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Haití o la ausencia de ley: la adopción internacional en tiempos de crisis

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 30 de enero de 2010, 17:25h
La solidaridad con Haití tras la catástrofe natural ha abierto un debate sobre las adopciones internacionales que ni es nuevo ni es tan sencillo como parece.

Los medios de comunicación se han echado la manta a la cabeza y para retratar el desastre no han dudado en ilustrar noticiarios y portadas de periódicos con fotos de niños desamparados, con la mirada perdida, sucios y vestidos a jirones. Estas imágenes, que duda caben, llegan al corazón de cualquiera.

Pero por qué pueden los medios de comunicación sacar imágenes de menores sin taparles la cara cuando se trata de niños que sufren en Haití o en cualquier otro lugar que padece la ausencia de leyes y derechos básicos; por qué los niños de Haití que hemos conocido a través de los medios de comunicación durante estas semanas de algarabía solidaria no tienen los mismos derechos que Andreita la hijísima o cualquier niño español. ¿Por qué aplicamos las leyes de protección a los menores españoles y desposeemos a los extranjeros de ese derecho?

El impacto de estas imágenes no sólo ha provocado una avalancha de donaciones en forma de dinero, sino un tsunami de gente que quiere adoptar niños haitianos, a esos que salen en las fotos. Los foros de internet sobre adopción están llenos de preguntas sobre qué hacer, con quién hablar y a dónde dirigirse. La sugestión que estas imágenes ha provocado, choca de frente con las leyes que rigen justamente las adopciones internacionales. Los procesos de adopción internacional son largos, no todo el que quiere adoptar puede, y aun cuando se quiere y se puede estas personas o familias son miradas con lupa: adoptar es para toda la vida y no puede estar sujeto a modas y sugestiones pasajeras ya que el hecho implica por un lado que se desarraiga a un niño de su cultura y de su país, de su contexto racial y lingüístico, sino que además se le promete una nueva vida que debe contar con todas las garantías, nacionales e internacionales para que sea un proceso exitoso tanto para el niño o niña como para la familia que se forma.

Las leyes, como decía Sócrates ante el patíbulo, están para cumplirse o para ser persuadidas; es decir, cuando se vive en un sistema político democrático, uno tiene la capacidad de intentar persuadir a la comunidad de que una ley no es buena o puede ser mejor; intentar cambiarla es una posibilidad, pero se intente o no, se debe obedecer.

Las leyes es un tema de debate desde que occidente es occidente. Platón en sus diálogos no dejó de preocuparse por cómo gobernar de la manera más justa posible cualquier comunidad humana, y su conclusión, en su último escrito titulado justamente Las leyes, optó por una concepción de la política que hoy es mucho más común de lo que creemos.

Platón, pesimista con la capacidad de corrupción humana, del egoísmo, del individualismo, desterró la posibilidad de una democracia y optó por crear un corpus legislativo, lo que hoy llamaríamos una Constitución, que rigiera la vida de los hombres más allá de su aleatoriedad y contingencia, unas leyes que permanecieran más allá de los diferentes gobiernos y generaciones. Unas leyes, que por su carácter transtemporal no pudieran ser vapuleadas por el curso de los acontecimientos.

Estas leyes, son justamente las que definen a una sociedad en el sentido de si vive en un Estado o en un Estado fallido. Las diferencias entre uno y otro son muy importantes. La permanencia en la aplicación de una ley, no sólo caracteriza la fortaleza o debilidad de un estado, sino de la propia comunidad internacional. Lograr un corpus común que defina a los estados y que sustente la actividad de la política internacional es el empeño de gran parte de los organismos internacionales que luchan por la paz (valga la paradoja entre luchar y paz…). No hacer resoluciones para cada problema, no cambiar las leyes en caliente, no dejarse influir por las pasiones que circulan tras las tragedias… todo eso es lo que debe guardar las leyes y lo que no debe hacer que las leyes salgan del armario y se cambien a golpe de titular o contigencia. Por lo que las leyes, justamente en casos de crisis y de catástrofes, no deben de ser cambiadas, debe prevalecer su carácter intemporal.

Ahora bien, también hay leyes que prohíben hacer ciertas cosas en los territorios en los que no hay ley, es decir, en los que no hay estado.. El estado español prohibió en 2007 adoptar niños en Haití. El país se terminó de derrumbar hace dos semanas por un terremoto, pero el país estaba a la deriva desde mucho antes. La clasificación de la revista FP sobre Estados fallidos, siguiendo la polémica definición de aquellos territorios en los que el estado no tiene ni el monopolio legítimo de la fuerza ni la soberanía de dar las leyes y hacerlas respetar, se publica cada año, y al menos desde 2005 Haití está entre los 10 peores. Esto quiere decir, que el estado haitiano no tiene ni tenía control sobre lo que pasa en su territorio, no tiene la información sobre sus ciudadanos ni tiene capacidad para recavarla. Por eso, en este tipo de estados, se prohíben las adopciones, al igual que en todo lugar que esté en guerra o tras cualquier catástrofe natural.

¿Por qué? Porque es muy difícil establecer si los niños son o no huérfanos, la ausencia de registros, la imposibilidad de certificar las muertes e identificar a enfermos, muertos y niños, no garantiza que la adopción sea legal. El Arca de Zoe nos dio una buena lección al respeto.

Y para que en las situaciones excepcionales no se hagan atrocidades impulsadas por la sugestión y las pasiones, para eso, para eso están las leyes, que en este tipo de situaciones son más necesarias que nunca.

Todo esto denota varias cuestiones. Una vez más, España se ha mostrado solidaria. Una vez más, España está entre los países que más adopciones internacionales realiza (dato, que por otro lado, algo tiene que decir sobre los recientes resultados estadísticos sobre evolución demográfica del país, el retardo en la maternidad que luego la imposibilita y la opción de la adopción), caracterizada por la voluntad de caridad cristiana que reina en nuestro territorio y la solidaridad y hospitalidad que caracterizan a nuestra sociedad.

Sentimientos todos ellos, que para el bien de todos, deben estar sujetos a leyes, nacionales e internacionales, dando ejemplo para que en los estados fallidos puedan construir su propia norma, su particular forma de convivencia, creando garantías y protegiendo los derechos humanos, sociales y civiles necesarios para que una sociedad crezca, se fortalezca y sea libre.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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