Famas y eclipses literarios: Umbral
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 18 de enero de 2010, 19:50h
Por conducto del impagable filósofo-librero amigo del cronista, ya aludido en otros artículos, le llega a éste información muy fidedigna del verdadero estado de las cotizaciones en los más acendrados mercados españoles de “libros de viejo”. Entre las sorpresas más llamativas que últimamente ha recibido al respecto, ninguna para él como la subitánea desaparición en tan indicativo escaparate de las obras del escritor que poseyó sin rival durante un veintenio, o quizá algo más, el cetro del ensayo más difundido y el de la colaboración cuotidiana en los medios periodísticos más prestigiosos e influyentes en la opinión pública ilustrada. Ningún lector desconoce, salvo quizá el proveniente de la última generación juvenil imantada por el oficio y cultura literarios, que el prosista aludido no puede ser otro que el madrileño aunque de niñez y mocedad vallisoletanos, Francisco Umbral. El ascendiente ejercido por su abastada y nacarada pluma fue, ciertamente, grande y, a menudo, absoluto y decisivo a la hora de imponer pautas de comportamiento y modelos de interpretación de los fenómenos sociales y políticos de la España del postrer tercio de siglo. Incluso, los más alejados de su ideario entonaron elogios bombásticos acerca de la excelsitud de su estilo, afirmando, en el coro unánime de loanzas, uno de los críticos más reputados y halagados del periodo que no podría escribirse “mejor en castellano” de lo que lo hiciera el autor de Mortal y Rosa, esa obra en verdad refulgente de belleza formal.
Con plena conciencia de sus armas, Umbral llegó a ejercer una auténtica dictadura en los gustos de la inteligentzia progresista -¿existe otra en España en la que el conservadurismo doctrinal es hoy un páramo reseco?- que, a las veces, se transformó en terrorismo intelectual. Tal fue, entre otros ejemplos señalados, el que desplegase en muy contadas ocasiones con algún fundamento contra ciertas figuras del exilio, alzaprimadas en su juicio en su valoración, y aún del interior acusadas de modo inmisericorde en sus muy leídos artículos de arribismo e indecencia moral. Así, pesarosamente, aconteció, verbi gratia, con Laín, al que atribuyera directamente su veto para el anhelado ingreso en la Academia, y cuya ingente y valiosa producción bibliográfica y, sobre todo, su trayectoria personal, arrojase no sólo al cubo de la basura sino a los albañales más densos de la sociedad de los días en que la Transición – tiempo de comprensión por excelencia en nuestros anales contemporáneos- semejaba alcanzar su vértice.
Tal fue el escritor y, también, acaso, el hombre, “un ser de lejanías”, como él, ontológicamente, gustaba mucho de decir, reproduciendo la definición heigdegueriana. Hasta el momento, la biografía de su fama póstuma no diverge en nada de la de otros astros-rey del panorama literario de diversas etapas del pasado. Padece ahora la fase de oscurecimiento normal que ha seguido a la muerte de otros muchos autores erigidos en directores de estilo y sensibilidad en periodos precedentes de la historia. En los próximos decenios se despejará la incógnita de su valor e inserción definitivos en manuales, tratados y lecturas. Sin sentar plazo de adivino, varios indicios permiten tal vez conjeturar que no ocupe un sitial prominente en el envidiado panteón de los grandes nombres –hombres y mujeres- de las Letras españolas, uno de los más refulgentes y sustantivos entre los de todos los países. El exceso de actualismo de su prosa; los guiños permanentes al lector; la vacuidad de su pensamiento y el talante entre despótico e indigente de su escritura harán muy difíciles la aproximación a su fruitivo bien que algo artificial castellano. Mas, en fin, no ha sido la suerte futura de la celebridad de Umbral la que provocase unos renglones que tuvieron el objetivo primordial de reflexionar sobre el destino último de las radiantes glorias que refulgieron en los distintos firmamento que componen la historia literaria de las grandes naciones como la española. Una conclusión en estos días de otoño se destaca siempre sobre cualquier otra: no hay que apresurarse a la hora de establecer balances en la axiología artística y cultural.