Te tengo en un pedestal
martes 29 de diciembre de 2009, 19:33h
Ya lo dijo el nadador A. Harris sobre Michael Phelps: "Él es un Dios en el agua". K. Ronald, encargado de uno de los hoteles más importantes de Jamaica, asegura que el relámpago “Usain Bolt es como Dios para nosotros”. De Michael Jordan ya advirtió Larry Bird en abril de 1986: “He visto a Dios disfrazado de jugador de baloncesto”. Entendidos y periodistas apodaron a Boginskaya por sus 16 medallas de oro como la “Diosa de la Gimnasia”. A la pertiguista rusa Isinbayeva estamos acostumbrados a verla una y otra vez tocar el cielo, sí…, como una Diosa. Hasta a Tiger Woods se le ha llegado a ver caminando –antes de su actual caída en desgracia- sobre el agua en un anuncio de un video juego, como un ‘Jesucristo’ del golf… Y, como caso digno de estudio, el altar permanente reservado a Maradona por el pueblo argentino y napolitano le hace sentirse más que esa “mano de Dios”.
Es la veneración que sienten muchas personas a sus particulares dioses, al igual que idolatraban los griegos a aquellos otros del Olimpo deportivo: Hermes, Niké, Hércules o Apolo. Existen diversas razones que cautivan al espectador como la dominación del rival, la satisfacción de la victoria, la justa recompensa al trabajo realizado, el orgullo de haber “arrimado el hombro”, de haber aportado ese granito de arena de ánimo y de aliento… O simplemente por sentirse partícipe de las raíces, la historia y la cultura del galardonado. Pero hay aún más valores propios del deporte como la amistad, el respeto, la unidad, la actitud, etc., que son reconocidos por “los fieles” y que se transmiten por la pantalla del televisor a través de la verdad de los sentimientos. En otros campos como en la política, donde los protagonistas deberían reflejar mucho más esa “realidad del sentimiento”, ese latir del ciudadano, su “fin de mes”, sus preocupaciones y padecimientos, no ocurre lo mismo. Sería lógico poder evocar a los dioses de la política, pero no lo hacemos al reconocer que se apoyan habitualmente en la mentira de las palabras. Se prefiere claramente a los dioses vestidos de corto porque la mayoría son más claros, más francos, menos sibilinos y, quizá, más elevados y mejor dotados... A los de los mítines, ya sólo se les pone en el pedestal a través del sarcasmo, de la imaginación, y del humor; así, condecoraríamos con “coronas de laurel” a varios de ellos: a Obama, “dios de la paz”; a Hugo Chávez, “dios de la selva”; al tristemente (ante todo, mi solidaridad) agredido Berlusconi, “dios Baco”; a Gadafi, “dios de la virginidad” (por su guardia amazónica de mujeres vírgenes…); a Mohamed VI, “dios de la cachimba”; etc…
Y si ya es difícil que se nos ocurra rezar a estos dirigentes o invocar la ayuda de estos supuestos salvadores, más difícil es creerse que estos dioses de diversas civilizaciones estén dispuestos a las “alianzas” generales y al buen rollo por doquier como iluminaba nuestro presidente. Las crisis de los últimos secuestros, y ese pasaporte en el olvido, es una clara muestra; y las que nos quedan… Y cuanto peor va la política, más se distraen algunos con espejismos deportivos en este desierto de soluciones… Reconfortantes ilusiones. Un resignado amigo me dice que es lo único que nos queda; que, “aunque seamos un país con limitaciones, con malas gestiones, con mucho parado…, por lo menos en ciertos deportes sobresalimos y nuestras ligas son sin igual”. Qué consuelo… Levantando una copa, mordiendo un trofeo o colgándonos una medalla, creemos mostrar al mundo que no somos en realidad como se nos cataloga, que los números están equivocados. Y cuando, en compañía de los medios, los nuevos dioses del deporte son recibidos por la casa presidencial, parece que les “endiosan” más y, a la vez, les agradecen el momentáneo lavado de imagen de su política, subiéndose al carro de su popularidad y calado mediático. Suelen ofrecer más confianza y quedar más creíbles las felicitaciones privadas o telefónicas sin tanta parafernalia. Para liderar, no hay que centrarse en felicitar, sino en servir y aportar.
Las grandes proezas que encumbran a muchos deportistas conllevan aspectos conocidos, como el estado de fluencia en el deporte, que ha sido estudiado por diversos autores (Csikszentmihalyi y Jackson) dentro del entrenamiento psicológico. Lo definen como una “experiencia autotélica’” (auto = uno mismo; telos = meta, finalidad) que denota un “estado mental intrínsecamente valioso”. En palabras de deportistas: “De algún modo me sentí como si estuviese teledirigido”; “Estaba enchufado, sentía que nadie me podía parar”; “El arco del balón era como la extensión de mi mente y mi voluntad”; “Me sentí literalmente fundido con mi equipo”… Sin detallarlas aquí, este estado de fluencia tiene nueve premisas y, apoyado en las capacidades técnicas del jugador y en su entendimiento del deporte en cuestión, hace que veamos por televisión o en directo “actuaciones cumbre” de los deportistas.
Pero el fanatismo que eleva a los altares a las figuras deportivas es primitivo, irracional y absurdo. Puede que tengan cierto don, una base de talento -como otras personas en otros campos- e incluso una cara bonita; pero no por ello pueden ser considerados herederos de los dioses. Aunque muchos “chés” se empeñen –todavía hoy- en que Maradona es su Yahvé, el salvador del pueblo, para mí siempre estuvo lejos de ser o estar a la mano derecha de Dios, y ya se ve que ni siquiera goza de un poco de mano izquierda en sus declaraciones. Algunos de estos fanatismos exacerbados desvirtúan al deporte convirtiéndolo en un circo; al igual que, por desgracia, ocurre frecuentemente en política, donde sabemos cómo su ejercicio puede infectarse de actuaciones malabares con fines catastróficos.
Pero los dioses terrenales, proclamados popular y equivocadamente, son naturalmente humanos, y claro, ante esta circunstancia no van a renunciar a su corona si les reporta beneficio y pueden sacar provecho de ello. Las consecuencias están claras: mayor marketing, seguir en la brecha, hacer caja, ocupar puestos determinantes, sentar cátedra, y creerse el rol que se les ha asignado alimentando de algunas alegrías y de mucha ilusión a los “feligreses”; en este caso, muchos de ellos endeudados y sin trabajo. ¿Por qué no reservamos los pedestales y los altares a científicos que hacen descubrimientos y avances para la humanidad? ¿Y a los médicos que salvan vidas? ¿Y a los bomberos que arriesgan la suya? ¿O a todas las personas que, de algún modo u otro, cumplen cada día con sus obligaciones y deberes como ciudadanos? Y después, simplemente a profesores o entrenadores que forman y que enseñan. Esos son los que merecerían mi adoración.
Dejemos que las religiones hagan su trabajo y no confundamos dioses, políticas, y deporte. Los fanatismos nos traerán muchos problemas. Simplemente, felicitémonos por los logros de los deportistas españoles durante este año. Por las aportaciones y el amor al deporte que representan, por su capacidad de superación individual y colectiva, y por sus muestras de sacrificio y trabajo.