Leandro deja aromas en Vistalegre
domingo 21 de febrero de 2010, 19:14h
Toros de Luis Algarra, con bondad, clase —sobre todo 3º, 4º y 6º— y fuerza justa para El Cordobés, Rivera Órdoñez y Leandro. Feria de Invierno de Vistalegre. Madrid, 20 de febrero.
Semivacía. Oscura. Verdosa. A La Chata, a la popular placita de los toros de Carabanchel, a donde se proponían ir en agosto La Casta y La Susana verbeneras, se la ha convertido en palacio. Y, claro, estaba desolada. ¿O era el cartel? ¿O las dos cosas? Del techo cuelga un infernal cubo metálico y en la gran pantalla que ocupa sus cuatro caras se iluminan los nombres de toros, toreros y cuadrillas sobre un fondo rojizo, amarillento, que ensombrece aún más la tarde. Tan triste estaba todo, que daban ganas de aplaudir sin derrotero, por si al son de las palmas aparecía el alma oculta de las cosas. Mientras, ya el primer toro fuera, El Cordobés oficiaba sin gracia ni alegría, ayuno de pasión y de efectos especiales, con la música atenuada por el aire enlatado de la plaza. Fue eficaz hasta matando y sonreía a los breves pañuelos con el mismo oficio, con la misma eficacia. Pero la eficacia en los toros… siempre es disculpa de lo que no hubo. Así que en el 4º agitó la bandera de capote y muleta y buscó efectos en toro que prometía codicias alargando el cuello. Rodillazos y oles, adornos y fiesta. La peña ya habitaba de voces sandungueras Vistalegre y el toro corría tras la tela que no le daba el trato que le correspondía. ¿Quién recordará a ese toro? Nadie. Al Cordobés —que saltaba y croaba— tampoco.
Rivera en el 2º quería reposarse en el capote. A punto estuvo. Tampoco lo hizo en banderillas, donde ensayó unos pasos de polka, y cuando en la muleta la banda tocó Chiclanera, por si era su capricho continuar la danza, ni el toro —que se echó— ni el torero —que levantó una mano— quisieron baile. Continuó el pasodoble silbando en unos labios, bajo un bigote hirsuto, en la prisión de arena plástica del palacio. Nadie pudo ver nada en su segundo. Tal vez algún aficionado avispadísimo. O una joven de entrega generosa. Porque hubo algunas palmas.
Leandro —pies juntos, largando suave la tela— avisó en el primer lance. Luego soltó las piernas y a compás abierto meció el capote. Otra cosa. Bien se dobla (vuelca al toro noble), bien desplanta, bien lo templa en la diestra. Mira y pasea. Lo lleva largo, le da aire y le encaja un natural lento, hacia dentro, tras corretear tres veces por la cara. El toro vale. Un farol le enciende la sonrisa; se aflamenca, se gusta y remata con trincheras carteleras antes de la estocada. Leandro es torero, y tras pasear la oreja por las rayas, pide la puerta grande. Y pudo ser, porque el 6º era toro con clase. Y aunque el capote salió sabroso, dejaba más aroma que recuerdo. Y el aroma iba impregnando la muleta —por alto, por bajo— con gusto y cadencia, aire y empaque. Sabor en el mentón, en la cintura, en los tobillos, en la muñeca. Toreo plástico y oliveño, como la seda verde —toreo sedoso— del vestido de Leandro. Pero no hubo recuerdo, porque se distrajeron toro y torero y apenas lo pudo adormecer con un abaniqueo. Ganó en Leandro la pinturería a la hondura, porque su sangre es joven y chirrió una puerta. Porque se hacía ya tarde. Porque estaba la noche rodeando a la tarde en el palacio atorado de Vistalegre. Y las caras se volvían de plástico verde.