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El 28 F, entre tristeza y esperanza

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 26 de febrero de 2010, 18:37h
La noria del tiempo trae en estos días la celebración oficial de la festividad laica de Andalucía en liturgia repetida anualmente, a compás de sus respectivas conmemoraciones, en las restantes 16 Comunidades Autónomas que configuran hodierno el mapa de España. En todas las que cuentan con un movimiento regionalista vigoroso –v. gr., Cantabria- o de tendencia más o menos soberanista –Catalunya, Euskadi, Galicia- el ideario y vivencia de dicha festividad movilizan a unos sectores sociales representados más o menos ampliamente, pero siempre en medida muy considerable en los Parlamentos y Ayuntamientos autonómicos e, incluso, en ciertos casos, en el mismo gobierno de la Comunidad.

Sabido es, empero, que la excepción más sobresaliente de este cuadro la constituye la región española más extensa y poblada. En el presente año de 2010 el denominado “Día de Andalucía” se escenificará en un territorio de cuyas instituciones democráticamente más genuinas y esenciales se encuentra ausente la fuerza política acogida bajo la bandera de su eufónico nombre y, sedicentemente, de su identidad más profunda. Extraña, en verdad, paradoja. Para asombro de extranjeros, cualquier manifestación de la vida hispana abunda en ellas; pero la aquí y ahora mencionada sobrepasa con creces el tamaño medio de las expresiones de tal fenómeno. En ninguna de sus variadas plasmaciones partidarias –todas ellas con el nexo de atribuirse la legitimidad del movimiento andalucista-, el Parlamento autonómico se enriquece con la presencia de algún seguidor –o seguidora…- de la doctrina de Blas Infante. No es distinto el panorama ofrecido por la vida municipal. Sólo dos Corporaciones locales de más de 50.000 habitantes se hallan regidas a la fecha por ediles de una obediencia política delicuescente, a la husma de un credo mínimamente estable, apto para aglutinar con cierta coherencia y duración un núcleo básico de poder y actuación. Pues, para mayor pesadumbre, el despliegue municipal del andalucismo, un día roborante y aún estimable no ha mucho, se encuentra inmerso, en el arranque del 2010, en un proceso de acelerada decrepitud, según relata cotidianamente la prensa.

Por muchos yerros que contabilice el haber de los volatineros líderes del ideario blasinfantiano -y, ciertamente, la lista no resultará menguada-, a nadie al sur de Despeñaperros podrá causar contento su presente situación. La dinámica política, el ritmo cultural y la vitalidad social de la comunidad bética se tonificarían en alto grado con la existencia de un movimiento político de signo regional, pragmático y gradualista, con escasos y bien definidos objetivos. En el solar de mayor latido universalista de la antigua Iberia y en el que, por ende, la conjugación del sentimiento telúrico y patrio no ha ofrecido ni ofrece la menor dificultad, una fuerza que atendiese con especial atención pero sin tentación alguna patrimonialista las necesidades e intereses específicos –muy pocos, por lo demás- del ancho territorio de Andalucía prestaría, sin duda, señalados servicios a su cuerpo social y al del país entero. Un punto envidiablemente quizás en algunos trances para los dos grandes partidos nacionales, la mayor riqueza del tornasolado andalucismo de la España democrática radicó indeficientemente en sus militantes de a pie.

Tras la oscura cadena conformada por los ostensibles fracasos de los “esencialismos”, dogmatismos y exclusiones, semeja haber llegado el momento del realismo, que siempre suma. El fermento más importante para una madura cochura no hay que ir buscarlo demasiado lejos. Una porción del buen pueblo andaluz quizá no muy importante en cuanto a cifras, pero sí respecto al ánimo y disposición sigue a la espera de una nueva y, ojalá, definitiva convocatoria en pro, como quería Infante, de “Andalucía, España y la Humanidad”…
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