En Afganistán, “divide et impera”
viernes 12 de febrero de 2010, 17:12h
Cuando, no hace todavía un mes, (15/ 1/ 2010), publicábamos en El Imparcial una de nuestras columnas, advirtiendo que la hora de la verdad se estaba aproximando en Afganistán, debió de iniciarse la gestación de una nueva pauta de acción bélica por parte de Estados Unidos y sus aliados que no podríamos calificar por el momento: ¿contradictoria con el desembarco de 30.000 infantes de marina americanos?, ¿complementaria del “inevitable choque” con el frente talibán?
Pocos días antes de la celebración de la Conferencia de Londres (28/ 1/ 2010) sobre el estado de guerra en que se encuentra Afganistán, se filtró la noticia de que algunos jefes de la tribu shinwani -diseminada a lo largo de la frontera sureste del país-, habían manifestado su decisión de “plantar cara” a los abusos, y excesos cometidos por soldados nativos favorables a la causa del Mollah Omar. (Éste, como se recordará, ha venido siendo, con anterioridad al 11-S de las Torres Gemelas, simpatizante del desafío que Al-Qaeda dio en lanzar a propios y extraños desde los años noventa).
Coincidiendo con la manifestación de esta decisión tribal, el gobierno de Karzai en Kabul preparó un plan de concordia con los talibanes disidentes, proponiendo una gran “reunión interafgana con personas de distintas partes del país, clérigos y sociedad civil, para discutir sobre cómo hacer la paz entre nosotros (afganos)”.
El espíritu de esta política de apaciguamiento por parte de Kabul, emergió a la luz pública en la Conferencia de Londres, cuya presidencia asumió Gordon Brown en persona.
A lo que parece, se había ido gestando con anterioridad una operación paralela de autoría doble. Veamos. Tanto Kai Ede, hombre de confianza de Naciones Unidas en el asunto de Afganistán, como la secretaria de Estado norteamericana, habían perfilado el despliegue de una línea táctica nueva, cerca del sector talibán más abierto al entendimiento con los occidentales. El hombre de la situación, entre los insurgentes, aunque dialogadores con el gobierno de Karzai, es quien fuera el antiguo ministro de Exteriores del régimen talibán hasta 2001-02. Un tal Wakil Ahmed Mutawakil, miembro correoso y hábil de la cinta transportadora tendida entre Washington, Londres y Kabul.
Como es habitual en los entramados de constitución pacifista, el gobierno (débil) de una sociedad enfrentada con ella misma, busca -y encuentra- la intervención militar extranjera a su favor, pero también, la de naturaleza “componedora”, con vistas a dividir al núcleo rebelde que se le opone en dos mitades antagónicas. De un lado, estarían los negociadores (o sea, los jefes de tribu adversos al Mollah Omar); y de otro, los irredentos veteranos de la guerra, tanto convencional como guerrillera.
Ya en el terreno fracturado por la nueva táctica paralela que ha fabricado el tándem anglo-americano, es donde adquiriría peso la actuación “benéfica” de las potencias aliadas para con la población civil de Afganistán -tan agropastoril en su configuración productiva-. De acuerdo con esta lógica del doble frente, el apoyo militar y moral de la población nativa a los guerrilleros del frente talibán, iría decayendo gradualmente; hasta iniciarse una inflexión favorable a la causa occidental en Afganistán, según el calendario previsto en Londres.
El panorama a la vista resulta difícil de dominar en su conjunto, aunque no sea imposible del todo. La táctica de una actuación intervencionista extranjera de doble naturaleza (bélica al tiempo que diplomática), viene aconsejada por las varias lecciones que dicta la Historia, desde los siglos de las intervenciones de la república y el imperio romanos en la cuenca del Mediterráneo, hasta la penetración franco-británica en el Magreb y en el subcontinente indostánico a lo largo del siglo XIX.
La Historia, con su semblante impertérrito, no deja, sin embargo, de advertir sobre otras actuaciones de este género -casi gemelas, o con mucho parecido de familia- que no han salido airosas al final del conflicto que se dirimía en cada coyuntura.
Más allá de éste, o cualquier otro comentario impregnado de filosofía para andar por casa, se nos ocurre subrayar que los presidentes Obama y Karzai no deben olvidar que cualquier plan (en Afganistán, por lo pronto) necesita apoyo financiero. Éste, en cuestión, se calcula que se eleva aproximadamente a un billón de dólares, sólo para crear puestos de trabajo, garantizar la seguridad, y proporcionar alicientes, a los desertores de las milicias guerrilleras que se han venido encuadrando en el renaciente régimen talibán durante este primer decenio del siglo.
A propósito, estas últimas fruslerías las recordaba recientemente un órgano de prensa tan poco sospechoso como es el neoyorquino International Herald Tribune .
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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