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Una de ONG’s

Regina Martínez Idarreta
domingo 17 de enero de 2010, 16:56h
Hace poco me contaba una amiga, indignada, que había recibido una llamada de la ONG con la que se dispone a viajar dentro de un mes como cooperante a un país africano, amenazándole con dejarla en tierra ya que no cumplía los requisitos necesarios para la labor. El problema de mi amiga, que es enfermera y lleva cuatro años trabajando como tal, es que no ha asistido a una serie de cursos previos sobre sensibilización y cooperación, ya que sus obligaciones laborales no se lo han permitido. Unas obligaciones laborales que va a abandonar en forma de excedencia -sin cobrar- durante los tres meses que pase trabajando como cooperante, sin recibir ni un duro a cambio -estamos de acuerdo en que en eso consiste la cooperación-, después, además, de pagar de su bolsillo el viaje y cualquier gasto que surja durante ese tiempo.

En resumen, mientras mi amiga está ofreciendo de manera desinteresada su tiempo, dinero e importantísimo valor como personal médico en activo a la cooperación en el Tercer Mundo, los popes de la misma no sólo le agradecen el esfuerzo sino que le echan en cara la falta de una "preparación" basada más en la ortopedia vacía de nuestros días que en un auténtico sentido de las cosas. Maldita obsesión por mirar el dedo sin reparar en la luna.

Seguramente me falte un máster en Ayuda al Tercer Mundo para entender qué más sensibilización necesita una enfermera que cada día se enfrenta a pequeños y grandes dramas humanos, a miserias y dolores, físicos y psíquicos. Por qué existe gente tan ortopédica que es incapaz de ver más allá de sus frases hechas, eufemismos e ideas tan biensonantes como vacías.

Todo esto me hace pensar una vez más en lo absurdo que es el mundo en el que vivimos, en el que la burocracia funcionarial obnubila las mentes de personas que, se supone, deberían, a fuerza de cursos sobre sensibilización y cooperación, ser lo suficientemente sensibles e intuitivos como para entender que una enfermera con experiencia puede ser más útil sobre terreno que 50 cooperantes "megasensibilados". Las buenas intenciones y la sensibilización plastificada de un curso de 20 horas no sirven de mucho a la hora de enfrentarse a problemas reales, que exigen soluciones inmediatas, como una herida sangrante o una enfermedad que requiere de cuidados médicos específicos.

Eso sin contar que la dosis necesaria de "sensibilización" frente a los dramas humanos la lleva de serie cualquier enfermera con cierta experiencia. Para enfrentarse al dolor y las miserias, de lo que saben mucho las enfermeras de cualquier hospital del mundo, no hace falta irse a África. Cada día, una enfermera ha de consolar a ese paciente que llora porque un médico le ha comunicado que padece cáncer. Limpiarle el culo a un ejecutivo al que le ha traicionado la salud, sonreír a la niña enferma que pasa sus días en el hospital y aprender a dormir cada noche sin que esos recuerdos le roben la vida. Que me digan un día tras día de esto no equivale a 150 cursos de "sensibilización".

La empatía, la generosidad, la sangre fría a la hora de tomar decisiones de las que puede depender la vida de un paciente, la ternura y comprensión para con el que sufre son cualidades que difícilmente se pueden aprender en curso, más allá de la vana repetición de los enunciados que dicte el profesor, pero que forman parte del background de cualquier persona que desarrolle su carrera profesional ayudando a los demás; a curarse o, lo que es más duro, a sobrellevar el dolor, incluso cuando no hay esperanza.

Lo triste es que quienes tienen en sus manos la posibilidad de ayudar a las personas de países tercermudistas, parecen haber olvidado el primer objetivo de su trabajo: ser efectivos. Las ONG,s son en la mayor parte de los casos elefantes burocráticos que acaban siendo pasto de eso a lo que, supuestamente, tanto temen: el turista bienintencionado. Entiendo que tengan que poner ciertos controles y requisitos mínimos para evitar que la cooperación se convierta en un capricho de posmodernos aburridos, que desean seguir ahondando en su egoísmo intrínseco, buscando dar sentido de su vida ayudando a cuatro negritos. Pero cifrar el auténtico compromiso de quien decide marcharse como cooperante en la asistencia a unos cursos sobre "sensibilización", tratar como un potencial sospechoso a quien ha dado sobradas pruebas de compromiso y de utilidad con la labor que le va a tocar desarrollar y aferrarse más al cómo que al qué, acaban pervirtiendo el objetivo, vaciándolo y restándole su valor fundamental: una labor ejecutiva y urgente ante necesidades acuciantes –la terrible tragedia de Haití, por ejemplo- a las que no le valen remiendos fáciles ni frases aprendidas en dos cursos de chichinabo.

Regina Martínez Idarreta

Periodista

Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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