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La halitosis de Hitler

José María Herrera
sábado 13 de febrero de 2010, 12:26h
Philip Roth sostiene que los mejores lugares para poner una bomba son el burdel y el mercado, dos espacios en los que la gente suele descuidarse mientras busca lo que necesita. Yo añadiría un tercero: el consultorio del dentista. Sobre una camilla, la boca abierta, los ojos cegados por un foco intimidante, es fácil que nos cojan desprevenidos. Hitler debío ser consciente de esto porque, según un recientísimo estudio sobre su salud dental, el odontólogo que lo atendía era un general de las SS, o sea, un tipo de su entera confianza.

El estudio, titulado El dentista del diablo, es obra de Menevse Deprem-Hennen, y descansa en el análisis de los informes del especialista personal del führer, el general Johannes Blaschke. Gracias a ellos hemos sabido que al diablo le olía mal el aliento –la vieja teología le atribuía un penetrante olor a sulfuro-, que sufría parodontosis (molesta enfermedad producida por bacterias que ocasionan el sangrado de las encías y la pérdida del hueso, a causa de lo cual los dientes se aflojan y acaban cayéndose), y que en cierta ocasión le fue extraída una muela de la mandíbula superior, hecho que demuestra que, a pesar de todo, poseía buena dentadura. Lo que más ha gustado a los lectores ha sido, sin embargo, la constatación de que al caudillo nazi le daba miedo acudir al dentista, igual que a la mayoría de los mortales, incluido el valiente general Millán Astray, de quien he oído decir que se hacía acompañar por varios legionarios a fin de mitigar los chirriantes sonidos del instrumental con el soy el novio de la muerte.

La investigación de la doctora alemana ratifica que Hitler no tenía cuatro muelas desparramadas por la boca, sino una dentadura completa y perfectamente idónea para triturar cualquier cosa que se le pusiera por delante, en particular verduras, base de su dieta. Vegetariano convencido, aunque no por las razones que suelen esgrimirse, el guía del imperio de los mil años estaba presumiblemente mal alimentado, aunque gozaba de excelente salud. La halitosis que acaba de diagnosticársele no revestía importancia y es posible incluso que se tratara de una fosforecencia espiritual, efecto de la podredumbre de sus ideas, unas ideas que había situado megalomaniacamente más allá del bien y del mal.

Ignoro si con este tipo de atribuciones se intenta rebajar la paranoica valoración que hacemos del personaje, pero lo cierto es que no sirven para nada. Hitler no da más de sí. Sabemos de él todo lo que hay que saber y es inútil seguir investigando. Más que avanzar en un mejor conocimiento, retrocedemos al afanarnos en considerarlo cualquier cosa menos un ser humano. Así lo ha hecho la doctora Deprem-Hennen identificándolo con el diablo. Hitler hizo un daño infinito, no hay duda, pero si se le equipara con el mal puro (aunque el mal nunca es puro), corremos el riesgo de convertirlo en una criatura irreal, un monstruo surgido de la nada que puede hacernos olvidar que fue un hombre, esa clase de hombre capaz de hechizar a las masas y desvalijarlas de sus principios y su conciencia.

Del mismo modo que la odontóloga alemana hurga por simple prurito doctoral en el aliento del fuhrer, muchos escritores y cineastas actuales juegan con el fenómeno nazi como si se tratara de un episodio de opereta, una de esas farsas patéticas llenas de malentedidos y disparates. Comprendo que resulta difícil ser ecuánimes cuando se desea poner tierra de por medio con una posibilidad que aterroriza, pero suponer que Hitler era un fantoche y sus secuaces un puñado de payasos, quizá no sea el mejor modo de exorcizar el espanto. ¿Cómo pudieron tipos como aquellos (y a esta especie pertenecen también Stalin y sus colegas de matadero) gobernar grandes Estados y conducir a la catástrofe a millones de personas?

Está bien que después de tanto horror la humanidad disfrute ridiculizando a sus verdugos y que la catarsis venga de la mano del humorismo, pero el humor, sobre todo cuando es demasiado reiterativo, encierra el peligro de la simplificación, y lo que nunca debería olvidarse, ni siquiera al ir al teatro, es que a Hitler, que no era un necio, ni un payaso y menos aún un demonio, no le olía mal el aliento, sino el alma que también poseía.
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