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Cochambre

Rafael Núñez Florencio
jueves 18 de febrero de 2010, 20:46h
En el lenguaje político al uso, los términos de ciudadano o ciudadanía tienen una importancia incuestionable, no sólo por lo más elemental, la frecuencia con la que los usamos sino, sobre todo, por el carácter de dignidad o respetabilidad que les conferimos. No en vano la noción de ciudadano desplaza y sustituye al “súbdito” del Ancien Régime como ser libre, sujeto de derechos y obligaciones, y el propio concepto de ciudadanía conduce al civismo, actitud responsable y comportamiento de respeto hacia los demás. Ciudadano o ciudadanía vienen de ciudad, y no es casual que ésta sea la matriz de las derivaciones que acabo de consignar y del significado teórico que le atribuimos: ciudad y civilización no llegaban a confundirse pero sí a vincularse casi inextricablemente, hasta el punto de que durante siglos no se entendía el impulso civilizador si no era mediante la fundación de núcleos urbanos que posibilitaran la educación, la convivencia pacífica, el respeto a la ley y la actividad cultural.

Con todos sus defectos, errores y excesos, la colonización europea de lejanos territorios o, para hablar de lo más próximo, la conquista española del Nuevo Continente, es indisociable de esa tendencia a fundar ciudades. Hoy en día el turista español que visita el viejo San Juan en Puerto Rico, Cuzco o Buenos Aires, por citar tres casos emblemáticos separados por miles de kilómetros, no puede por menos que sentirse como en casa y reconocerse en una tradición y una historia comunes. A comienzos del siglo XX, uno de los más importantes regeneracionistas, Rafael Altamira, escribía una Historia de España y de la civilización española que influirá poderosamente en otros historiadores posteriores, en especial José María Jover, autor a su vez de otro libro que recoge y aplica ese mismo concepto (La civilización española a mediados del siglo XIX) y en el que destaca precisamente el proceso de urbanización que se vive en esa época en nuestro país como factor esencial para el surgimiento y desarrollo de una cultura política moderna.

Permítanme ahora el cambio de registro desde la cita profesional a la experiencia personal. Me gusta andar tranquilamente -pasear, vagar, casi perderme- por las calles y callejas, plazas, recodos y rincones de las ciudades europeas. Hablo de ciudades grandes y pequeñas, reconocidas o relegadas, de centros históricos y avenidas comerciales, atravesando vías de nervioso tráfico o solazándome en tranquilas islas peatonales, visitando pequeños museos, entrando en iglesias ignotas o haciendo un alto en algún viejo café. Creo, modestamente, que no son pocas las urbes y naciones que podría mencionar a este respecto. Naturalmente, muchas de ellas me han causado cierta decepción o, simplemente, no respondían a mis expectativas. Pero, entre ellas, mi ciudad adoptiva, Madrid, me deja una y otra vez una desazón particular. Quizás simplemente por sentirla próxima, me cuesta trabajo transigir con su incuria, su acritud, su cochambre, su ruido, su zafiedad. Ya sé que en todas partes cuecen habas y que tomado de uno en uno, cualquier aspecto canalla que pueda mencionar tiene algún equivalente en otras latitudes. No pretendo sugerir -ni creo- que ésta sea una ciudad infausta. Tan sólo sostengo que la capital de España es hoy en día también el escaparate de muchos de los males que aquejan al país.

Frente a la evolución paulatina de nuestros vecinos europeos, nosotros hemos pasado en un puñado de años de un régimen pacato a una democracia posmoderna, de la censura oficial al “todo vale”. Pese a lo que suele decirse y pensarse, esa permisividad no es progresista sino todo lo contrario, porque desemboca por un lado en la indiferencia moral y la ausencia de responsabilidad y, por otro, como no podía ser menos, en el abuso del más fuerte: en cualquiera de los casos, el resultado es siempre la insolidaridad y la injusticia. El tejido urbano es un excelente muestrario de esa situación: ¿por qué no van a estar las prostitutas en medio de la calle, en pleno centro de la ciudad, como cualquier otro trabajador que ofrece su mercancía? ¿Por qué no van a poder los graffiteros adornar cualquier puerta, escaparate o porción de pared con sus firmas, mensajes o monigotes? ¿Acaso no tienen derecho a ello? ¿Quién va a ser el dictador (fascista, of course) que se lo impida? ¿Quien va a privarles de su libertad artística o, simplemente, su libertad a secas, para hacer lo que consideren conveniente en un espacio urbano que es de todos, y claro, también de ellos?

Es obvio que no tengo nada contra prostitutas y graffiteros y los he citado sólo como dos colectivos cuya presencia es notoria en torno a la Puerta del Sol y calles adyacentes. Pero en realidad no estoy hablando de sectores concretos, sino de todos sin excepción. ¿Quien no ha visto a conciudadanos aliviando su vejiga contra la primera esquina que ha considerado propicia? Antes eran jóvenes de farra, en lugares más bien recónditos y en horario nocturno. Desde hace tiempo he visto que la tendencia se ha democratizado a tal grado que ahora lo hacen jóvenes y mayores, de juerga o aburridos, a cualquier hora del día y sin importarles mucho -ni poco- la presencia de otras personas alrededor. ¿Es de carcas señalar esto? Afortunadamente, he visto en los últimos tiempos que ilustres escritores con impecable pedigrí progresista, como Javier Marías o Muñoz Molina, parecen haber llegado también a la saturación y se han atrevido a romper la silente pero implacable dictadura de lo políticamente correcto.

¿Incidentes nimios, peccata minuta? Quizás sí, si todo quedara reducido a eso. Si no sumáramos los colchones, sillas, muebles y trastos viejos que se dejan arrumbados en tantas callejas del centro, sin más ni más, porque estorban en casa: ¡total, para eso está la vía pública! Si no añadiéramos el paisaje después de la batalla festiva de los botellones, con plásticos, todo tipo de envases, restos orgánicos y vidrios rotos. Si no contásemos la sistemática falta de civismo y ausencia de respeto a los demás materializados en cientos de pequeños actos cotidianos.

Y es que el progreso, podríamos decir con sorna, ya no es lo que era. Al contrario, frente a aquel lejano e ingenuo positivismo decimonónico que hablaba con veneración del progreso, podríamos decir hoy que el progreso es la cochambre, lo cutre, lo roñoso, lo mugriento. El paisaje urbano, a nivel físico, humano y hasta estético, se ha convertido en una exposición de lo peor de nosotros mismos. Lo que se exhibe hoy en este espacio urbano no el goce sensitivo, el avance técnico, el fruto de la tolerancia o el disfrute de la libertad sino la grosería, el desdén, el abuso y la arbitrariedad. Como en aquellos tiempos del “¡agua va!”, cada cual va a lo suyo, sin mirar y sin miramientos. Hay que andar sin apartar la mirada del suelo, para sortear deposiciones caninas y restos diversos, sólidos y líquidos. Las cabinas telefónicas tienen el aparato arrancado o no funcionan. Procure no sentarse en un banco público, porque estará pringoso u otra cosa peor. En general, el mobiliario urbano está pintarrajeado, deteriorado o simplemente destrozado. No ya sólo el parque, sino la más pequeña zona verde, se halla sembrada de jeringuillas y preservativos. Cualquier plazuela recoleta huele a orines o conserva los restos de la última vomitona.

Bueno, no quisiera aparecer apocalíptico sino más bien costumbrista: esto es lo que hay. Dense una vuelta, no ya por Madrid, sino por cualquier tranquila ciudad de provincias un domingo a primeras horas de la mañana.
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