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Noche de reyes

José María Herrera
sábado 09 de enero de 2010, 12:20h
Todas las civilizaciones han calculado el tiempo tomando como punto de partida un suceso de especial significación para ellas: la primera Olimpiada, la fundación de Roma, el nacimiento de Cristo, la huída de Mahoma. Sólo la nuestra habla del tiempo como si fuera ... ¡el Tiempo!

Desacralizado, desmitificado, convertido en categoría científica, el tiempo se ha vuelto al fin una dimensión, la “dimensión olvidada”, que decía Prigogine. Se trata por supuesto de un avance más en el conocimiento objetivo de la realidad, pero un avance problemático, pues: ¿acaso es la vida la que pasa en el tiempo y no al revés?

El tiempo es perezoso en la infancia e impaciente en la vejez. En esto se asemeja a la conciencia, una fuerza que crece a medida que menguan las fuerzas. Los antiguos, más sutiles que nosotros, lo vincularon por ello al destino. Interrupciones, aceleraciones, vueltas a atrás, todo esto está en la sustancia de la temporalidad. Únicamente la ciencia lo imagina como una corriente uniforme a salvo de cualquier contingencia.

El tiempo antiguo no era plano y homogéneo como el nuestro, sino que dependía de los ciclos de la naturaleza y las creencias religiosas y políticas. Había días propicios para la labor y días para consagrar a Dios o a la comunidad, días fastos y nefastos. Todo esto parece hoy arbitrario, un vestigio de arcaicas supersticiones, pero, como enseña el poeta, entonces era el corazón de los hombres el que, acompasado con los dioses, medía las horas y los días, las tardes y las noches, y eran las cosas, con sus correspondientes quehaceres, diversos según la estación, las que ordenaban la vida impidiendo el caos y la soledad.

En nuestros calendarios perviven restos de todo esto, pero como costumbre que desaparece. Salvo la distinción entre días laborables y festivos, cada vez menos evidente (en las grandes megalópolis comienza incluso a ser discutible la diferencia entre día y noche), la época en que la calidad de los días variaba según a qué fueran consagrados es poco menos que un recuerdo. Navidad, Carnaval, Semana Santa apenas significan nada para la mayoría. Se trata sencillamente de períodos vacacionales, buenos para ir de viaje o descansar. Verdad que hoy también hay gente interesada en dotar a ciertas jornadas de significación (el día de la mujer trabajadora, el día de la mujer maltratada o el día de la mujer), pero fuera de la curia democrática y sus voceros nadie suele hacerles el menor caso.

De las antiguas festividades, la que tiene todavía más peso social es la Navidad, una fiesta que regocija a los niños y entristece a los mayores. La razón de que unos se alegren y otros se aflijan con la conmemoración es presumiblemente la misma: son días entrañables, para pasar en familia, comiendo, brindando y haciendo regalos. Muy pocos celebran el nacimiento de Jesucristo, motivo original de la solemnidad, aunque hay que admitir que mientras hagamos el esfuerzo por ser amables unas horas al año su mensaje seguirá vivo.

Las costumbres navideñas les parecen a muchos extemporáneas y engorrosas, un montaje para obligarnos a hacer gastos desorbitados. No seré yo quien les quite la razón, aunque el hábito de ofrecer regalos a los niños al finalizar el año se remonta a la antigua Roma y puede considerarse otro producto de la civilización. Lo nuevo es la desmesura y la anarquía, el maremagno de intermediarios –Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás, el niño Jesús y los Reyes Magos- con los que confundimos la mente de los chiquillos. Nos gusta la magia navideña, pero como ésta es incompatible con nuestra cultura hacemos como esas personas que aplacan el vacío de sus úlceras engullendo ansiosamente cuanto encuentran a mano.

El problema de fondo es que el hombre de hoy no tiene la menor idea de lo que significan en el juego de su existencia magia, fantasía e imaginación. Se confunde todo esto con irracionalidad, como si algo auténticamente humano pudiera ser irracional. Y el resultado de esta confusión es que cuando los reyes magos llegan a nuestras ciudades, no lo hacen acompañados por un séquito de pajes cargados de obsequios, sino rodeados por una ruidosa fauna de criaturas televisivas, un barullo de seres imaginarios que más que animar a los niños los sumen en la perplejidad. ¿Qué pintan en las cabalgatas de las noches de reyes estos espantajazos?, ¿es quizá necesaria su presencia para que los niños de hoy acepten sin más algo tan improbable, y tan hermoso, como es que pueda caerles un regalo del cielo?, ¿logrará el progreso, ese subterfugio de nuevo rico consistente en suplir la falta de sustancia mediante el exceso y la acumulación, arruinar la única noche mágica que quedaba en el almanaque?
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