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La vanguardia clásica de Maruja Mallo

Concha D’Olhaberriague
martes 16 de febrero de 2010, 21:43h

El Museo de Bellas Artes de San Fernando presenta una exposición muy atractiva de la pintora Maruja Mallo. De joven, anduvo por los patios de este edificio, sólido, elegante y barroco, en compañía de Salvador Dalí. Ambos eran alumnos de la Real Escuela y compartían además un gran sentido de la representación escénica como forma de relacionarse y dejar su impronta.

Guardo aún un vago recuerdo de la artista irrumpiendo con un estrépito de colores, maquillaje y saludos a finales de los ochenta en el Café Gijón. A ella y a su hermano Cristino, escultor de la airosa fuente de los Delfines de la plaza de la República Argentina, los conocía allí todo el mundo.

Con su amiga y cómplice de correrías nocturnas Concha Méndez figura entre las protagonistas del libro Las modernas de Madrid, de la hispanista americana Shirley Mangini.

Son muchas las anécdotas que circulan acerca de su condición de mujer desenvuelta, independiente y provocadora. También de sus amores con Rafael Alberti o Miguel Hernández y de su desamor con Pablo Neruda, coleccionista de caracolas como ella.
Pero más perdurable que el desenfado, en parte marchamo del ambiente y temple de la época, es su obra, esencial y enigmática, con cierto aire griego, geometría renacentista, negrura goyesca, cinemática vivaz y festiva a lo Gómez de la Serna o delicadeza de filigrana modernista. Otra faceta suya recuerda al cartel publicitario o al arte pop americano.

Con Alberto y Benjamín Palencia explora los arrabales y en especial Vallecas. Así nació El Espantapájaros y otras composiciones de objetos de cuneta. De su afición e interés por la fiesta popular surgen sus famosas y valoradas Verbenas
Dotada de una fuerte personalidad y un talento genuino, no pasó inadvertida a José Ortega y Gasset, quien, haciendo una excepción, le ofreció los locales de la Revista de Occidente para exhibir sus pinturas y le encargó viñetas para la portada de la publicación.

De su Galicia natal aportó un cuaderno con modelos de tipos humanos y elementos relacionados con las faenas marineras: algas, redes, peces, barcas; de él nacerían luego sus mujeres pescadoras, redondeadas como las figuras neoclásicas de Picasso o la escultura de la Mediterránea de Aristide Maillol.

Maruja es una artista bregadora, reflexiva, porosa, heterógenea y vital. En cada lugar encuentra una incitación distinta para su pintura y sus cerámicas, producto de una elaborada concepción. Estudia geometría y matemáticas y ordena el espacio pictórico con una minuciosa distribución de puntos de fuerza y curvas rítmicas. Piénsese en Estrellas de mar o el Atlante.

Pasa por la Argentina, donde deja varios trabajos. Viaja a la Isla de Pascua con Neruda y admira los imponentes moáis. Cuando llega al Pacífico, se queda maravillada por la intensidad de los colores. Algo parecido le ocurrió antes en Canarias, y fruto de su descubrimiento fue La isleña o La mujer con la cabra.

Y su paleta plasma nuevos rostros, caracolas en espiral perfecta, brotes florales en eclosión interna con unos bellos y carnosos tonos lila, anaranjados o violáceos y asombrosas composiciones en las que se superponen en acrobacia caparazones y flores.
Esta serie de Naturalezas vivas de su última etapa está cargada de simbolismo y de poesía y es, a mi juicio, la más hermosa síntesis de su indagación sobre el impulso motriz de lo vivo.


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