Manhatitlan versus Puerto York
domingo 02 de marzo de 2008, 20:59h
Spanish Harlem, o como se le conoce actualmente, El Barrio, es un ejemplo de cómo la inmigración en Estados Unidos se va transformando, de cómo los nuevos grupos van desplazando geográficamente y en visibilidad, a los anteriores. La ciudad de Nueva York es una buena muestra de multiculturalismo, una ciudad de acogida de diferentes grupos étnicos, nacionalidades, religiones. Es una ciudad que se creó, y que sigue evolucionando, gracias a la diversidad, pero la percepción sobre ésta también ha ido cambiando. La imagen de inmigrantes llegando a Ellis Island a final del siglo XIX y principios del siglo XX sigue presente. Sin embargo, la llegada de nuevos inmigrantes continúa, pero ya no a través de esa isla convertida ahora en museo, sino de manera clandestina por aeropuertos, carreteras y estaciones de autobuses. Ya no hay oficiales esperándolos en el puerto para darles la bienvenida, con la libertad para buscar el sueño americano.
Los nuevos inmigrantes, mexicanos en su mayoría, se han instalado en los barrios que anteriormente ocupaban otros inmigrantes que llegaron a esa tierra varios años antes. En el noreste de la isla de Manhattan han surgido panaderías que ofrecen cocoles, campechanas, y otros panes que recuerdan a las meriendas en los pueblos del centro y sur de México. La calle nombrada en honor a Tito Puente ya no sólo alberga restaurantes con olor a mofongo y plátano frito, sino que por unos cuantos dólares se pueden saborear enchiladas poblanas, comprar frascos de mole, harina de maíz para tortillas, y chiles de diferente tipo para elaborar esas comidas que acercan al pueblo del que se partió. Las banderas puertorriqueñas que adornaban las ventanas de esos edificios están siendo desplazadas por las banderas tricolores mexicanas e imágenes de la Virgen de Guadalupe.
Los nuevos inmigrantes se establecen en aquellos barrios que los anteriores van abandonando al integrarse a la sociedad estadounidense. Los puertorriqueños se han insertado en un mercado laboral mejor remunerado, en parte gracias a su condición de ciudadanos norteamericanos, y se han trasladado a zonas residenciales con mejores condiciones y calidad de vida donde su presencia como grupo se hace menos evidente. Los recién llegados por su parte, se aferran a aquellos compatriotas que los precedieron, formando comunidades donde las costumbres de sus pueblos intentan conservarse, pero donde también surgen nuevos problemas ante la dificultad de adaptación a una nueva sociedad donde la lengua, las leyes y los valores no son del todo comprendidos por ellos.
Así los nuevos inmigrantes sueñan con una mejor vida cada vez más lejana, en parte debido al miedo o falta de interés de políticos a buscar soluciones reales y prácticas para la inmigración, mientras caminan por esas calles donde los olores y los sonidos despiertan nostalgias de una familia y una tierra a la que muchos nunca volverán a ver.
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Interna- cionalista
HEBE CUE es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset y experta en Relaciones Internacionales
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