El velo de Occidente
martes 09 de febrero de 2010, 19:43h
Se ha abierto en Francia un debate respecto a la prohibición del uso del velo integral y del burka por parte de las mujeres musulmanas. Una comisión parlamentaria en este país recomendaba la prohibición de estas vestimentas en lugares de servicios públicos, en pleno debate sobre la identidad nacional. La semana pasada se denegó la nacionalidad francesa a un hombre que imponía estos usos en su cónyuge, el cual reconocía abiertamente su desprecio a la concepción igualitaria entre hombres y mujeres, y que rechazaba, además, la laicidad que rige en suelo galo. Sarkocy decidía el lunes pasado implantar la obligación de suscribir, por parte de los inmigrantes, un contrato de derechos y deberes, mediante el cual estos se deberán comprometer, entre otras cosas, a conocer la lengua y a acatar las leyes de esa república. La tolerancia que subsiste en las democracias europeas se ha topado con la intransigencia que muchos de esos inmigrantes importan de sus lugares de origen, disfrazados de singularidad cultural y religiosa. La mayor de las veces estos nuevos ciudadanos desarrollan su fanatismo, basado en primitivos dogmas medievales, al chocar culturalmente con una civilización que amenaza a sus arraigadas creencias. El complejo de inferioridad, ante los valores que imperan en nuestras democracias, crea un extraño mecanismo de defensa en algunos de estos inmigrantes, que hace que estos nieguen la validez de muchos de los derechos que con tanto esfuerzo han sido logrados en nuestras naciones. Así, se suele dar el caso de que un hombre, que en su país de origen apenas atendiera a sus obligaciones religiosas, en el país de acogida se convierte en radical.
Es indudable que nuestros principios democráticos occidentales son irrenunciables. Por ello no debemos caer en la tentación de intentar comprender y tolerar aquellas posturas que, basadas en mitos, coartan los derechos desarrollados mediante la razón y el consenso. Pero la autocomplacencia, con la que tantas veces los occidentales contemplan la superioridad de sus convicciones, es ilusoria.
Hace ya muchos años, una terraza de la Castellana, en la ciudad de Madrid, lograba llenar sus instalaciones noche tras noche, gracias a su atracción estrella, el lanzamiento de enanos. Tras la perpetración de algunas de estos peculiares “eventos deportivos”, se alzaron voces que se oponían a la continuación de esta actividad que hacía denigrarse a los sujetos lanzados. La actividad finalmente fue prohibida y ya no hubo más lanzamiento de enanos. Aunque esta actividad goza de gran afición y se practica habitualmente en bares de Australia, EE.UU., Francia, Reino Unido y Canadá, entre otros países. Porque la peligrosa deriva de la civilización occidental es hacia la constatación de que todo y todos tenemos un precio. Existe un programa de televisión muy popular en EE.UU. donde el director del programa provisto de un buen fajo de billetes, reta a personas que encuentra por la calle a realizar todo tipo de pruebas ultrajantes a cambio de dinero. Después de regatear unos minutos, el intrépido concursante se zampa unos gusanos o le pasa la lengua por la axila de un transpirado y grueso ayudante. El éxito de este programa reside en el extendido gusto por ver como una persona se doblega ante una sustanciosa suma de dinero. El consuelo de ver en otros la propia actitud resulta gratificante y tranquilizador. Efectivamente, parece que reconocer en otros el papel de puta, da el necesario impulso para rechazar cualquier atavismo moral que nos desvíe de poder prostituirnos sin reparos.
La dignidad que nos negamos a nosotros mismos y a los demás se configura como un aspecto de Occidente mucho más aterrador que el más tupido de los burkas. La normal convivencia con el engaño y la vacía vanidad nos ha convertido en números de consumo. Y uno puede constatar todo esto mediante lo que muestra nuestra televisión, espejo de lo que somos. Contemplando al héroe actual, un personaje sin oficio ni beneficio, que ha obtenido la gracia del público por su ocurrencia dialéctica mientras se encerraba con otros como él durante meses en una casa en la que todo puede ser visto y oído. La dignidad del enano proyectado estaba más a salvo. Pero quizás el espécimen preferido sea otro tipo del famoso de la nada, el pariente del artista, torero, o potentado y, en ocasiones, estos mismos en horas bajas, que no dudan en cobrar por relatar lo más recóndito de su intimidad. Y a falta de estos las miserias confesadas por ciudadanos anónimos son siempre bien recompensadas. En auge también está la reportera que previamente pagada y aleccionada, gusta de pasar 21 días en cualquier agujero infecto que sus ingeniosos jefes hayan decidido como idóneo. Y si esto no pudiera ser definitorio de nuestro actual estado de alienación, podemos analizar el saqueo perpetrado con nocturnidad y alevosía en las madrugadas televisivas, en las que las grandes cadenas emiten concursos imposibles o amables gabinetes de futurología, mediante los que gente ignorante busca mejorar su miserable situación, aún a costa del susto que pudiera causar la comprobación de la factura telefónica por gracia de la tarificación adicional.
Todos vendemos algo de nosotros mismos cuando entablamos una relación profesional, en la que ofrecemos nuestros servicios a cambio de la suficiente pecunia. Nada hay que pueda ser reprochado por ello. Sin embargo, mercadear con la dignidad de las personas se me hace repugnante. Porque faltar al respeto a uno mismo y a los demás se ha convertido en norma común en la modélica civilización occidental, lo que ofende a la razón y hiere la sensibilidad de cualquier hombre de bien. Los principios sobre los que se asientan las normas que rigen Occidente, parecen haber sido olvidados en favor del libre comercio de todo lo que esté a bien ser permitido, incluido aquello que pudiera restar de venerable en sus gentes.
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Abogado
CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)
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