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Ser liberal (y III): La construcción de una activa sociedad democrática

martes 02 de febrero de 2010, 16:19h
Terminamos con este artículo, la breve serie en la que hemos tratado de mostrar, la evidente necesidad que nuestra democracia española tiene de profundizar en las mejores tradiciones del pensamiento liberal, para poder solventar la actual parálisis en la que se encuentra, como por lo demás demuestra la sensata y realista opinión de los propios ciudadanos, que ven a los políticos como el tercer problema que más les preocupa (encuesta diciembre 2009-CIS), siendo curiosamente la clase política catalana la peor valorada por sus ciudadanos, pues en este caso es considerada como el segundo problema que más les preocupa, por detrás de la crisis económica.

El pensamiento liberal siempre parte de la realidad concreta de los hechos, es profundamente empirista, de clara raíz anglosajona, como demuestran pensadores de la talla de Hume, Locke, Mill o Russell, sin olvidar también a Moro, Milton o Lord Acton. El liberalismo es básicamente inductivo, pues parte de lo particular, de lo demostrablemente existente para, a partir de ahí, extraer una serie de conclusiones generales. Por lo demás, el liberalismo suele ser bastante pragmático y tiene una tendencia clara hacia el futuro, a mirar hacia delante. El liberalismo huye de planteamientos globales o cerrados y de concepciones previas para interpretar la realidad. Por eso, por ejemplo, el liberalismo y el nacionalismo son pensamientos antitéticos, un liberal no entiende ni comparte la irracionalidad de argumentar en base a premisas no demostrables, como la interpretación de la historia, los sentimientos o la defensa de un ente abstracto, que prácticamente todo lo justifica, como la raza, la nación o la historia gloriosa, como en caso de la Italia fascista, por ejemplo.

El liberal siempre parte del ciudadano, de la realidad de las personas concretas. Parte de la asunción de lo enormemente difícil que es conocer, toda y para siempre, la realidad que nos rodea, por eso el liberal siempre huye de los presupuestos totalitarios, de los pensamientos dogmáticos, donde hay una serie de principios y valores que no se discuten. Esto resulta inaceptable para el liberal, que frente a las afirmaciones rotundas e indiscutibles, defiende la duda como útil compañera de trabajo. El pluralismo, por tanto, es otra característica del pensamiento liberal, que siempre sospecha de la uniformidad, del pensamiento unilateral o único que desde posiciones extremas o radicales se quiere imponer. En principio, por tanto, el liberal no es revolucionario, si no que siempre se decanta por la vía de la reforma, pues normalmente las revoluciones son violentas, radicales. La revolución es la última opción, es mejor trabajar lentamente, que los cambios sean paulatinos, profundos y asumidos, por ello la educación siempre ha sido una de las herramientas características del pensamiento liberal.

El liberalismo parte de la responsabilidad individual, no se puede esperar del todo, lo que no hagan sus partes. No es qué puede hacer el Estado por mí, lo cual implica un paternalismo preocupante, si no qué puedo hacer yo por el Estado -en frase atribuida a Kennedy-, por el conjunto de la res publica. Este es el ciudadano verdaderamente implicado, activo, el que contribuye a crear una sociedad realmente democrática.

Concluyo, creo que nuestra actual democracia española, nuestra presente vida política, está inmersa en un necesario periodo de profundo cambio, así parece que con claridad nos lo están indicando los propios implicados: los ciudadanos, que ya están muy cansados de una clase política de bloques inoperante, incapaz de cooperar y trabajar por solucionar los problemas del día a día de los ciudadanos. Frente a la España de derechas y de izquierdas, ambas excesivamente dogmáticas e ideologizadas, necesitamos una España políticamente -no económicamente- más liberal, más empírica, más pragmática, que deje atrás los discursos peregrinos, cansinos, excluyentes e inútiles del pasado y asuma con claridad y decisión los importantes retos del presente y del futuro.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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