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La lógica del debate de la crisis

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 19 de febrero de 2010, 15:37h
El debate parlamentario siempre enseña las verdades de la política del momento. Así, Mariano Rajoy hizo mejor intervención que la del presidente Zapatero. Su insistencia sobre la falta de confianza que le produce el presidente, creo que le permitió llegar a más personas que a las que comparten su ideología. Sin embargo, en la réplica, perdió lo ganado en la intervención general, a causa de que no pudo contestar con coherencia a Zapatero. El presidente le reprochó duramente que pidiese a los diputados socialistas que le destituyeran, y sin embargo, Rajoy careció del “coraje” de plantear una moción de censura contra el mismo Zapatero.

El patinazo de Rajoy no es una falta circunstancial de habilidad retórica. Se trata de algo que afecta a las “verdades” de nuestro sistema político, y por eso, siempre se pierde al ignorarlo. Rajoy no debió pedir a los diputados socialistas que echaran al presidente del Gobierno. Hay procedimientos constitucionales para hacerlo. La moción de censura es una de las posibilidades. Alentar, aunque sea retóricamente, una especie de subversión parlamentaria, no es sensato, no es leal con el sistema constitucional, y además, no es realista.

En lugar de suscitar una oscura maniobra con los escaños rivales, sin ningún contenido de ideas, lo sano y lo elevado es suscitar los debates necesarios para que los ciudadanos valoren las razones de unos y de los otros. Por eso la moción de censura es valiosa: obliga al que censura a señalar los motivos de reprobación, y también, el programa alternativo con el que gobernará. Felipe González contra Suárez, y Antonio Hernández Mancha contra González, la utilizaron, y aunque los dos no podían ganarla, sí permitió que la sociedad comprendiera los diversos proyectos en juego.

De manera que el debate se proyectará hacia el futuro. El presidente Zapatero ha realizado una propuesta que puede cambiar la orientación política de su Gobierno. La Comisión negociadora con los grupos parlamentarios tiene una lógica que escapa al control de los proponentes. Los tres miembros gubernamentales, Elena Salgado, Miguel Sebastián y José Blanco, tienen, sobre todo, la confianza política de Zapatero. ¿Por qué no está Celestino Corbacho, el ministro de Trabajo? Las justificaciones que se han dado después, no son técnicamente sólidas. La cuestión de la confianza, o al revés, de su autonomía política, puede que explique su ausencia.

Y luego están las intenciones de los grupos parlamentarios que se van a integrar decididamente en dicha Comisión. En esto tendrá una lógica que va más allá de la voluntad del Gobierno. ¿También de la voluntad de Zapatero? La Comisión puede llegar a acuerdos con CiU y con PNV que no agraden a los socialistas de Cataluña o de Euskadi, o que les haga perder importancia en sus respectivas autonomías. ¿La Comisión es otro extraño mecanismo para hacer cosas que un Senado inoperante no puede realizar hoy? Las consecuencias son las mismas desde hace tiempo: los partidos ahogan las instituciones regionales, perjudicando a las formaciones no nacionalistas.

¿Y si esa Comisión llega a acuerdos que no son compartidos por los sindicatos? La ausencia del ministro Celestino Corbacho podría estar en esa clave. ¿Y si la confrontación con los sindicatos llegara a los extremos conocidos de otras épocas? ¿Seguiría Rajoy sin comprometerse, o incluso, como hizo Fraga en 1988, apoyando sutilmente a los huelguistas contra la política económica del Gobierno? Entonces el Gobierno de Zapatero recuperaría necesariamente la iniciativa, y al mismo tiempo, la centralidad política.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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