crítica
Richard Rorty: Una ética para laicos
sábado 16 de enero de 2010, 17:53h
Richard Rorty: Una ética para laicos. Presentación de Gianni Vattimo. Traducción de Luciano Padilla López. Katz Editores. Madrid, 2009. 41 páginas. 6 €
Este librito presenta la conferencia pronunciada por el filósofo neopragmatista Richard Rorty (1931-2007) en Turín el 29 de septiembre de 2005 con el título “Espiritualidad y secularismo”. El texto incluye una presentación a cargo de Gianni Vattimo (Turín, 1936) y la discusión que se estableció entre los asistentes a partir de ella. El núcleo de la conferencia es la búsqueda de la felicidad como ideal moral de cada ser humano y de la Humanidad en general. El procedimiento del que se sirve Rorty para plantear y desarrollar la cuestión es el debate entre el fundamentalismo y el relativismo. Para caracterizar al primero utiliza textos y opiniones del cardenal Ratzinger y de la tradición platónica-cristiano-católica. Para el segundo sigue la tradición utilitarista y pragmatista, especialmente a J. Stuart Mill y G. Santayana.
Para la cosmovisión fundamentalista los ideales morales de los seres humanos tienen que estar basados en la trascendencia, en un poder trascendente que orienta nuestras vidas y al que debemos subordinar nuestros deseos. De ahí que la felicidad haya que posponerla a una vida que no pertenece a este mundo. En el otro lado, la tradición relativista defiende que no hay una naturaleza humana acabada, sino que el animal inteligente que es el ser humano se define por sus deseos y el deseo más digno es el de alcanzar la máxima felicidad para el mayor número de seres humanos. En efecto, los seres humanos no tienen una naturaleza, no existe naturaleza alguna de la existencia humana. Simplemente existen diversos modos mediante los cuales los seres humanos se han reunido para construir una sociedad. Y alguno de estos modos ha hecho a los seres humanos más felices que otros. Rorty tiene la inteligencia de encauzar el debate entre fundamentalismo y relativismo, dejando a un lado el absolutismo, pues éste no sólo está presente en el primero, sino que también alienta el relativismo bajo la fórmula “todo vale”. Más allá de ese relativismo escéptico, el filósofo norteamericano aboga por un contextualismo cada vez más extenso en el que la esfera del “nosotros” puede ir ampliándose en círculos cada vez más amplios hasta llegar a la Humanidad en general.
Frente al fundamentalismo, para el que los ideales sólo son válidos si están basados en una realidad, el relativismo postula una vida moral abierta, sin conceptos basados en obligaciones morales incondicionadas. El primero tiene la esperanza de trascender la finitud, el segundo tiene la esperanza de perfeccionar la sociedad humana. El ideal utilitarista de progreso moral consiste en la maximización de la felicidad en contextos cada vez más amplios, esto es, en aumentar la cantidad de personas que consideramos parte de nuestro grupo. En este sentido, cualquier deseo tiene derecho a convertirse en realidad, siempre que no interfiera en la concreción de otros deseos también legítimos. El fundamentalismo necesita una experiencia humana común de contacto con la verdad que es superior a nosotros; de ahí que nos ofrezca una visión de ascenso vertical hacia algo más grande que lo meramente humano. Por el contrario, para el relativismo la verdad está en el “nosotros”; por ello nos ofrece una visión horizontal del progreso orientada hacia un amor cooperativo común a escala planetaria.
Para Rorty, esa felicidad no es algo abstracto, sino que, muy al contrario, se define como democracia, tolerancia, justicia y solidaridad. La felicidad no es algo individual, sino que sólo podemos conseguirla en una sociedad democrática que avance conquistando derechos humanos para capas de población cada vez más amplias. Es en esa conquista donde debemos poner el fundamento de nuestros juicios morales. O lo que es lo mismo: en la inclusión del otro en nuestros modos occidentales de construcción de la sociedad del bienestar. Así, cuando los hijos de los pobres se igualan a los hijos de los ricos por mor de la educación, cuando los homosexuales son incluidos, sin estigma alguno, en el mundo de los heterosexuales, o cuando el feminismo va calando en las distintas formas sociales de vida, estamos en el verdadero progreso moral, producido de forma horizontal y cooperativa y no de forma vertical y subordinada.
Así, en la estela del espacio de reflexión abierto por G. Santayana, Rorty puede llegar a afirmar que la única fuente de ideales morales está en la imaginación humana. Nuestra tarea, pues, consistirá en avanzar hasta donde nuestra capacidad creativa nos pueda llevar y ello nos obligará al abandono de las preguntas metafísicas acerca del fundamento u origen de nuestros ideales y también al abandono de las preguntas epistemológicas acerca de cómo podemos estar seguros de haber elegido el ideal correcto. En todo momento podemos alcanzar un ideal y empezar a anhelar cualquier otro y a ese proceso de sustitución no es posible ponerle punto final, pues no se considera factible la pretensión de encontrar la idea justa y hacerla definitiva. Muy al contrario, la felicidad, como el horizonte, se nos escapa mientras avanzamos en su búsqueda, si bien es lo único absoluto que podemos afirmar en nuestro sistema de valores. Y la democracia social y participativa ha sido y sigue siendo el mejor instrumento que hemos encontrado los seres humanos para alcanzarla.
Por Antonio M. López Molina