Apariencia y esencia en la cultura española
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 15 de febrero de 2010, 19:10h
Quizás sea una característica general de nuestra época; pero aun en ese supuesto, los españoles, proclives al extremismo, la hemos elevado a su máxima expresión.
En efecto, la mirada curiosa observa hoy en nuestra patria un aplastante predominio de la forma y la cantidad sobre el fondo y la calidad. Toda clase de empleadores, organismos privados y oficiales, exigen a sus futuros miembros currículos atiborrados de diplomas y certificaciones que son, de ordinario, valorados al peso, sin ningún ábaco que cribe la paja del trigo. Al mismo tiempo, las agendas de las instituciones son más cotizadas mientras más repletas estén de actos y funciones, con independencia de su oportunidad y enjundia. En todas instancias y ambientes, aún en los custodios —teóricos…— de la esencia y el rigor, se asiste a una atropellada carrera de realizaciones y de culto al número.
La competitividad es, sin duda alguna y al margen de lógicas deformaciones, junto con un rasgo propio de la civilización de masas, un poderoso acicate en la mayor parte de las tareas; pero no debe constituir el eje ordenador absoluto e incontestable de todo el funcionamiento social. Hay muchas esferas de la existencia individual y colectiva sustraídas a su agobiador influjo. Las manifestaciones de la vida cultural, por ejemplo, se justifican por los principios de originalidad, hondura, fuerza expresiva y, en definitiva, por la calidad de sus producciones y frutos; éstos, además, necesitan contar con el tiempo, factor que el nuestro parece olvidar… De ahí que las leyes del mercado estén en ella desprovistas de funcionamiento o al menos no alcancen a todo el conjunto de su medio.
Y, sin embargo, también en ella la oferta masiva e indiscriminada inunda en muchas ocasiones focos y tribunas, con estrago de la exigencia y el provecho. Con frecuencia cada vez más alarmante los programas son superiores a los actos que anuncian o convocan. Lo importante en los cursos, seminarios, libros misceláneos o de autoría plural son los carteles, es decir, los nombres de conferenciantes y escritores y artistas que a menudo no comparecen o trabajan en el más perfecto robinsonismo. El resultado final, el ensanchamiento del tema o la cuestión abordada, el enriquecimiento del oyente o lector, figura, cuando ello sucede, en el último renglón del proyecto de los organizadores.
La completa ausencia del espíritu crítico y la carencia todavía más penosa de cualquier control fiscalizador en el cuerpo social de nuestro país acentuarán, casi de modo inconsciente aunque suicida, el menosprecio por la calidad del certamen, exposición o libro… y el continente convertirá su normal superioridad sobre el contenido en tiranía.