Réplica de una paisajista furiosa
jueves 18 de febrero de 2010, 21:24h
A Renata
Resulta muy difícil que un profesional acepte una crítica, y más aún tratándose de un arquitecto cuestionado por un paisajista. A un artículo mío publicado en este periódico el 30 de noviembre, en el que criticaba unas actuaciones llevadas a cabo delante del palacio de Boadilla del Monte, siguió, el 19 de enero, la contestación del interesado, el arquitecto José Ramón Duralde. A esta respuesta tengo que replicar hoy, ya que en ella se ha pasado de la crítica profesional al ataque personal.
Vayamos por partes.
1 – En primer lugar, no deja de sorprenderme la ingenua cuquería castiza, pretendidamente hábil pero en realidad torpe, con la que Duralde, apelando a la ponderación que en su opinión me falta, prorrumpe en una catarata de descalificaciones personales cuando menos indecorosas.
2 – En segundo lugar, ya que evidentemente cuestiona mi capacidad técnica para abordar este tema tanto a nivel general como en relación al sitio principesco de Boadilla, le invito a presentar un análisis del palacio y los jardines que replantee la metodología crítica con que hemos enfocado el asunto José Luis Souto y yo en el libro al que el mismo se refiere, o en el proyecto de la plaza de la Barbacana, así como en otro proyecto -éste sin realizar- de la rehabilitación del muro de la huerta.
3 – Al margen de la problemática relativa a la carretera preexistente que cruzaba la exedra y que, a todas luces, había que suprimir, nada justificaba la necesidad de una pavimentación, tan cara como enfática, de todo el espacio, siendo así que el terrizo original era perfectamente compatible con las actuales exigencias de funcionalidad. El “falso lujo y el burdo triunfalismo” que yo atribuyo a esta actuación -en cuyo rechazo me reitero- choca con una arquitectura, la del palacio, que es “espléndida” en cuanto a trazas, no en calidad de materiales constructivos. La riqueza de las grandes superficies graníticas y el exceso de diseño recuerdan inevitablemente esa rancia ideología escenográfica de los pueblos con ínfulas de ciudad: un género de obsoleta ordenación monumentalista que aquí viene acompañada -como no- por grotescos faroles “fernandinos”, ya existentes en la plaza, pero mantenidos y aumentados.
4 – Dice el arquitecto que “la incidencia del pavimento en el conjunto es relativamente poco importante y sí lo es la realidad física y espacial de la plaza recuperada”. Pero esa realidad ya existía, sin otro obstáculo para la contemplación del palacio que una caduca y enferma Gleditsia, por suerte salvada. En cuanto al pavimento, ¿cómo puede ser intrascendente el tratamiento del espacio libre, o hueco, entre arquitecturas? ¿Es un hecho irrelevante la traza creada por Miguel Angel para la plaza del Campidoglio? Hago notar además -detalle importante que olvidé mencionar en mi primer artículo- que en esta rehabilitación se ha sobreelevado la cota del suelo, con grave quebranto (para mi y para otras “muchas personas con criterio”…, Sr. Duralde) de la proporción entre entorno y edificio, y de la unidad entre palacio y fuente-depósito.
5 – En cuanto a la inclusión de la remodelación de la exedra en lo que se denomina profesionalmente “restauración de fantasía”, está claro que no se trata de una opinión subjetiva, sino de una evidencia incuestionable: el mismo arquitecto, en unas declaraciones a una revista local, afirma que “ha hecho lo que quería Ventura Rodríguez”. ¿Cabe alguna duda, sabiendo que el gran arquitecto del XVIII no ha dejado ninguna indicación al respecto, de que se ha pretendido entrar en el mismísimo proceso de creación de la obra de arte original?
6 – Autentica estupefacción me ha producido la acusación de falsificación arquitectónica o de arbitrariedad de diseño tanto en mi propuesta de restauración del jardín como en la plaza occidental del palacio. No se entiende que un profesional de la restauración como Duralde finja ignorar o que verdaderamente desconozca que en las intervenciones de este género se dan actuaciones, tanto de carácter funcional como compositivo, que exceden de la conservación histórica y vienen exigidas por imperativos de uso o de diseño (entendidos restrictivamente, no con la frivolidad con la que Duralde interpreta las exigencias funcionales de la exedra), sin perjuicio del más escrupuloso respeto de los valores culturales. Nunca he dejado de señalar precisamente la peligrosidad que implica el margen -inevitablemente subjetivo- entre la pura restauración crítica y estas intervenciones complementarias: espacio en el que he buscado siempre -como norma de mi quehacer- una relectura de la especialidad histórica desde perspectivas y métodos plenamente contemporáneos.
Como resulta claramente de mi libro, el “teatro di verzura”, ni por su concepto, ni por su forma, ni por sus elementos constitutivos, forma parte de una operación de restauración monumental. Planteado en un vacío, laguna, zona sin definir dentro de la estructura fuerte del jardín, cumple con las dos condiciones exigibles a ese género de intervenciones complementarias, pues ni puede confundirse con una restitución histórica ya que no existen preexistencias de un elemento similar, ni entra en conflicto con éstas. En definitiva: la necesidad, indicada por el Ayuntamiento hace más de diez años, de un teatro al aire libre con un aforo de unas mil personas, se resolvía con un elemento eterno dentro de la historiografía de los jardines pero prácticamente inexistente en España (lo que rubricaba el carácter de esta propuesta como un hecho nuevo, singular y ajeno a toda intervención de integración morfológica), y con una estética plenamente contemporánea a base de setos geométricos recortados. En cuanto a la fuente de la plaza occidental o de la Barbacana, se trata -por supuesto- de un añadido libre, a modo de rótula, que busca garantizar la cohesión del continuo histórico urbano a través de un elemento que, determinando una estructuración en U frente a la tapia de los jardines del palacio, neutralice el negativo impacto de unas edificaciones totalmente improcedentes.
Y para terminar, si por furia se entiende afán de rigor profesional y rechazo al lenguaje grandilocuente, estoy efectivamente furiosa.