La tragedia de Haití
jueves 14 de enero de 2010, 04:00h
Los ya de por sí devastadores efectos de un terremoto resultan aún más demoledores -nunca mejor dicho- cuando se producen en países poco desarrollados. Tal es el caso de Haití, literalmente arrasado por un seísmo que superaba los siete grados en la escala Richter. Con ser alarmante la magnitud de la catástrofe, lo es aún más la nula capacidad de reacción de un Gobierno débil e inoperante, del que prácticamente aún no se tienen noticias. Conviene recordar que el país caribeño ostenta el dudoso honor de ser el de menor renta per capita de todo el hemisferio norte, con más del 70 por ciento de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza.
Si las perspectivas de Haití antes del terremoto eran ya inciertas, ahora resultan desoladoras. Casi las tres cuartas partes del territorio haitiano están constituidas por suelo montañoso y las únicas tierras llanas se hallan actualmente deforestadas y estériles. La causa hay que buscarla en una sobre-explotación forestal absolutamente irracional por parte de una población que cada vez aumenta su demanda de leña y madera, lo que ha originado a su vez la erosión del suelo y una tremenda escasez de agua potable. Haití es un vergonzante foco de miseria cuya suerte no debe pasar inadvertida a los ojos de una comunidad internacional que ya ha empezado a enviar ayuda humanitaria, con Estados Unidos a la cabeza. No es momento de perderse en divagaciones políticas, pero si es interesante recalcar que, a la hora de la verdad, la solidaridad debe plasmarse en datos cuantificables en lugar de buenas palabras. En el caso de Haití. Estados Unidos y la Unión Europea ya han movido ficha. Es tiempo ahora del resto de países, sobre todo de sus vecinos continentales.