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Taiwán y la relación chino-americana

Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
jueves 18 de febrero de 2010, 20:29h
La prensa suele referirse a Taiwán como “considerado por China una provincia rebelde”. Esta caracterización contribuye a la ambigüedad que envuelve la cuestión de Taiwán. Lo cierto es que la aplastante mayoría de la comunidad internacional admite que Taiwán es parte de la República Popular China, llámesela “provincia” o de otro modo. Esta es la posición de Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia o Japón. Si en 1971 eran 62 estados los que reconocían a Taiwán, y no a la República Popular y en 2000 eran 31, hoy son sólo 23. Con la excepción de la Santa Sede, son países de escaso peso internacional, como Guatemala, Panamá, Haití, Suazilandia o las Islas Salomón. Taiwán les agradece con largueza su apoyo.

La clave de la cuestión de Taiwán son las relaciones de Estados Unidos con la isla y con la República Popular, producto de la historia. Incorporada a China por los Qing a fines del siglo XVII, Taiwán pasó a pertenecer al Japón por el Tratado de Shimonosheki, en 1895, tras la guerra chino-japonesa. Los Aliados en la conferencia de El Cairo, en 1943, lo devolvieron a China, entonces gobernada por Chang Kai Chek. Al perder la guerra civil que lo enfrentaba a los comunistas, Chang se refugió en Taiwán, sin que a nadie se le ocurriera decir que ocupaba un país extranjero. Es como si el gobierno republicano español, en 1939, hubiese conseguido hacerse fuerte en Mallorca o en Canarias.

Estados Unidos, y con ellos la mayor parte de los países occidentales, siguieron reconociendo a la República China, nombre oficial de Taiwán, como gobierno legal de toda China, ignorando a la República Popular, durante dos décadas. A principios de los setenta la común percepción del peligro soviético condujo al entendimiento entre Estados Unidos y China, lo que revolucionó, de golpe, al mapa geoestratégico.

Cuando Mao recibió a Nixon en Pekín, en 1972, dejó claro que la situación internacional, o sea la contención de Rusia, era lo principal, y Taiwán lo secundario. “Podemos esperar 100 años”, dijo Mao, y la cuestión quedó aparcada. El comunicado de Shanghai, que cerró la visita de Nixon, se limitó a recoger las divergentes opiniones de las partes. Pekín consideraba a Taiwán parte de China, y su “liberación” era una cuestión interna. Estados Unidos, reconocieron que todos los chinos de ambos lados del estrecho de Taiwán mantiene que hay una sola China y que Taiwán es parte de China, y manifestaron su interés en una solución pacífica.

Otros dos comunicados y la Ley de Relaciones con Taiwán adoptada por el Congreso norteamericano completan el marco jurídico-político iniciado con el comunicado de Shanghai.

En el comunicado conjunto de 1979, por el que se establecieron relaciones diplomáticas, Estados Unidos reconocen que hay una sola China y Taiwán es parte de China. El mismo año se adoptó la Ley de Relaciones con Taiwán, por la que Estados Unidos se comprometen a facilitarle las armas necesarias para asegurar su autodefensa. La Ley no exige que Estados Unidos intervengan militarmente si la República Popular atacara a Taiwán, pero tampoco excluye la posibilidad. Es la política de “ambigüedad estratégica”.

Como se ve, la situación, producto de la historia, es sumamente compleja y ambigua. Taiwán es un caso único de gobierno no legalmente reconocido que recibe ayuda militar para que se pueda defender del país al que se reconoce pertenece.

¿Qué nos puede deparar el futuro? A medio plazo, continuará la situación actual: ni independencia, ni reunificación (o independencia de facto). La reunificación pacífica se ve facilitada por el gran estrechamiento de los lazos económicos entre la isla y el continente, pero, hoy por hoy, Taiwán no acepta el modelo de Hong Kong, “un país, dos sistemas”, como base para la reunificación. Si China abriera su sistema político la actitud de Taiwán podría cambiar. En el supuesto de que Taiwán diera pasos decididos hacia la independencia formal, China estaría obligada a usar la fuerza, en virtud de la ley adoptada en 2005. Es muy improbable que Taiwán haga locuras. China se niega a renunciar al uso de la fuerza para la recuperación de su integridad territorial y ha dicho que su paciencia no será eterna, pero no ha fijado fecha alguna.

A medida que crece el poder de China disminuye su paciencia, pero, a medio plazo, es muy improbable que decida usar la fuerza. Su prioridad estratégica es el desarrollo económico y un ataque a Taiwán lo comprometería, a parte de la posible reacción militar americana. Según las proyecciones, a mediados de siglo la economía china será mayor que la americana. Ello comportará mayores capacidades tecnológicas y militares. Es decir, el tiempo juega a favor de China. Es de esperar que en las próximas décadas se encuentre una solución satisfactoria para todas las partes. De no ser así, la principal relación bilateral del mundo tendría una pesada rémora.

Eugenio Bregolat

Ex-embajador de España en China y Rusia

Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.

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