[i]Y Aznar llegó a presidente[/i]
Miguel Ángel Rodríguez retrata a Aznar como político y como persona
lunes 22 de febrero de 2010, 20:18h
Y Aznar llegó a presidente (La Esfera de los Libros) es el retrato "en tres dimensiones" de "un español consagrado a su país" que propició "un contexto político irrepetible". Miguel Ángel Rodríguez, secretario de Estado de Comunicación y portavoz del Gobierno entre 1996 y 1998 habla de un líder "parco en palabras y en cariños", de "labio leporino" y siempre "valiente". Es el relato de unos años vividos junto a un hombre silencioso, reflexivo que, en palabras del autor, abrochó la Transición con su victoria sobre el socialismo de Felipe González
A continuación, les facilitamos algunos extractos de Y Aznar llegó a presidente. Retrato en tres dimensiones (La Esfera de los Libros):
¿Cómo pudo ser que un hombre parco en palabras y en cariños, nada dispuesto al elogio amable, impaciente para el trabajo, enemigo de las fiestas, callado, adusto al encajar opinión adversa, y que cenaba sólo con su esposa, consiguiera poner en orden a los españoles, les modernizara el país con reformas que parecían imposibles, e hiciera de la derecha carca y anticuada un partido liberal moderno, apaciguado y ganador?
El que los españoles amaran a ese fenómeno –porque llegaron a amarlo- y después lo refutaran –porque muchos han llegado a aborrecerlo- tiene sentido, pues no se le ocurrió morir después de aquel empeño. Y en España sólo se habla bien de los muertos.
Pero ¿cómo pudo llegar tan arriba un español obsesionado por el trabajo y enemigo del cotilleo, un español atípico, que nunca supo tararear una jota o una sevillana, que contaba los chistes para llorar, y que la expresión “ir a tomar una copa”, por la noche, la traducía en pedirse un té con limón y sin azúcar?
Pues ocurrió.
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Tuve la suerte de conocer al personaje tan pronto que incluso, siendo ya presidente de la Junta de Castilla y León, podíamos salir como amigotes cuando él todavía se pedía un sándwich mixto con Coca-Cola en vez de huevos fritos con chorizo y Vega Sicilia; dormí con él en la misma habitación de un hotel cuando no le daban cobijo sin reserva adelantada; cansinamente vimos España desde la ventanilla de un coche antes de adivinarla bajo las nubes desde un avión privado; me senté a cenar a su mesa en restaurantes de carretera antes de saber que en el Palacio de La Moncloa había camareros veinticuatro horas… Y le vi emocionarse hasta llorar antes de que nadie imaginara que podía hacerlo.
Sí: viví muy cerca.
Años más tarde, fue el presidente. Todos nos enorgullecimos tanto como si lo hubiéramos sido en vez de él.
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José María Aznar ha llegado a ser la única voz con verdadera auctoritas en el partido. Más que nadie. Más que nunca.
Tuvo todo el control.
Quizás abusó de ello.
Bueno: sin duda atropelló al Partido Popular cuando nombró a su sucesor a través del Telediario de la primera cadena, sin consultarlo con nadie. Obtuvo el razonable justiprecio: el sucesor decidió asesinarlo ocho meses después. Y eso que el tipo valía lo que valía.
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Con paciencia, prudencia y perseverancia ganó la guerra contra sus críticos en el partido; contra los medios de comunicación que hablaban de su falta de carisma; contra el mismísimo y deslumbrante Mario Conde; y contra los banqueros.
Renovó el centro-derecha español, fue admirado por el centro-derecha europeo e internacional, y dio una lección democrática a un Felipe González que siempre le despreció y a un PSOE que nunca le dio respiro.
La izquierdona no sabe perder.
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Hay gente que tiene el alma que huele como una raspa de merluza hervida.
A ésos, los cazo a distancia.
Tuve algunos años de aprendizaje para captar a ese tipo de gente mala: desde que Aznar se sentó en la séptima planta de callegénovatrece hasta que ETA casi le asesina y ningún miembro del Gobierno fue capaz de hacerle una visita al hospital.
Sí: hay gente mala.
Puede parecer duro comenzar así a narrar cómo fueron los años (1989-1993) más esperanzados y desesperanzados de José María Aznar al frente de un Partido Popular que tardó algún tiempo en creerse que podía ganar al PSOE, envuelto en una sociedad que no tenía ninguna gana de que Felipe González fuera derrotado en las urnas.
Pero no encuentro otras palabras.
Visto hoy, parece que fue fácil, que Aznar tenía todas las de ganar y que era inevitable que sustituyera al hegemónico socialismo.
No, mi vida.