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Ser liberal (II): ética, democracia y medios de comunicación

martes 26 de enero de 2010, 20:34h
El liberalismo, como ya indicamos en el anterior artículo, es el soporte ideológico para el nacimiento y consolidación de los derechos humanos, tal y como los conocemos hoy. Y de entre todos ellos, el derecho a la información tiene un especial peso específico para el pensamiento liberal. Veamos por qué. De entrada, la piedra matriz en la conquista de este complejo derecho, se pone en la primera revolución liberal de la historia, la que se produce en Inglaterra en el siglo XVII. Y concretamente es la Areopagítica del liberal John Milton, la obra que logra argumentar y vencer el férreo control de los libreros londinenses y sentar las bases de la entonces denominada libertad de imprenta.

Todo país democrático que se precie, sabe de la importancia de la independencia de los medios de comunicación social, pues los ciudadanos en democracia básicamente conocen lo que sucede en la vida pública, en la res publica, gracias a la decisiva y poderosa labor de los creadores y divulgadores de la información. Si se piensa un poco en esta función social y democrática, uno puede apreciar el enorme bien -y el gran mal- que puede desarrollar un medio de comunicación social. En este sentido los periodistas se “parecen” a los profesores, transmiten conocimiento, información, pero al igual que los profesores, están en una posición de privilegio, superioridad o preponderancia sobre los estudiantes o el público, respectivamente. Imagínense el daño que un mal profesor pudiera hacer sobre unos alumnos de nueve o diez años que quisiera engañar, adoctrinar o manipular, no sería muy diferente del daño que un periodista puede cometer a través de un medio de comunicación. El público o sujeto universal cree lo que viene en los periódicos, es más, la realidad que los medios le transmiten va calando en su composición de la realidad que le rodea y vive, forma sus ideas y valores a raíz de esa información, pues es el conocimiento que irá paulatinamente formando sus razonamientos.

La educación y el periodismo pueden servir para adoctrinar o para liberar, para manipular o para transmitir la realidad de los hechos. Los liberales siempre han apostado por la sagrada libertad de la persona, mientras que los regímenes totalitarios de izquierdas o de derechas, han utilizado ambas herramientas para manejar a su antojo a las personas.

Por todo ello el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ya desde las Sentencias Handyside en 1976 y Lingens en 1986, otorga a este derecho una posición de prevalencia sobre el resto de derechos, pues es un derecho decisivo para el verdadero desarrollo de una sociedad plural y democrática. Pero por eso mismo, los periodistas y medios de comunicación tienen que responder con una profunda responsabilidad ética y deontológica a toda la confianza que la sociedad civil pone en ellos. Conocemos lo que nos cuentan, y nunca lo que callan. Un medio puede tener una línea ideológica, pero nunca está línea ideológica le puede impedir ver y contar la realidad de los hechos, por mucho que los protagonistas sean próximos o muy distantes a su línea ideológica, o esa información les perjudique o les beneficie. La ética periodística consiste en el compromiso con la realidad existente y con los ciudadanos, una vez que está se vende al mejor postor, ese medio de comunicación no cumplirá esa especial función que todos los ciudadanos esperan de él de desarrollar la democracia. Será una empresa capitalista más que ganará dinero al servicio de quien le paga directa o indirectamente, pero no será ya un medio de comunicación al servicio de los ciudadanos, contribuirá al desarrollo de la demagogia, pero no de la democracia.

Un derecho a la información bien ejercido -es importante que esto lo sepan los periodistas y el público-, contribuye y es decisivo para el desarrollo, por ejemplo, del derecho a la libertad de conciencia (pensamos con la información y datos que nos dan), del derecho a la libertad de expresión (decimos los mensajes que machaconamente nos mandan), del importante derecho al voto (votamos a los políticos, no por lo que hacen, si no por lo que nos dicen que hacen) y, por supuesto, del derecho a la dignidad (una mala prensa puede acabar reduciendo al ciudadano a un pelele). Por todo ello, mi más absoluto reconocimiento y agradecimiento a los pocos periodistas -verdaderos héroes- que hoy en España no han sucumbido al dogmatismo mediático -de derechas o de izquierdas- reinante, a esa prensa ideologizada que tanto daño está haciendo al derecho a la “información veraz” (art. 20.1.d) CE) y, por lo tanto, a nuestros sufridos ciudadanos.
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