Morante y el origen del universo
viernes 05 de marzo de 2010, 15:59h
Comprendo que el presidente se precipitara emocionado y atropellara los dos pañuelos, urgentes sobre la barandilla del palco, visto y no visto, como en un juego de magia. Porque Morante había resucitado de nuevo la magia del toreo y el presidente, como todos (como casi todos) estaba contagiado. Contagiado por un instinto antiguo, inexplicable; el instinto pensante de los hombres.“El toreo es instinto” —me decía Rafael de Paula con su voz pausada, zozobrante, con la mirada negra, instintiva y pensativa. Toreo, impulso iluminado, arte inteligente. Pero siempre instinto. Instinto, intuición, pensamiento: inteligencia. “Pensamiento ardido” —palabras de Machado, de Valente, para esclarecer el misterio de la poesía. ¿Y el del toreo? El pensamiento ardido de la muleta de Morante junto al toro. En Carabanchel.
Las grandes reflexiones, los hallazgos de pensamiento de la humanidad, son siempre instinto, una intuición que nace de las profundidades; la filosofía fue mitología; el derecho, las leyes: dignidad, respeto, necesidad de afecto. No hay pensamiento sin instinto, sin autenticidad, si no, es pura especulación intelectual. No hay toreo profundo sin instinto; el resto, por dominador que sea, son puros, asombrosos alardes de juego y oficio. Mi amigo Andrés Cassinello, metido en los extraños vericuetos de la física cuántica y de partículas, me hablaba un día de “cierta perplejidad” entre los estudiosos de la física avanzada al no poder seguir adelante con sus explicaciones (pongamos en el origen y desarrollo del universo) a partir de un punto: el punto ancestral de las intuiciones instintivas de los hombres. Esto lo saben, lo resuelven —también con sus problemas— algunos toreros.
El domingo 28 de febrero José Antonio Morante de la Puebla entrevió en algún momento el origen del universo. Y, claro, el presidente —quizás aficionado a la física cuántica y de partículas— se emocionó y atropelló los dos pañuelos: como esos quarks que se precipitan y parecen estar en dos sitios a la vez. Si los físicos no son capaces de explicar esto, ¿cómo voy yo a explicar el toreo de Morante?
Puedo decir, eso sí, que en quinto día de la Feria de Invierno la plaza de Carabanchel —El Palacio de Vistalegre— ya olía un poco a campo. O a estiércol, que es el olor del campo en las corridas de toros. Y que la afición pidió con palmas que Morante saliese a saludar tras el paseo porque aún estaban temblorosos por unas verónicas que dejó flotando en el aire de mayo madrileño. Y que en su primer toro se gustó en dos verónicas con el capote y enjundió la franela —la rodilla flexionada en doblones bajos— y remató con una trincherilla cromática. Pero el Cuvillo anovillado se caía y no atendía a la natural compostura del torero. Y Salió el cuarto.
Poco o nada había pasado en los primeros tercios, pero en la muleta Morante lo recibió con una calma solemne, acorde al campo del último día de febrero: primero por alto, luego desmayando por bajo y desde allí, imperceptiblemente, franqueó el tercio y le bailó naturales de belleza lenta, un kikirikí con magia y un redondo profundo como un sueño. Se adornaba con aires tenues, llamando a la primavera, y lo despidió con un molinete extraño, perdido en el giro de su pensamiento. Lo cuadró con medios pases, semidoblado, y lo mató con cariño, sin esfuerzo aparente, con un respeto melancólico que dejó la espada un poco atravesada en lo alto. Y el presidente tuvo también el instinto de precipitar los dos pañuelos, uno sobre el otro. La gente se preguntaba si habían sido una o dos orejas. Pero no importaba. Morante las dejó a un lado y, muy despacio, comenzó a dar la vuelta al universo.