reseña
Roberto Bolaño: Una novelita lumpen
sábado 16 de enero de 2010, 16:06h
Roberto Bolaño: Una novelita lumpen. Anagrama. Barcelona, 2009. 160 páginas. 15 €
Roberto Bolaño es uno de los escritores de América Latina más reconocidos del panorama literario actual. Autor de 2.666 o Los detectives salvajes, Una novelita lumpen fue la última novela que el narrador chileno publicó en vida antes de su muerte en 2003. La obra respondió al encargo que una editorial realizó hasta a siete escritores hispanoamericanos, para que crearan una novela en torno a alguna de las capitales mundiales de la actualidad. Bolaño eligió como escenario Roma, apartándose así de territorios anteriores y ofreciendo a sus personajes una ciudad eterna pero hostil para deambular y divagar.
Dos hermanos huérfanos, un par de misteriosos amigos, un ex campeón de culturismo y actor venido a menos y una caja fuerte son los ingredientes básicos con los que Bolaño construye su novela lumpen, en la que Roma es mucho más que el escenario en el que se cruzan y combinan todos ellos. La ciudad con su particular luz, sus vías y piazzas, incluso sus publicaciones y su cine, resulta casi un personaje más que en ocasiones comparte protagonismo con Bianca, personaje central de la obra. La decadencia, la desesperanza y una cierta marginalidad se imponen en la existencia de la protagonista tras el accidente automovilístico de sus padres, momento decisivo en el que arranca la novela. Bianca y su hermano inician entonces un dantesco y progresivo descenso a los infiernos de la delincuencia romana, a lo largo del cual el sexo y un pragmatismo deshumanizado se imponen creando una atmósfera cargada de luminosidad pero violentamente opresora.
La obra de Bolaño recrea, con un estilo desprovisto de todo adorno superfluo, el desencanto y la existencia monótona y gris de la protagonista, envuelta en una espiral de marginalidad e inmersa en un entorno superficial y globalizado. Sin embargo, un rayo de esperanza surgirá cuando su degradación parece haber tocado fondo. La brillante luz de Roma, a la que tantas referencias se dedican a lo largo de la obra, como sinónimo de malestar y opresión, reaparece entonces con connotaciones regeneradoras en el amanecer de la piazza Sonino.
Por Lorena Valera Villalba