Tres descubrimientos
martes 29 de diciembre de 2009, 21:52h
Termina el año de 2009 y como suele hacerse quiero evocar a vuela pluma qué nos ha traído de nuevo. Miraré sólo los hallazgos artísticos de los últimos meses. Son los mayores, quizá, aquellos originados en contemplar, con otra mirada, lo que antaño menospreciamos o aun desatendimos.
Se exhibe en estos días en la National Gallery de Londres una muestra de pintura e imaginería barroca española restringida a algunos nombres sobresalientes del XVII y, a tenor de los comentarios, para muchos ha sido la ocasión de apreciar en términos artísticos lo que otrora vieron con los deformantes anteojos ideológicos; sin ellos, destaca la excelencia de la factura de obras como la Magdalena penitente de Pedro de Mena, cuyo cabello y faz de idealizada finura quedan en la retina de quien sepa gustar del objeto artístico bien hecho.
The sacred made real es el nombre de la exposición, y de ella se hace eco la conocida revista francesa Connaissance des Arts. Como lo barroco, salvo excepciones, no goza del favor de la crítica en Francia –tampoco del gusto popular entre nosotros- el comentarista elogioso habla de la sencillez moderna de la cara de la Magdalena.
Ramón Gómez de la Serna, creyente respetuoso con la simbología cristiana, cuenta en el capítulo XLV de Automoribundia su visita nocturna al Museo del Prado a la luz de un farol de aceite y expresa la emoción inolvidable que le produjo el Cristo de Velázquez iluminado desde abajo y, en especial, la sorpresa de la María Magdalena, la más profana de las piezas del imaginero granadino, la que no tiene aureola, dice maravillado.
El segundo venturoso acontecimiento es la exposición de Juan Bautista Maíno, pintor de cuerpos escultóricos y sensuales telas encarnadas, natural del precioso pueblo alcarreño de Pastrana, de padre milanés y madre portuguesa. Poseedor de casi la mitad de las obras atribuidas -pues es probable que haya varias suyas asignadas a artistas de mayor renombre- el Prado enaltece con merecimiento a un maestro a quien hasta hace nada mirábamos por cima.
El último descubrimiento, de índole diferente, es un tesoro enterrado en 1834 y encontrado por azar.
Hace unas semanas saltó la curiosa noticia de que los obreros habían desenterrado una urna bajo la estatua de Miguel de Cervantes plantada en una placita triangular frente al Congreso de los Diputados, cerca de la calle donde vivió.
Tras unos días, supimos que el contenido era más valioso de lo esperado. Por lo general, las cápsulas del tiempo guardan una pala, monedas y periódicos de la fecha; sin embargo, quienes nos legaron este cofre fueron generosos y se cuidaron de que los regalos llegaran en un estado de conservación excepcional.
La caja de plomo sellada contenía otra de vidrio y los documentos fueron impregnados con un producto insecticida e inocuo para el papel. Un ejemplar del Quijote tirado por la Imprenta Real en 1819 es lo más precioso.
Les deseo felices reencuentros en el año 2010.