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Tras la tormenta, la calma perfecta

José Suárez-Inclán
martes 02 de marzo de 2010, 17:11h
Se habla de tormenta en las gradas sin aire de Vistalegre, sobre el albero inmóvil que mira perplejo el ritmo clásico de Manolo Vázquez en el blancoynegro de las pantallas cúbicas que se suspenden, amenazantes, desde el techo. Se habla de tormenta, pero lo cierto es que en los aledaños del “palacio” sopla una brisa cálida que ha secado la lluvia del asfalto. Parece que el huracán se anuncia para mitad de corrida. En realidad no es fácil adivinar de qué tormenta hablan los aficionados, a qué tormenta esperan, qué ciclón arrasará la tarde.

Apareció El Juli con un capote lento, un reposo de maestro que había de revolver la calma de la tarde. Ciñe la chicuelina, echa el capote al suelo en la media, larga la larga al aire… En un ladrillo recibe por arriba, por abajo, lava la cara al toro como quien lava ropa, hasta que en la trinchera entierra pitones. En los medios le ofrecía pases en bandeja, pero el toro, pastueño, no ardía, y la plaza no ardió. Ovacionó. Hubo un cambio de mano superior, con desliz de cisne, y una estocada caída y fulminante. Y una oreja. Pero en el 4º, al que subía la tela con habilidad para que no cayese, iba a destapar la caja de los truenos. Porque, aunque el toro se llenó las rodillas de tierra, atendía al toque y metía la cabeza en la muleta roja que Julián corría con garbo por el centro del platillo. Su pertinaz dominio convenció al respetable que, en la tercera serie, estalló en un clamor: también el buen oficio, el poder de la cabeza, despierta la pasión. Enterró la espada como una leyenda y paseó las dos orejas.

Tras esta tormenta llegó la calma, la calma perfecta de Manzanares, que se había mostrado firme con su primero, un colorao al que se protestó porque torcía una pezuña y que derribó a Chocolate, el picador, como si fuese ingrávido. Aunque lo parearon bien, quería las tablas y cabeceaba protestando; escarbaba, mugía, embestía a brincos y, aun así, el diestro saco un derechazo y una trinchera y contuvo la rabia que estalló en un espadazo entero y delantero. Pero salió Saltalindes, el 5º, un zaíno hecho y serio, con trapío, de los que embisten, como pudo verse en la gran vara de Barroso. Olía a faena grande. Manzanares brindó y se clavó en la arena, girando lento, toreando a compás a cuerpo entero, embebido en el paso procesional de la tela, gozando los derechazos en el clamor cerrado del cielo de la antigua “Chata”. También al natural componía como un clásico: justo, praxitélico, áureo y azul, con el toro cantando en la muleta. Faena de vuelo y música, de claro misterio. Calma perfecta tras la tormenta en el toreo. Salía aún al galope el toro en la quinta serie y rompía las gargantas la cadencia de la tela. Ya en las rayas, el torero se arqueaba emocionado y el toro lo seguía —bondad extenuada— escuchando su respiración. Lo mató como se merecía: sin que le diera tiempo a darse cuenta.

No había tenido suerte Perera en su primero, y aunque se dobló y buscó calma en el capote, tardó luego en encajar las ansias con el toro y la habilidad malabar de la muñeca —hipnótica para las distracciones— careció de aire y ritmo. En el 6º desplegó su artillería y atropelló con faroles y gaoneras a un animal que buscaba otras palabras. Alternó cambiados por la espalda con banderazos para recibirle en la boca de riego con la muleta, gritó la plaza, sonó “Manolete” y se derramaron derechazos sobre el toro que desaparecía obediente y codicioso en la franela. Tanto obedecía que Perera contravino las leyes del tiempo y le traicionó la efervescencia. Gran toro al que —tarde— pincha y mata. Una oreja.

Toros de Domingo Hernández (1 ov., 2 ap. y 6 ov.) y Garcigrande (3, 4 ap. y 5 ov.) nobles, con fijeza —notables el 5º y el 6º— para EL Juli (3 orejas) Manzanares (2 orejas) y Perera (1 oreja). Los dos primeros salieron en hombros por la Puerta Grande.
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