www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

A vueltas con el gallego, o el arte de crear problemas artificiales

viernes 22 de enero de 2010, 02:51h
A la famosa máxima atribuida a Unamuno, según la cual “el nacionalismo se cura viajando”, podría añadírsele aquella otra de “y la ignorancia, leyendo”. Así, quien echase un vistazo al artículo 3 de la Constitución Española, se daría cuenta de que el castellano es la lengua oficial del Estado, sin perjuicio de que las demás lenguas españolas también lo sean en sus distintas autonomías. Según el diccionario de la Real Academia Española, “también” es un adverbio modal “para indicar la igualdad, semejanza, conformidad o relación de una cosa con otra ya nombrada”. No parece muy difícil de entender. Sí, en cambio, el hecho de que un nutrido grupo de personas se manifestase ayer por las calles de Santiago de Compostela en contra el decreto sobre el uso del gallego. Lo peor de todo es que quienes se manifestaban lo hacían o bien sin conocimiento de causa, o bien -lo que sería más grave- a sabiendas de que estaban generando un problema de manera totalmente artificial.

Y es que el problema en cuestión, el lingüístico, nunca ha existido en Galicia. De hecho, puede decirse que hasta la llegada de los socio-nacionalistas, la comunidad autónoma gallega era modélica en este sentido: cada cual hablaba gallego o castellano indistintamente, según le parecía. La lengua gallega se mimaba y se potenciaba por vía positiva, pero no se imponía forzando a nadie ni en contra de ningún idioma, incluido el castellano. En primer lugar, porque ello sería violar un precepto constitucional, el del derecho a usar cualquier de las lenguas oficiales que en España existen. Lo segundo, porque una imposición en este sentido redundaría en un deterioro considerable de la convivencia: los padres deben tener la opción de escolarizar a sus hijos en la lengua que estimen más oportuna. Sólo a un nacionalista autoritario –calificativos crecientemente redundantes, por desgracia- se le ocurriría negar algo que, por otro lado, es de sentido común.

Las cosas hay que juzgarlas desde el punto de vista de sus propios supuestos filosóficos. Y, desde fundamentos socialistas e internacionalistas, no se entiende como la izquierda, con el apoyo –presencial y de espíritu- de destacados socialistas, entre ellos el ministro Caamaño, titular de Justicia y gallego, para más señas, se sumó ayer a una concentración manifiestamente reaccionaria, en la medida que niega la libertad de elegir y propugna la discriminación negativa. La sórdida razón electoral ya la conocemos. Y la comprendemos, aunque no la compartamos: el modelo político Zapatero-Blanco pasa, desde el 2004, por romper el consenso constitucional de 1978, estableciendo una alianza estratégica con los partidos nacionalistas y secesionistas, como fórmula de marginar al PP (más o menos, el 40% del electorado) del sistema político. Con ese malabarismo de encuestero, la izquierda se está dejando algo más que plumas de su identidad programática. Se está vaciando de contenido ideológico porque ha pinchado en hueso filosófico. Y eso no se enmienda en un chalaneo de porcentajes. Un discurso más interesado en la identidad que en la semejanza; centrado en etnias, en lugar de la humanidad; en el nacionalismo, antes que el internacionalismo; que habla de territorios, en vez de ciudadanos libres e iguales; que confunde el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos; y que promueve derechos históricos a costa de los individuales. Un discurso así, en suma, está licuando a la izquierda española.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios