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Caridad

sábado 30 de enero de 2010, 17:20h
Los antiguos teólogos solían distinguir entre el amor que se da y el amor que se rinde. Al primero, fruto de la buena voluntad, le llamaban caritas; al segundo, hijo del deseo, cupiditas.

La caridad, el amor que se da, es cierta compasión basada en la hermandad de los hombres, un delicado vínculo que asegura su mutua cohesión y que, desde el punto de vista cristiano, reposa en el amor a Dios. Quien tiene caridad no deja que el hermano se vaya a descansar entristecido por su causa, escribió Máximo el Confesor.

Concebida así, la caridad es siempre más que la simple solidaridad, o como antes se decía, que la limosna. “La limosna –aclara el Talmud- sólo puede hacerse con dinero, mientras que la caridad puede practicarse con dinero o en persona; la limosna es sólo para los pobres, mientras que la caridad puede ser también para los ricos; la limosna es sólo para los vivos, mientras que la caridad sirve tanto para los vivos como para los muertos”.

Aunque en su grado más perfecto la caridad implica la capacidad de dar incluso a cambio del mal, el único requisito que los teólogos impusieron para hablar de ella era que se practicara sin intención de ser visto. Acompañada del trompeteo hipócrita de los que quieren mostrar su virtud, la caridad deja al instante de serlo. El Evangelio de San Mateo lo expresa rotundamente: “cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.

Por un inveterado error, siempre existió la tendencia a considerar la caridad una virtud asociada al monedero. La tradición cristiana censuraba esta perspectiva, pues de acuerdo con ella sería suficiente con poseer más de lo preciso y no profesarle demasiado apego para ser considerado un alma caritativa. Pero es evidente que existen miserias que demandan algo más que una limosna, circunstancias en las que la caridad no se reduce a poner dinero o alardear de buenos sentimientos. Hacer por comprender estas miserias intangibles, o por usar la expresión de Teodoro Adorno, “volver locuaz el sufrimiento”, constituye también un acto de caridad, a veces mucho más arduo que el del óbolo.

No todo el mundo ha juzgado conveniente la caridad. Los hindúes, dice Borges en Qué es el budismo, la consideran “una ostentación y un error, ya que el desventurado no hace otra cosa que expiar culpas cometidas en una vida previa, y tratar de ayudarlo es demorar el pago inexorable de esa deuda. Por eso Gandhi condenó la fundación de asilos y hospitales”.

Arthur Schnitzler, en una narración de 1902, Obras de caridad, con discreción y buena fe, plantea las consecuencias de una acción caritativa contraproducente. Un joven estudiante sin recursos vence su resistencia a pedir limosna y consigue que un caballero le entregue una moneda de oro con la que puede permitirse disfrutar de una gran noche. El muchacho se siente a pesar de todo humillado y busca a su benefactor para explicarle que no es un mendigo. Cuando lo encuentra, la vergüenza y el odio que experimenta le llevan a abofetearlo, en vez de hacer lo que se proponía. La historia es un presagio de lo que ha sucedido en nuestro siglo tantas veces: el socorro ofrecido con la mejor intención no sólo no zanja los problemas, sino que los multiplica.

Sobre la base de que muy pocas cosas resultan tan aburridas como hablar de las virtudes ajenas, los ingleses suelen decir que no hay nada como la caridad para arruinar una buena conversación. Se trata de una forma sutil de reconocer que en la lucha contra el sufrimiento llevamos siempre las de perder. Así fue desde el primer día. Por más que nos impliquemos, la historia acaba imponiendo inexorablemente su falta de sentido. Lo mejor de nuestra tradición, sin embargo, es haber comprendido que ello no justifica la indiferencia.
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