Oslo 2009: Blanco sobre negro
viernes 08 de enero de 2010, 18:24h
En la recepción que tuvo lugar el 10 de diciembre en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Oslo, Barack Obama desarrolló, en poco más de media hora, una lección -más que una alocución del género de las políticamente correctas- al otorgársele el Premio Nobel de la Paz correspondiente a 2009.
El presidente de los Estados Unidos volvió a brillar en el cielo como la estrella política por excelencia del hemisferio occidental. Es como si la humanidad y la opinión pública de esta parte del mundo -e incluso las de otras latitudes- tuvieran la necesidad compulsiva de creer, sin objeciones de mayor envergadura, en cuantas propuestas de conciliación mundial viene difundiendo Obama durante el año escaso que ha transcurrido desde su victoria electoral.
Esa necesidad compulsiva de creer en un líder de ámbito mundial capaz de sacar a las naciones del planeta Tierra de los varios embrollos geopolíticos, económicos y morales en que parece estar inmerso el tiempo de todos y cada uno de nuestros días, es necesidad reveladora de la complejidad desconcertante que ha ido adquiriendo la historia del siglo XXI.
No le han faltado precursores a Barack Obama, como Albert Schweizer, Mahatma Gandhi (al que, sin embargo, nunca se le otorgó el Nobel de la Paz), y Martin Luther King. Apóstoles los tres de la resistencia al abuso de poder, de la esperanza en el triunfo final de las causas humanitarias, sin tener que recurrir a la fuerza o a la violencia. Incluso cuando éstas puedan ejercerse en legítima defensa de unos principios de valor y alcance mundial.
Sin embargo, la paradoja novedosa que subyace en la figura del presidente de los Estados Unidos radica en que Obama está intentando cerrar un proceso bélico en Iraq, al tiempo que se ha propuesto acometer lo que él mismo ha bautizado como a war of necessity en Afganistán -en particular al noroeste y al sur de este poco franqueable país asiático.
La paradójica circunstancia de recibir ahora el Nobel de la Paz, con manifiesta precipitación por parte del sanedrín escandinavo, reside en el hecho de que un contingente de 30.000 soldados americanos y otros 10.000 más reclutables entre los aliados de Estados Unidos, se dispone a iniciar la gran ofensiva contra los “insurgentes” afganos. (El bando de los leales, en Afganistán, lo integrarían el partido de Karzai y sus allegados). El Presidente ha hecho ver que, como se trata de una guerra necesaria, no es contradictorio recibir casi simultáneamente la distinción que otorga Oslo.
Es entonces, y sólo entonces, cuando Obama introduce en su lección una máxima de pretendido valor ubícuo y ucrónico: “el mal existe en el mundo” y, en consecuencia, se impone defender el espíritu del bien de las acechanzas que le tiende aquél valiéndose del instrumento de la guerra. Obama añadiría en Oslo, además, que debemos conseguir un mundo que tendría que existir. Para ello, para conseguirlo, hay la guerra justa que cita el Presidente, sin invocar de paso a los clásicos de la guerra -y la paz- justas.
El constructo casi profesoral que exhibió el presidente de los Estados Unidos se redondeó con una figura retórica muy anglosajona, cual es la de procurar ser espejo de las cualidades que se defienden y se ensalzan. O sea, to set an example.
Por último, recordemos aquí, en rápida retrospectiva, la señalización cronológica que Obama hizo pocas semanas antes en la Academia militar de West Point, apuntando, de una parte, tanto a que ya estaba viendo el final de la guerra, mientras que, de otra, lanzaba una advertencia a los insurgentes afgano-paquistaníes: “he venido para ganar”.
Es muy probable que la política de contrapartidas equilibradoras del fiel de la balanza evite tanto que Obama pueda salir chasqueado, como que la ofensiva americana en Afganistán desencadene una escalada militar, nociva tanto para la opinión pública como para el Tesoro de los Estados Unidos.
Puesto que el tiempo pone las cosas en su sitio, veremos en algún momento futuro el desenlace del proceso que se inicia con la invocación de Obama a la guerra justa … en Afganistán. Una invocación dirigida a las críticas acerbas de los pacifistas de razón -y de los que lo son de oficio-, no tanto en la península escandinava sino en el gran teatro del mundo.
De otra parte, el texto de la carta abierta que ha dado a conocer en las últimas 72 horas, Asif Ali Zardani, presidente de Paquistán y cónyuge de Benazir Bhutto (+ 2007), es revelador de la agónica situación interior y exterior que atraviesa actualmente una de las naciones islámicas más pobladas del mundo. Los orígenes contemporáneos de esa situación radican, en amplia medida, en la conflictividad latente de las fronteras afgo-paq, e indo-paquistaní.
Asif Ali Zardani reclama, en su carta, más atención cuidadosa de parte de los responsables de la política americana en el Gran Oriente Medio, dado que la inyección financiera consistente en 7, 5 billones de dólares para fines no militares, convierte a Afganistán en el darling de la acción exterior de los Estados Unidos.
Se ha dicho, y Obama, en Oslo, lo evocó tangencialmente, que, de lo que se trata en esta hora crítica, no es sólo derrotar a los “insurgentes” sino evitar que Paquistán sea contaminado por el estado revuelto que atraviesan la sociedad y las fronteras afgo-paq... .
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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