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Haití: contra la desmemoria

Marcos Marín Amezcua
miércoles 27 de enero de 2010, 16:49h
Estremece leer la historia haitiana. Reclamaron los isleños los consabidos derechos que tardíamente les negó la Revolución Francesa, al no considerarlos dignos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, independizándose en 1804. Y lo sucedido recién es un nuevo llamado a no olvidar, a combatir la desmemoria. Haití estremece.

Cuán compleja y difícil resultó la tarea de alcanzar la independencia, apenas reconocida, apenas disfrutada antes de caer en manos de autoproclamados reyezuelos que extinguieron toda presencia blanca en aquel país, cuya herencia cultural africana le dio su perfil más acendradamente reconocido. Y sin dejar la esfera francesa.

El siglo XIX fue especialmente complejo, pues la inestabilidad política secundó a la social, dotándose Haití de gobiernos incapaces de llevar adelante su propio progreso. Y sin embargo, su corrupción evidenció una vulnerabilidad tal de sus instituciones, que horrorizó a las élites blancas y racistas de los Estados Unidos que lo mismo escamotearon derechos a la población negra de su territorio que, poniendo como ejemplo al país caribeño, denunciaron, pues no hay otra palabra, que no se permitiera a los hombres negros de su propio país, emanciparse y autogobernarse acusando la supuesta incapacidad de los gobiernos haitianos a los que ningunearon. El ejemplo haitiano de incapacidad lo temieron para una Cuba libre, sin su tutela. Evitar que en ella se repitiera el caso haitiano, los justificó en su intervencionismo permanente en la Gran Antilla.

Cuánta violencia, cuántos golpes de estado, cuánta precariedad se observa en el desarrollo histórico de la realidad haitiana, desde siempre. La suma de tanta inoperancia facilitó una invasión estadounidense en el marco de la aborrecible política del Gran Garrote, la cual se apropió del país en 1915, quedándose allí por veinte años.

Haití, reconocida nación de dictadores y represores, gobernando al amparo de potencias solapadoras; de nuevo fue ocupada en 1994 y de nuevo la ingerencia estadounidense en 2004. Y ahora, un terremoto. Avisan los Estados Unidos que regresan y a saber cuándo saldrán, pues a unos kilómetros de Cuba, resulta apetitoso establecerse allí, lo que siempre desearon para sustituir Guantánamo, por si algún día la perdían. Por razones humanitarias regresan, dicen. No es nuevo. Siempre se han apersonado con algún vano pretexto.

Hiere, lastima ver el caso haitiano. Un pueblo sufrido. Cuánta bajeza, cuánta corrupción, cuánta incapacidad de mantener su independencia. La nación más pobre de América no merecía ni necesitaba el castigo de un terremoto. En mal momento ha sucedido, en mal momento viene a complicarlo todo. Su brutalidad orada las pocas instituciones que le quedaban al país. El derrumbe de sus edificios públicos son una imagen dantesca y grotesca de cómo se finiquita a un estado. Lo demás son las tristes consecuencias de toda una situación.

Haití no parece encontrar la solución., ¿Tiene solución? ¿Es posible que los haitianos la encuentren?¿Recibirá de los Estados Unidos una ayuda desinteresada? No hay antecedentes de que así sea. Nada avisa que esta vez lo será.

La desmemoria campea al menor descuido. No podemos permitirlo. Quien se queda con Haití se queda con las Antillas y por ende, con las Américas. Puede disfrazarse de ayuda humanitaria, tan oportuna para otros fines reales. A nadie con dos dedos de frente se le escapa que la presencia de los Estados Unidos enviando 16 mil marines a esa ínsula, es un exceso. Máxime cuando reconocen que no pueden controlar los desmanes. Entonces ¿A qué fueron? Con Cuba a unos kilómetros y con el pasado a cuestas, no se puede sino denunciar una verdadera invasión que pone en riesgo las relaciones hemisféricas, pues son islas sumamente estratégicas, más la cubana en trance de cambios.

Y por último la desmemoria para el caso mexicano, cuya sociedad ha sido solidaria prestando ayuda humanitaria de a de veras, pero a la que le recuerdo y le pregunto de nuevo si está preparada ante un siempre posible y nunca deseable terremoto como el de 1985. ¿Hemos avanzado en ambos casos, en la estabilidad hemisférica y en la cultura de la prevención de sismos? Considero que muy poco.
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