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Primer Congreso Internacional de la Lengua Española. (A don Luis María Anson)

Arturo Romo Gutiérrez
viernes 01 de enero de 2010, 16:01h
En 1996 se celebró en la hermosísima ciudad de Zacatecas el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, sin duda el evento cultural más importante del mundo hispano en ése y en varios años más.

Zacatecas, la “bizarra capital del estado” que lleva el mismo nombre, y cuyo centro histórico la UNESCO había declarado en 1993 Patrimonio Cultural de la Humanidad, venía de celebrar sus primeros 450 años de existencia -los mismos que habían transcurrido desde el nacimiento de don Miguel Cervantes de Saavedra-, abría sus amorosos brazos para recibir a quienes hicieron posible aquel evento singular: don Ernesto Zedillo, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y su distinguida esposa; don Juan Carlos I y doña Sofía, rey y reina de España; los eméritos Premios Nobel de Literatura don Gabriel García Márquez, don Camilo José Cela y don Octavio Paz; los ilustres pensadores, escritores, poetas, filólogos y comunicadores, que tenían la difícil pero nobilísima encomienda de examinar en apenas cuatro días la situación y la perspectiva de nuestro idioma.

Entre éstos últimos se encontraba don Luis María Anson, cuya ponencia magistral tuve el privilegio de escuchar. Me cautivó su sencillez y desenvoltura. Hablaba de los temas más espinosos con natural desenfado. Afirmaba rotundamente que “…el español goza de una salud insultante”, advertía, sin embargo, que era preciso preservar su unidad, a fin de evitar que tuviera el mismo ruinoso destino del latín durante la Edad Media, el cual terminó fragmentado en multitud de lenguas romances que no se entendían entre ellas. Comentaba, convencido y esperanzado a la vez, que la televisión, herramienta infaltable en el mundo global, habría de contribuir a resolver aquél desafío. Vaticinaba que toda persona ilustrada debería conocer los tres idiomas que vertebrarían la cultura en el siglo XXI: el inglés, el español y la informática. Vinculaba acertadamente el colonialismo -concebido como categoría histórico-política-, con el colonialismo cultural resultante, y veía en ambos, matriz y producto, el riesgo mayor para el sano desenvolvimiento del idioma español. Columbraba en los medios de comunicación social reproductores del “american way of life” y sus supuestas bondades, la constante intención de hegemonizar el inglés. Y exhortaba, por consiguiente, a constituir lo que inteligentemente llamó el Instituto del Español Urgente, que debería trabajar las 24 horas del día para hacer frente al colonialismo, por lo pronto en su expresión idiomática.

Por una de esas prodigiosas paradojas de la vida, hoy comparto con don Luis María Anson, en mi caso desde una modesta pero muy respetable trinchera, la tarea de consolidar el magnífico proyecto que representa el periódico “El Imparcial”, tribuna del pensamiento libre, la idea de largo aliento y la palabra comedida.

Coincido con él en que es necesario evadir la pretensión de diluir y aún de borrar nuestras identidades culturales, subyacente en el continuo, abrumador empleo de vocablos que nos llegan en aluvión desde el mundo anglo sajón, para denominar fenómenos y cosas relacionados con la ciencia, la técnica, la tecnología, la informática, la medicina, la música y el deporte.

Considero indispensable a la preservación de las identidades culturales propias de los pueblos hispánicos, examinar a profundidad las valiosas aportaciones del Congreso zacatecano y echar a andar las recomendaciones emanadas de éste y de eventos similares subsecuentes. Reproduzco aquí, por ello, lo que quiso ser un canto de esperanza, incluido en mi mensaje de clausura de aquél histórica asamblea conformada por hombres y mujeres de excepción:

“Gracias a todos, al final de este congreso la lengua española emerge una vez más enriquecida, revitalizada y enaltecida. No morirá, abatida en los engañosos aunque sutiles ropajes del mundo global. Porque tiene a cantores ilustres e inigualables cronistas, porque su fuerza vital le viene de una larga existencia y de las macizas culturas que ha edificado.

“Hermosa y sugestiva, vigorosa y flexible, de antigua raigambre y constantemente renovada, la lengua española sabrá superar los desafíos del presente y asumirá con solvencia los que le depare el porvenir. Su savia inagotable seguirá contribuyendo a la comunicación humana, racional y constructiva, al entendimiento pleno y a la cooperación fructífera de los hombres y los pueblos.”
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