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La modernidad cuestionada

lunes 28 de diciembre de 2009, 17:18h
Desde la Ilustración se dio por un hecho que la modernidad es deseable y, sobre todo, deseada por la gente de razón. Sin embargo, no siempre ha sido el caso. El gran biógrafo del líder revolucionario Emiliano Zapata, John Womack (profesor en Harvard), lo señaló: “Esta es la historia de unos campesinos que no querían cambiar. Por eso hicieron una Revolución... lo único que querían era permanecer en sus pueblos y aldeas, pues su única forma de supervivencia conocida era trabajar la tierra de sus padres.”

Muchas décadas después, en otras latitudes, se observa la resistencia y la fuerza de la sociedad tradicional a la racionalidad modernizadora. En 1990 Gilles Kepel ya señalaba el surgimiento de un nuevo discurso religioso para proporcionar una base sagrada a la organización de la sociedad, cambiándola en caso necesario. “No se busca, añadía el autor, un aggiornamento, sino una segunda evangelización de Europa. Tampoco se trata “de modernizar el Islam, sino de islamizar la modernidad.” (La revancha de Dios).

La vigorosa persistencia de las oposiciones a la modernidad obliga a formular dos cuestiones al menos. La primera acerca de su naturaleza: para muchos autores equivale a una mayor racionalidad de la vida individual y colectiva y a una menor sujeción a las coacciones externas al sujeto, en particular las tradicionales, como las religiosas. Esta concepción implica, por una parte, un esfuerzo individual de autocontrol basado en el respeto al otro, que sólo puede ser resultado de una educación y cultura. Este individuo, el ciudadano ejemplar, acepta libremente sus responsabilidades con la polis. Menuda tarea alcanzar este ideal. Por otra parte, la modernidad es, como la definió Baudelaire, “lo fugitivo, lo transitorio, lo cual deja al individuo en una situación de inseguridad permanente y, además, en soledad”. La racionalidad y la libertad son distintivos exclusivos de la condición humana, pero existe la parte “bestial” (Maquiavelo dixit) que conduce al gregarismo de la sociedad tradicional. El holismo proporciona estabilidad, seguridad y solidaridad. A cambio exige aceptación de normas más vinculantes en detrimento de la individualidad. El holismo se sustenta en lo religioso, pero en las religiones monoteístas y mesiánicas desemboca en el dogmatismo y la intolerancia.

Una segunda cuestión que amerita plantearse es el sesgo preponderante, en la modernidad contemporánea, hacia la racionalidad económica, en detrimento de la racionalidad política. Ésta es equilibrio entre intereses opuestos y, en algunos casos, contradictorios. Implica, también, acotar la libertad del mercado, contener el darwinismo social, compensar las inevitables desigualdades de origen. Estas tareas requieren de un Estado fuerte, con una lógica de justicia social. Ello es más o menos factible en un mundo de Estados nacionales. Con la mundialización la tarea se complica, ya que el Estado pierde muchas de las facultades que le permiten armonizar las demandas de la sociedad, al igual que la posibilidad de hacerse obedecer por los grandes consorcios económicos, sometidos a la presión de la competencia internacional y a la maximización de beneficios.

Alain Touraine y otros especialistas buscan la armonía entre la razón y el sujeto, como un diálogo cargado de tensiones, pero base de la libertad y podría añadirse de la innovación, de la creatividad y porqué no del bienestar colectivo. Sin embargo, no indican los posibles caminos, porque no existen. Esto sólo se hará con base en la negociación permanente, lo que implica volver a la política. Esta es una relación entre fuerzas de distinta magnitud, lo cual limita las posibilidades reales para que “los condenados de la tierra” acepten y asuman una realidad modernizadora que no tome en cuenta los handicaps existentes.

La historia de los campesinos que no querían cambiar parece interminable y la Revolución mexicana sin el PRI (como el socialismo sin los partidos comunistas) se tornarán mitos de una sociedad menos injusta. Las derechas mexicanas en el poder sin nada nuevo que ofrecer y sin nadie a quien culpar de la crisis económica se encontrarán desarmadas para combatir el mito.
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