Por qué no votaré a Rajoy
viernes 12 de febrero de 2010, 17:18h
Voy a contarles algo que tal vez no les importe. En los años 70, cuando los hoy encorbatados dirigentes del PP estaban demasiado afanados en el estudio para meter la nariz en la política, mamá y papá guardaban en la cartera un carnet que les acreditaba como militantes de un partido clandestino. Burlaban a los grises en las manifestaciones, escondían en casa una vietnamita desvencijada que a mi abuelo le producía pavor y repartían pasquines antifranquistas en la universidad. Más tarde, cuando Aznar ya escribía artículos contra la Constitución pero aún no lucía abominables abdominales, la abuela aplaudía a rabiar en los mítines de Felipe y de Tierno. Después vendría el 82. Todavía conservo una fotografía instantánea, tomada la noche electoral, en la que se ve a mis padres y algunos de mis tíos reunidos en torno a una mesa redonda, con una bandera roja al fondo y una tarta sobre la que habían grabado un puño y una rosa bajo la inscripción “Viva el cambio”. Era un momento histórico. La cámara con que fue capturada, sin constituir un hito de la técnica, logró inmortalizar con asombrosa fidelidad la ilusión en forma de brillo de los ojos y el eco de las carcajadas que dibujaban anchas sonrisas.
Cuando me preguntan por qué soy de izquierdas (que me perdonen quienes predican que los términos derecha e izquierda son arcaísmos superados, para algunas cosas soy muy tradicional, ay), suelo contestar de forma simplista que a los 22 años no cabe ser otra cosa. Sin embargo, al interrogarme a mí misma sobre la cuestión, la razón que acude a iluminar el entendimiento adopta la forma de esa tarta de sirope de fresa, del brillo de los ojos curiosos, de las sonrisas anchas dibujadas en las caras de mis padres una noche del 82. Por supuesto, el tema daría para una disertación muy amplia y seguro farragosa con la que no me aproximaría, siquiera de soslayo, a la verdad que encierra aquella fotografía instantánea.
Hoy el panorama es bien distinto. La derecha golpea tan duro como lo hiciera allá en el 96 (con consecuencias por todos conocidas) y los advenedizos de primera hora han empezado a abandonar el barco como ratas. Las deserciones a causa de la gestión de Zapatero se cuentan por decenas incluso en las tertulias de la SER y los oportunistas carroñeros (ellos prefieren llamarse patriotas) se regodean en el pesimismo que arrojan los datos del paro y las cifras económicas. Las encuestas dan a Rajoy una ventaja de hasta 6 puntos sobre el vituperado presidente y ya nadie recuerda que el PP no ha hecho nunca nada por las personas.
Y, a pesar de todo, yo sigo mirando mi vieja foto y me digo confiada que aún nos queda algo que la derecha gris jamás podrá ofrecer, pero tampoco nos podrá arrebatar, y es precisamente ilusión que delatan un brillo en la mirada y una sonrisa ancha.