La política desacreditada
Enrique Aguilar
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enrique_aguilarucaeduar/15/15/19/23
miércoles 17 de febrero de 2010, 20:18h
El descrédito que afecta hoy en la Argentina a los dirigentes es verdaderamente alarmante. Por varias razones. En primer lugar, porque nos da la pauta de lo poco o nada que hemos avanzado en los últimos años en materia de moralidad y transparencia de los actos públicos. De ahí que se hable ya de “corrupción serial”, un hallazgo terminológico que resulta suficientemente ilustrativo del grado de impunidad que se registra.
En segundo lugar, ese desprestigio preocupa porque lleva a sospechar que no hay a la vista alternativas confiables. “Son todos iguales”, concluimos, sin darnos cuenta de que semejante generalización conspira contra la identificación de los diversos niveles de culpabilidad. En otras palabras, si decimos que todos son corruptos nadie con nombre y apellido lo es, la culpa se diluye y el supuesto delito (si lo hubo) se pierde prontamente en el olvido.
Finalmente corremos el riesgo de olvidar que si la solución no viene de la política difícilmente podrá venir de otro ámbito. ¿Qué otro arte, en efecto, si no la política, puede conciliar nuestra posiciones en procura de una solución medianamente asequible para todos? Rotos los lazos entre los corazones (para decirlo en clave rousseauniana), ¿de qué otro modo se piensa que podremos tender puentes entre nosotros? Quizá la historia dictamine que el gran crimen del kirchnerismo fue haber dividido a la sociedad argentina más de lo que estaba. Así las cosas, no es de esperar que nuestras discordias se atenúen por obra de los hábitos, las creencias o la acción de un puñado de organizaciones civiles. Es la política el camino. Para construir consensos, para pactar reglas de convivencia y para renovar la confianza de los ciudadanos en aquellos políticos que todavía no nos han defraudado y que se afanan en revertir la imagen devaluada de su profesión.
En cuanto a los otros, los que delinquen, exijamos que sus culpas reciban la merecida sanción. Y hagamos votos también para que leyes adecuadas impidan que los hechos de corrupción se reproduzcan con la facilidad con que ocurrido hasta ahora. En un estupendo ensayo titulado “Los poetas y los legisladores”, el escritor italiano Claudio Magris sostuvo: “El legislador que castiga la corrupción en las concesiones públicas es un artista que sabe imaginar la realidad, porque en esa corrupción no sólo ve la abstracta violación de una norma sino, por ejemplo, los equipamientos defectuosos con los que (a causa de esa corrupción) se ha dotado a un hospital, en lugar de los más eficaces que el hospital habría tenido gracias a unas concesiones correctas. Detrás de ese crimen hay enfermos peor curados, individuos concretos que sufren. Los antiguos, que habían comprendido casi todo, sabían que puede existir poesía en el acto de legislar, no por casualidad muchos mitos dicen que los poetas fueron, también, los primeros legisladores”.
Ciertamente es demasiado pedir poesía a los legisladores. Tampoco cabe reclamarles apostolado. En cambio, sí podemos pedirles idoneidad, honestidad en sus actos (en política, decía Ortega, “sólo son honestos los actos concretos”) y un auténtico sentido del compromiso.
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Politólogo
ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina
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