La guerra de Uribe y Chávez
miércoles 06 de enero de 2010, 17:50h
“Desde que existe el mundo, hay una cosa cierta: unos hacen los muros, y otros las puertas.” Carlos Varela.
Sólo durante las últimas dos semanas, la frontera Colombo-Venezolana ha sido cerrada tres veces. Un grupo de ocho colombianos fue asesinado en territorio venezolano; las autoridades venezolanas atribuyeron el suceso a la filtración de grupos paramilitares colombianos. Dos guardias venezolanos fueron asesinados en la zona limítrofe. Colombia deportó a un exmilitar venezolano bajo la acusación de espionaje, Venezuela apresó dos colombianos identificándolos como miembros del departamento administrativo de seguridad colombiano (DAS). El canciller venezolano habla de atropellos y amenazas por parte de Colombia al firmar un convenio con EEUU, en el cual se le permite la utilización de siete bases militares; el presidente Hugo Chávez dice que él cerraría indefinidamente la frontera con su vecino país y hoy ha hablado de “preparase para una guerra”. Al parecer, no hay muchas esperanzas para la solución del conflicto entre estos dos pueblos que un día estuvieron bajo la misma bandera.
Existen muchas razones para sentirse desalentado con esta coyuntura en pleno corazón de América Latina: la posibilidad de una confrontación armada, el cese de intercambio económico entre las naciones, la intervención de otros países (Rusia vende armas a Venezuela, EEUU tiene hombres en Colombia, Francia entrena las fuerzas de Brazil, etc.) Adicionalmente, el retraso que esta clase de conflictos genera en todas los aspectos de una región. Pero, en estos párrafos, quiero hacer énfasis en lo que subyace bajo toda la “pelea” entre dos pueblos: los intereses personales de dos presidentes y la división de pensamiento de las gentes.
En Venezuela, encontramos a un presidente que se ha autoproclamado el sucesor de Simón Bolívar en la búsqueda de la unidad de Sur América y ha emprendido una campaña de lucha tenaz en contra de Estados Unidos y todo país que esté dispuesto a tener tratados con el país del norte. Usando el adjetivo de “socialista” para su gobierno, ha realizado múltiples expropiaciones de empresas privadas en Venezuela y ha cerrado medios de comunicación. Ha incentivado los partidos y gobiernos izquierdistas en la región y ha llevado a cabo una reforma constitucional en la que se le permite la reelección indefinida. Por otra parte, en Colombia, hallamos un gobernante que también se ha proclamado el liberador de su país, en cuanto ha combatido a la guerrilla y ha instaurado una ley de “justicia y paz” con la cual se supone la disolución de los grupos paramilitares que azotan los campos y las ciudades. Su discurso, denominado “seguridad democrática”, le ha servido para recorrer el país presentándose como lo mejor que le puede pasar al pueblo colombiano, mientras en su gobierno se presentan anomalías que dicen otra cosa: falsos positivos, enormes cantidades de dinero entregadas a grandes terratenientes, “chuzadas” a teléfonos de senadores y opositores, acusaciones múltiples por violación de derechos humanos y de relaciones con paramilitares, ocupación de siete bases militares con personal de EEUU, entre otros. Mientras tanto, el presidente está a la espera de anunciar sus aspiraciones al tercer mandato.
En la escena, vemos a dos caudillos que, ávidos de poder, son los únicos que están aprovechando las deterioradas relaciones binacionales. Por un lado, el señor Chávez es el que está permanentemente quejándose a viva voz sobre lo amenazado que se siente por su vecino y por EEUU; y para acabar de ajustar, todo lo que pasa en los territorios cercanos a la frontera, lo adjudica como consecuencia de planes malintencionados del gobierno colombiano en consorcio con aquellos líderes venezolanos (que ya quedan pocos) opositores a su gobierno. Al otro lado del puente, el señor Uribe no dice nada; mientras se ocupa de presentarse en su país como el que está siendo ofendido desde el otro lado. Al final, los resultados: ellos están sacando provecho de lo que un pensador colombiano llamó “la felicidad de la guerra”. La comunidad se enardece a la hora de defender a los suyos. Al estar los dos países enfrentados verbal, económica y políticamente, los respectivos pueblos se reúnen alrededor de su líder para apoyarlo en la confrontación, olvidando los conflictos que ocurren al interior de los países. Caracas y Medellín fueron reportadas hace un par de meses dentro de las diez ciudades más violentas del mundo, pero incentivar la tensión en la frontera parece ocupar más las mentes de ambos países. Los gobernantes saben muy bien que mientras haya un enemigo externo, la sangre de sus gobernados arderá para defender el honor, los principios y la patria; negando así la disensión y las dificultades internas.
Las diferencias entre los pueblos siempre existirán. Las identidades consolidadas alrededor de una tradición y un orden autóctono ha llevado a construir fronteras que separan las Naciones. Pero esas fronteras no son murallas impenetrables, esas fronteras tienen puertas y las puertas son para cruzarlas. Latinoamérica no se puede quedar en los enfrentamientos individuales de sus líderes. Hemos de sustentar nuestra riqueza en el pluralismo. No queremos más la confrontación entre nuestros pueblos, queremos que nuestros líderes se preocupen más por el crecimiento de sus comunidades antes que estar buscando motivos para amenazar al vecino. El reconocimiento y la contención justa de las diferencias deberá llevar a evitar ver en el exterior la causa de nuestros males, ver al extranjero como el enemigo. Una sociedad mejor es aquella que es capaz de tener mejores conflictos; en palabras de Zuleta: “Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”.