Los curas de mi pueblo
domingo 27 de diciembre de 2009, 17:42h
El 77% de los curas guipuzcoanos han firmado un comunicado en el que expresan su rechazo al nombramiento de José Antonio Munilla como nuevo obispo de Guipúzcoa. La excusa, la oficial, es que no va a seguir las “líneas diocesanas”. La verdadera, según las malas lenguas, es que va a dar un sesgo político un puesto que hasta el momento, como todo el mundo sabe, ha sido ocupado por sacerdotes que, tal y como corresponde a su divina condición, han procurado no mancharse las manos con temas tan mundanos como cuatro ovejas descarriadas que, entre misa y misa matan y amenazan a otras personas porque no piensan como ellas.
A pesar de que en los evangelios en los que se basa buena parte de su vocación Poncio Pilatos nunca ha gozado de buena reputación, los obispos de San Sebastián siempre han optado por seguir su buen ejemplo, lavándose las manos ante cuestiones políticas en las que la Iglesia nunca ha de entrar. La pulcra equidistancia de Setién ante “las víctimas de uno y otro lado” resultaba loable en un escenario como el vasco, tan necesitado de pastores comprensivos ante “el dolor y sufrimiento” que esta especie de castigo divino que es el “conflicto” causa entre su rebaño.
Porque, como todo el mundo sabe, los muertos, las amenazas y la violencia en Euskadi son una cuestión política que poco o nada tiene que ver con cuestiones morales, que son de las que, al fin y al cabo se encarga la Iglesia. Un obispo normal, un buen sacerdote, un buen cristiano, ha de respetar las fiestas, cumplir los mandamientos, amar al prójimo como a sí mismo y predicar la palabra de Cristo. Pero los vascos tienen, además, una especie de bula divina que les permite hacer oídos sordos ante las continuaciones violaciones del quinto mandamiento y de la palabra de Jesús que han ocurrido y ocurren en las piadosas vascongadas del ‘jaungoikoa ta lege zaharrak”, escudados en ese supuesto ojo por ojo que es el “conflicto político”, que sirve como indulgencia plenaria de los peores pecados.
Confieso que hace mucho que me siento bastante alejada de la Iglesia católica en general y, en consecuencia, de la vasca. Puede que sea por eso por lo que no acabo de entender muy bien porque casi el 80% de los curas de mi pueblo consideran de tan vital importancia las “líneas diocesianas” como para arriesgarse a saltarte tantas de esas normas, votos y principios por los que han entregado su vida. Algo muy gordo debe de ser como para obviar el voto de obediencia ante el Vaticano que, es quien designa a los obispos. Para desobedecer el octavo mandamiento, que obliga a no mentir ni levantar falso testimonio; para que se olviden de que la solidaridad, la concordia, la generosidad y el amor al prójimo, son los supuestos pilares de esa religión a la que han entregado su vida.
Porque como todo el mundo sabe, que Munilla sea abiertamente no nacionalista, nada tiene que ver con la inquina y mala baba que su nombramiento ha despertado entre los curas guipuzcoanos. Así que, imagínense qué cosa debe de ser eso de las “líneas diocesianas” como para que se hayan visto obligados a saltarse el primer mandamiento que rige la Iglesia vasca, el de la equidistancia y la neutralidad ante “los dos extremos del conflicto”. Así, los pobres, muy a su pesar, han tenido que pasar de Poncio Pilatos, y aún a riesgo de parecer inclinados hacia un lado de la balanza política, esta vez han decido mancharse las manos. Hasta el codo.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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