LA IGLESIA MUEVE FICHA
martes 04 de marzo de 2008, 21:34h
La elección de Antonio María Rouco Varela como presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) abre una nueva etapa en las relaciones Iglesia-Estado. Los pronósticos apuntaban a que el saliente Blázquez podía repetir, pero la distancia con Rouco era exigua, hasta el punto de que el resultado final se ha decidido por un estrecho margen de dos votos.
Ha sido ésta una etapa marcada por la controversia, suscitada por la irrupción de los obispos en la vida pública española, opinando de temas tan candentes -y que le son propios- como la familia y la educación. Pero también interviniendo en la campaña electoral, una opción a la que tienen derecho, pero que conlleva inevitablemente respuestas críticas. Por lo que respecta a considerar la asignatura de religión como puntuable para la nota media, yerran los que ven un ataque frontal a la Iglesia a la hora de hacer que dicha asignatura no puntúe. Ha sido bandera de este periódico desde 1867 la separación Iglesia-Estado. Y es que en un estado aconfesional no puede tener cabida como coadyuvante del rendimiento escolar la nota de religión, y que ésta influya positiva o negativamente a la hora de escoger carrera. La catequesis es un derecho individual indiscutible. Millones de padres españoles tienen perfecto derecho a elegir para sus hijos una enseñanza doctrinal de la religión católica -o, para el caso, de cualquier otra denominación-. Y la Iglesia, naturalmente, tiene todo el derecho a impartir la enseñanza de su doctrina católica. Sin embargo, este derecho individual indiscutible no puede convertirse en una obligación social, imponiéndose a través de puntuaciones que corresponden a enseñanzas de un currículo general que debe ser independiente de opciones religiosas o ideológicas. Otra cosa es que, en cualquier país occidental con una fuerte raíz grecolatina y judeocristinana, se enseñe como asignatura de currículo -y con una orientación científica- una historia de las religiones. La prueba al respecto la tenemos ante nuestros ojos: no es fácil entender la pintura que se exhibe en el Louvre o en el Prado sin conocer la religión y mitología clásicas, ni la religión cristiana.
Y en cuanto a la familia, el mensaje de Iglesia ha sido manipulado por quienes trataban de identificarla con cánones trasnochados y machistas. Bien es verdad que tampoco ha hecho demasiado por quitarse de encima semejante sambenito, pero no hay que obviar que, por mucho que la idea de familia tradicional sea un concepto perfectamente vigente y mayoritario, hoy en día la sociedad evoluciona por derroteros que quizá sería conveniente considerar por parte de la jerarquía eclesiástica. Toda vez que en el fondo de la cuestión subyace una evidente ansia de polemizar y radicalizar por parte del Gobierno, como toda la discusión semántica -porque pocos discuten los derechos- sobre la Ley del Matrimonio Homosexual.
El caso es que, para los obispos, el panorama que se les presenta es una incógnita. Ya ha avisado el PSOE que, en caso de ganar las elecciones, revisará los acuerdos con la Santa Sede, y retocará el modelo de financiación, amen de otros aspectos relativos a la Iglesia. Puede entenderse entonces que los obispos españoles se hayan decantado por un timonel fuerte como Rouco, en lugar del perfil bajo que representaba Blázquez. Se atisba de fondo una mar revuelta. En cualquier caso, tras la polémica sobre la posible orientación del voto que hicieran los prelados, parece que las voces eclesiales desde aquella polémica han ido encaminadas a rebajar la tensión, procurando apartarse de la esfera política lo más posible. Esperemos que, sea cual sea el resultado de las elecciones del 9 de marzo, ambas instituciones mantengan unas relaciones fluidas, sabiendo cada una de ellas cuál es su lugar, sin más polémicas estériles y trasnochadas.
INFORMACIÓN Y OPINIÓN
El principal objetivo de una campaña electoral es dotar a los ciudadanos de la toda la información necesaria para efectuar su voto con la mayor libertad posible. La libertad de expresión es, de hecho, el núcleo fundamental de las democracias occidentales, en la medida que garantiza la posibilidad de alternancia y asegura que los ciudadanos elijan con la responsabilidad y conciencia que exige una decisión tan importante como es designar quién se va a ocupar de dirigir un país durante cuatro años. Ésta es la base y fundamento de una campaña electoral y estos eran los argumentos que se esgrimían en defensa de un debate cara a cara entre Zapatero y Rajoy.
Sin embargo, la rígida estructura del debate, la falta de audacia tanto del candidato popular como del socialista y, por encima de todo, su falta de nuevas ideas, han acabado desvirtuando el objetivo mismo de los dos duelos con los que nos han obsequiado a lo largo de la campaña. Los dos debates han sido un calco el uno del otro y, en conjunto, han supuesto una nueva escenificación de los mismos modos, las mismas propuestas y las mismas actitudes que llevamos viendo a lo largo de toda la legislatura. La única diferencia ha resultado el escenario. Eso, sumado al excesivo protagonismo que tiene el marketing y la imagen hoy día en política, han motivado el artificio teatral que en muchos casos ha rodeado ambos encuentros.
Los dos se han desarrollado en una nebulosa de encuestas- que no sondeos- , sospechosamente dispares y sesgadas según la afiliación del medio que las presentara. Las encuestas, en el mejor de los casos, recogiendo con escrupulosa fidelidad las respuestas recibidas -como ha sido nuestro caso- no reflejan otra cosa que la opinión y preferencias de los lectores del medio en cuestión. La nuestra, por ejemplo, refleja una abrumadora victoria de Mariano Rajoy- lo cual no es extraño en unos lectores cuya opinión es claramente favorable al concepto de soberanía nacional, una seña de identidad de nuestro periódico desde 1867, y a la que Zapatero ha renunciado "expresis verbis". Sin embargo, preferencias no son tendencias. Ni la nuestra ni ninguna de las encuestas realizadas por los medios reflejan tendencias de opinión que puedan sostenerse con fundamentos sociológicos. Para ello, están las encuestas, realizadas con un muestreo suficiente y un tratamiento profesional sólido. En este sentido, las encuestas sociológicas que hemos recogido en nuestras páginas informativas dan una clara victoria a Zapatero en el debate. Con lo cual tampoco queremos abusar de la conclusión: los sondeos tampoco reflejan la realidad de lo ocurrido en términos generales, pero sí la realidad de lo percibido, que ya es bastante.
La clave de un periodismo equilibrado consiste precisamente en diferenciar estos elementos: por una parte, la encuesta o preferencias de los lectores, y por otra, el sondeo u opinión de los electores. Y eso es precisamente lo que hemos procurado hacer en EL IMPARCIAL. Por fin -y lo que sigue quiere ser una seña de identidad de este periódico- es preciso que la información de lo ocurrido, en dichos y hechos entrecomillables, quede perfectamente separada de la opinión y el análisis que, como no podía ser menos en un diario, los escolta, pero en un lugar diferente y netamente diferenciado. Esto es lo que permite a un lector formar su propio juicio, sin verse aturdido por calificativos, opiniones y valoraciones que se cuelan de matute en la información. Quien se tome la molestia de repasar el reportaje que EL IMPARCIAL ha hecho de ambos debates, sólo encontrará información clara, precisa y concisa. Opiniones y análisis tendrá que buscarlas en otras secciones.
EDUCACIÓN PARA PADRES
Ayer conocíamos que, por primera vez en España, los padres de un menor han sido condenados a un año prisión y multa 6500 euros por agredir a la profesora de su hijo. Lo novedoso de la sentencia radica, precisamente, en la consideración del maestro funcionario como autoridad. En la mayoría de las ocasiones, este tipo de hechos es juzgado como una mera falta. La consideración de atentado a un funcionario estaba reservada, hasta hace algunos años, para las agresiones ejercidas contra agentes del orden público. No obstante, en la actualidad, este ilícito penal es extensible a cualquier profesional que desempeñe una función pública. Sin embargo, condenas como la que hoy nos ocupa son tan aisladas todavía que generan un motivo de debate social.
Los episodios de violencia contra el profesorado por parte de algunos alumnos son mucho más habituales de lo que nos gustaría y la falta de respeto con que muchos estudiantes se dirigen a aquellos que dedican sus afanes en enseñarles es inadmisible. Sin embargo, con frecuencia olvidamos que el germen de estos comportamientos está en los propios padres. El hogar ha dejado de representar un baluarte educativo para los menores para convertirse en el caldo de cultivo de estos pequeños matones de escuela. Así pues, casos como el que hoy aparece reflejado en los medios de comunicación ilustran perfectamente el problema: ¿cómo van a respetar los escolares a unos maestros a los que sus padres se encargan de desautorizar de forma constante? L a educación e una sociedad avanzada debe entender que no hay libertad sin responsabilidad. Como sabemos desde los antiguos griegos, la democracia empieza y se fundamenta en la "isonomía", el reconocimiento de la igualdad ante la ley. Es decir, un ejercicio de responsabilidad individual.
Resulta intolerable a todas luces que las personas que se encargan de la formación académica y humana de nuestros hijos sufran humillaciones de este tipo. Hasta ahí, todos de acuerdo. El fallo se produce al intentar atajar estas situaciones exclusivamente desde las aulas, pasando por alto la implicación de los padres en el problema. Ahora que se habla tanto de la Educación para la Ciudadanía, no estaría de más que nuestros políticos se planteasen la creación de una nueva asignatura: Educación para los Padres.