los últimos 15 años, el gran quebradero de cabeza del Kremlin. Ahora que la violencia islamista en la región se ha reducido y la actuación de los paramilitares independentistas ha pasado a ser esporádica, la reinserción de Chechenia en la vida rusa no está siendo ni tan fácil ni tan rápida como cabría esperar tras la pacificación de la región.
Desde que la Unión Soviética (URSS) se desmoronará a comienzos de la década de los 90, la República de Chechenia ha intentado independizarse de Moscú. Tras década y media de violentos conflictos, ataques terroristas y continuos dramas humanitarios, una frágil paz se ha instalado en Grozni, capital de la provincia, a la espera de que ambos bandos se reconcilien de manera definitiva.
Las aspiraciones secesionistas de los chechenos se remontan al siglo XIX aunque, con el tiempo, ese espíritu independentista ha ido calando en las repúblicas vecinas como Inghusetia, Osetia del Norte o Daguestán. Es a estos pequeños territorios colindantes con Chechenia hacia donde se han desplazado los paramilitares locales ante la durísima represión que les infringe el Ejército ruso.
Tras años de intensas operaciones militares, Moscú ha logrado pacificar Chechenia a costa de sacrificar las libertades y los derechos de sus ciudadanos. Con el objetivo de zanjar el conflicto, las fuerzas de seguridad rusas han llevado a cabo constantes violaciones de los derechos humanos, lo que ha sido denunciado en varias ocasiones por las ONGs e, incluso, llevado ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Además, el hecho de que Chechenia haya estado aislada del resto del mundo debido al bloqueo informativo impuesto por el Kremlin, fomentó un clima de impunidad que, incluso hoy en día, con la república pacificada, se mantiene. Asimismo, Moscú siempre ha defendido que la intervención internacional en el conflicto no es aceptable, ya que considera al problema checheno un asunto interno y que como tal debe ser solucionado.
El conflicto afgano, la aparición de la insurgencia iraquí y los nuevos frentes abiertos por Al Qaeda en su cruzada contra Occidente han hecho que la presencia de combatientes islamistas en Chechenia se haya visto drásticamente reducida. Cuando la milicia chechena estaba en su apogeo, logrando atentar contra objetivos militares y civiles tanto dentro como fuera de la república caucásica, y contaba con un importante apoyo de las redes islamistas que financiaban y proporcionaban militantes provenientes de Afganistán, Paquistán o Bosnia, el Gobierno ruso llegó a estar totalmente en jaque. La posibilidad de que el territorio lograra la independencia, algo que ya logró de facto entre 1991 y 1994, llegó, por momentos, a ser posible.
El odio que han sembrado a lo largo de estos años los secesionistas chechenos, que decían luchar por la libertad de la región, entre la sociedad rusa hizo que en ella germinara una ‘chechenofobia’. De este modo, y a pesar del final del conflicto armado, los chechenos son vistos por sus compatriotas como unos ciudadanos de segunda y sufren el desprecio de la sociedad rusa, que los considera, con carácter generalizado y abiertamente, terroristas.
A pesar de que el conflicto se da por finalizado, la frágil normalidad lograda en la zona se asienta sobre una sociedad devastada por años de guerra, unos organismos civiles muy precarios, unas infraestructuras, en muchos casos, insuficientes, y una importante ausencia de las garantías legales y constitucionales mínimas.
La impunidad sigue siendo la ley
Durante el conflicto checheno, las fuerzas federales rusas han gozado de una casi total impunidad para imponer el orden en la región. Fruto de esta libertad es que los soldados rusos y los funcionarios estatales destinados en la zona, a pesar de cometer graves violaciones de los derechos humanos contra la población civil o la insurgencia, permanecen en libertad sin cargos.
A través de informes elaborados por distintas organizaciones pro derechos humanos, así como por varios organismos internacionales, se ha constatado que en Chechenia se cometieron, y se siguen cometiendo, todo tipo de delitos y violaciones de los derechos humanos con el fin de imponer el orden. En la mayoría de estas infracciones, la población civil es la víctima de los actos cometidos por los militares rusos que abusan de su situación de poder para sembrar el terror entre los ciudadanos y, de este modo, frenar su posible independentismo.
Los responsables de estos delitos rara vez son llevados ante la justicia. La mayoría de las actuaciones se realizan amparándose en el anonimato que otorga el Ejército que, muchas veces, patrocina este tipo de conductas. Además, los fiscales rusos son muy reticentes a indagar, puesto que su jurisdicción es muy limitada y las represalias administrativas son habituales. Asimismo, las penas impuestas a los pocos condenados no se corresponden con la gravedad de los delitos cometidos.
La gran mayoría de las violaciones de los derechos humanos cometidas por el Ejército ruso se perpetran a la hora de realizar las comprobaciones de identidad o a través de las tristemente famosas zachisti (operaciones de limpieza étnica), que suelen llevarse a cabo a modo de represalia tras un ataque de la insurgencia.
Por otro lado, una de las prácticas más extendidas en Chechenia es el de la tortura, ya sea como táctica de interrogatorio o con el fin de amedrentar a la población civil. Las técnicas empleadas, desde palizas a descargas eléctricas, son descritas por víctimas y ONGs como de extrema crueldad y muy traumáticas. Los torturadores, militares o policías con escasa formación en interrogatorios, son presionados por sus mandos para que obtengan confesiones con rapidez, por lo que la tortura es un instrumento muy recurrente a la hora de obtener información en el Cáucaso norte.
La mentira de la insurgencia
La superioridad militar desplegada por el Kremlin en las dos campañas en Chechenia provocó que la milicia paramilitar islámica, mucho menos preparada y con recursos muy limitados, gozara, fuera de Rusia, de una imagen de cierta complicidad, si no simpatía. Desde el bando insurgente se vendía su labor como una lucha por la libertad del pueblo checheno y, en general, de todos los pobladores del Cáucaso norte, contra el Estado opresor ruso. No obstante, la realidad es otra.
Estos grupos, fuertemente armados, organizados y jerarquizados, han puesto en práctica a lo largo de los últimos años las mismas tácticas de terror que el Ejército ruso empleaba contra la población civil. Sin embargo, hasta que la guerra contra el terrorismo islámico no se hizo global, la milicia chechena contaba con grandes apoyos fuera de Rusia, donde se les veía como ‘luchadores por la libertad’ frente a la tiranía del Kremlin.