crítica
De otro mundo y de cuando un filósofo deja de serlo
sábado 06 de marzo de 2010, 19:54h
Enmanuel Faye: Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía. En torno a los seminarios inéditos de 1933-1935. Traducción de Óscar Moro Abadía. Akal. Madrid, 2009. 576 páginas. 39 €
El escenario al que nos traslada el relato de Emanuel Faye sobre la obra de Heidegger, a lo largo de los años del nazismo sobre todo, nos lleva a otro mundo difícilmente concebible en la urbanidad y la corrección del que nos encontramos actualmente sumidos en Europa. Pero aun cuando resulte parcial en algunos extremos, es un relato que se debe tener en cuenta. No estamos hoy tan lejos del nazismo o del comunismo a pesar de que nos puedan parecer tan lejanos como la Edad Media. Son permanentes posibilidades tanto el grado de la tiranía que se ejerció sobre el ciudadano como la manera de utilizar el pensamiento como el contexto intelectual y cultural donde las mayores fechorías encuentran sentido. Fue otro mundo pero aún está por ver cómo evoluciona éste y desde luego la posibilidad de enajenar el pensamiento –ajeno e incluso el propio– constituye una constante tentación.
Para el profesional de la filosofía que firma esta reseña, hay una cierta renuencia a juzgar por sus proclividades políticas a quien por Ser y Tiempo constituye unos de los grandes de la filosofía del siglo pasado. En cambio, la intención de Faye y aquello que implica una radicalidad mayor que la obra conocida de Farias, Heidegger y el nazismo, es la demolición de la imagen del filósofo propiamente dicha. Después del libro de Faye es imposible pensar que la relación del rector de Friburgo con Hitler y el nacionalsocialismo se reduce a una veleidad, además pasajera, e indiferente a su trabajo filosófico. Hay tres aspectos en los que Faye pone especial hincapié: la concepción del pueblo alemán como fundamento ontológico de la propia realidad social, la consiguiente discriminación legal de quienes no pertenecieran a la raza alemana, y finalmente la aceptación incondicional de la autoridad de Hitler y la necesidad de aplicar el principio de autoridad en todos los órdenes de la vida alemana. En lo que respecta al primer punto, Faye establece una muy importante relación con los parágrafos 27 y 74 de Ser y Tiempo. La famosa Entscheidung, decisión, del Dasein no sería propiamente una decisión tomada a título personal, sino tiene un sentido colectivo como la autoafirmación de un pueblo a través del Estado que emana de él. Se trata de un tema que va adquiriendo consistencia a través de la obra posterior de Heidegger hasta culminar en el curso sobre Hegel del año 1934.
Desde luego lleva la razón Faye, además en dos puntos adicionales. No se trata de temas periféricos, hasta el punto de que la correcta comprensión historiográfica de la figura de Heidegger requiere contar con este componente político, que Faye resalta. Desde el punto de vista historiográfico, es importante tener en cuenta que con mayor o menor fortuna pertenece a un grupo de pensadores nacional-socialistas que deben ser tratados como grupo afín al pensamiento nacional-socialista; las relaciones de Heidegger con Carl Schmitt, Jünger, Baeumler, Becker, Rothaker o incluso Wolf tienen interés y permiten enjuiciar con mayor precisión su obra. Era realmente otro mundo donde personas como Heidegger hubieran tenido que tener otro criterio y no contribuir más al fervor del momento. Una observación de Faye nos permite calibrar el grado de la identificación de Heidegger con el nazismo: su interés por encontrarse cercano al Führer y la posibilidad de que incluso hubiera escrito discursos para éste; incluso, Faye reseña pasajes semejantes entre el Mein Kampf de Hitler y la obra posterior de Heidegger. ¿Cómo fue posible?
A ello se añade que en determinados momentos los razonamientos de Heidegger son claramente insuficientes incurriendo en falsas interpretaciones de los clásicos o en una retórica falaz que tiene muy poca apoyatura racional. También aquí Faye es convincente. Lo que queda en pie es dirimir el valor de la figura de Heidegger teniendo esto en cuenta. Faye mantiene que Heidegger fue un mal filósofo. Filosofo sería quien aduce buenas razones y el hecho es que Heidegger propiamente no remite a una intuición, sino que su obra es una apropiación de tesis nacional-socialistas. Creo que la respuesta más ajustada soslayaría aplicar la calificación de filósofo como una norma a la que el intelectual ha de ajustarse, pues el perfil de tal norma es discutible. ¿Por qué no hemos de aceptar que la filosofía no sea como quería Rorty una conversación? Por el contrario, aun cuando podamos entender que el comportamiento de Heidegger desmerece desde el punto de vista filosófico, no podemos negar el papel que ha tenido dentro de la historia de la filosofía misma. Lo que ha contado no es aquello en que pudiera estar errado o que está insuficientemente fundamentado sino más bien lo que ofrece positivamente a varias generaciones. En este sentido, Ser y Tiempo sigue siendo un libro fundamental por su situación dentro del desarrollo de la fenomenología, mientras que la obra posterior a la Segunda Guerra Mundial, con obras como Sendas perdidas, destaca como ejercicios de hermenéutica que han tenido un gran peso dentro de la teoría de la literatura. Hay una indeterminación en sus escritos, sobre todo en los que la comunidad académica ha recibido antes de las Obras Completas –que se encuentran en curso–, que permite que el lector encuentre en él formas sin tener que comprometerse con el nazismo de su autor. Por ello, y a pesar de las grandes reservas que pueda suscitar, es un interlocutor válido como pueden serlo otros como por ejemplo, en mi caso, Rousseau. Por lo demás, hay que reconocer que en la historia de las ideas toda recepción de un autor es inevitablemente parcial.
Una palabra final dedicada a la recepción española del tema. Contamos con la edición española de este libro por Oscar Moro. Es importante por ser el libro de Faye –con los de Ott y Farias– central en esta cuestión. La versión española ha incluido una gran cantidad de textos a los que Faye sólo alude. Anteriormente destaca el trabajo de Julio Quesada, Heidegger de camino al Holocausto (Madrid, Biblioteca Nueva, 2008), que conocía la edición francesa del libro de Faye y que comenta acertadamente, glosando también otras cuestiones afines. (Por cierto: es uno de los primeros libros españoles que cuenta con un oportuno índice de conceptos que este lector agradece tanto al autor como al editor). Pero creo que una de las aportaciones más importantes que hace Julio Quesada ha sido recordar las posiciones del mentor de Heidegger, Husserl, judío y de manera directa e indirecta afectado por las obras y acción académica de su discípulo. Pues la recuperación del mundo de la vida aparece como una respuesta del fundador de la fenomenología que conserva su interés a la hora actual. No es suficiente filosóficamente abundar en lo inaceptable de las posiciones de Heidegger, sino encontrar una posición que permita tener en cuenta la pluralidad y complejidad de la experiencia que nos llega y esto se encuentra en la obra de Husserl presentado por Julio Quesada. Las ulteriores consideraciones extraídas de la lectura de la obra de Paul Valery abundan bien en esta primera alusión, que me resulta decisiva por más que Quesada sea sensible a la limitación de los planteamientos puramente filosóficos.
Por Jaime de Salas