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El descubrimiento de la década tiene 94 años

miércoles 30 de diciembre de 2009, 21:53h
Parece bastante obvio que el arte, sin llegar a necesitar de la intoxicación como en el caso de Stendhal, debe siempre producir una emoción o, por lo menos, una grata atracción que te deje parado frente a la obra admirando su belleza. En el caso de la pintura abstracta, muchas veces, la mayoría, cuando un autor desconocido expone por primera vez, siempre hay alguien que se le acerca para preguntarle qué significa esa composición de formas y colores plasmados en la tela sin aparente orden ni concierto. En más de una ocasión, el pintor, si es valiente y sincero, responderá tímidamente que significar, lo que se dice significar, pues no significa nada, en el sentido de que si el visitante lo que busca allí es un mar embravecido, un volcán en erupción o una señora en cueros meditando acerca de su amor perdido, más vale que deje de perder el tiempo.

La mayoría de las veces, los pintores abstractos nos vemos obligados a poner un título al cuadro y entonces nos sacamos de la manga denominaciones tan sugerentes como “alma perpetua”, “espiral infinita” o “ardiente recorrido”, como si con esas combinaciones pseudo intelectuales y rimbombantes nos pudiéramos justificar por pintar “cosas” que no se identifican. Porque el significado está dentro de quien lo pinta y lo que quiere decir es tan etéreo y cambiante como son los sentimientos que lo han inspirado. La cuestión está en si la obra es bella, armónica y auténtica, producida por el corazón más que realizada teniendo en cuenta las caprichosas modas del mundo galerista en un momento determinado. Hablamos entonces de fidelidad a uno mismo, a lo que le sale del alma y, por supuesto, de sus manos, y un ejemplo como el de la artista cubana Carmen Herrera tiene que servir a muchos para no desfallecer en el compromiso de, guste o no guste, venda o no venda, seguir haciendo aquello que brota del interior, a veces incluso sin quererlo.

Durante años el suculento colín de la pintura abstracta se lo ha venido comiendo quien apostaba por lienzos tamaño XL de fondo blanco o grisaceo con suaves líneas en tonos tierra, igual que en la literatura ha arrasado el que se daba una vuelta por la historia y situaba la acción en remotos tiempos con misterios espirituales y religiosos, en la estela de Dan Brown. Son las modas y gusten o no, mandan mucho más que los galeristas o los editores, porque aunque sean éstos los responsables primeros de crear esa moda, luego ellos mismos son engullidos por la masa y tienen que permanecer muy atentos para tener ya preparada otra nueva y sacarla al mercado antes de que el público empiece a vomitar, absolutamente empachado de cuadros arenosos y de novelas históricas.

Es difícil no sucumbir a la tentación de intentar hacer lo que se sabe que te sacará del anonimato, pero, sobre todo, de la miseria. De modo que la personalidad de Carmen Herrera, que vendió su primer cuadro cuando tenía ya 90 años, cuyas obras ahora se rifan en coliseos del arte como la Tate o el MOMA, y a quien ahora se conoce, en ese caprichoso mundo de las galerías, como “la gran revelación de la década” o “la sensación más caliente del mundo del arte”, no puede dejar de conmover a nadie. Y no por su edad o por sus vivencias, sino por el tesón de haber seguido pintando día tras día sus abstracciones geométricas, durante toda su vida, a pesar de no haber vendido un solo cuadro ni interesar a ningún marchante. Ella lo explica con la sabiduría que sólo puede dar la experiencia: “Supongo que a pesar de todo seguí pintando por la misma razón que una monja se va a trabajar a una leprosería, por vocación, porque lo necesitas”. Y ese, en definitiva, es el verdadero artista.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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