Distintos, con perdón
lunes 08 de marzo de 2010, 15:39h
Lo políticamente correcto es decir que hombres y mujeres somos iguales. En la España de ZP hay incluso un ministerio ad hoc. Lo cierto, lo evidente, es que hombres y mujeres somos distintos en todo, salvo en derechos y deberes en que debiéramos ser iguales.
Distintos cromosómicamente, la mujer como es sabido es XX y el hombre XY. El sexo cromosómico determina el gonadal, el hormonal y el genital. Tenemos gónadas distintas, los hombres testículos y las mujeres ovarios. Somos distintos hormonalmente, aunque no hay hormonas masculinas y femeninas porque tanto hombres como mujeres tenemos las mismas hormonas, lo que varía es la proporción. Y el hecho de que en los hombres predomine la testosterona tiene unas consecuencias físicas, psicológicas y sociales enormes. Condiciona un desarrollo óseo y muscular mayor, lo que otorga mayor fuerza física, mayor agresividad y mayor tendencia al ejercicio del poder. En todas las especies de mamíferos superiores la hegemonía en la escala de poder la tienen los machos, con una sola excepción, las hienas moteadas, son aquí las hembras las que detentan el poder, pero curiosamente son ellas las que tienen tasas de testosterona más altas. Por fortuna en el ser humano también encontramos excepciones, y sin precisar tasas elevadas de testosterona porque somos capaces de escapar del condicionamiento biológico absoluto. Por eso tenemos a Margaret Thatcher y a Ángela Merkel. Y ambas sin ministerios de igualdad ni discriminaciones positivas que las empujen.
Las diferencias hormonales traen afortunadas diferencias anatómicas, como son la diferenciación de los genitales, el distinto desarrollo mamario y la distinta anatomía global. Todo esto es evidente. Lo que no todo el mundo sabe es que los cerebros de las mujeres y de los hombres también son distintos y esa diferencia la podemos constatar a nivel incluso de microscopía electrónica. El cerebro es el órgano que nos abre al mundo y que determina la interpretación que hacemos de lo que nos rodea. Es el órgano con el que pensamos y sentimos. No es extraño por lo tanto que mujeres y hombres razonemos de maneras diferentes y tengamos sensibilidades distintas.
Las conexiones interhemisféricas son más numerosas en las mujeres que en los hombres, es decir que el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo están más conectados entre sí en ellas que en ellos. Quizás eso explique que los varones utilicen más los razonamientos lógicos y las mujeres sean más intuitivas; quizás también explique que ellas puedan hacer varias cosas a la vez para asombro de ellos, incapaces por completo; o que ellos no escuchen y ellas no entiendan los mapas; quizás eso explique también el distinto papel que la afectividad juega en ambos sexos. Dicen que los hombres dan cariño a cambio de sexo y las mujeres dan sexo a cambio de cariño. Dicen en definitiva que ellas son de Venus y ellos son de Marte.
Hay gente que hace de un tema como éste una auténtica cruzada y se ponen graves y serios, y se empeñan en negar lo evidente. En un libro de reciente aparición, La paradoja sexual, Susan Pinker cuenta cómo un rector de la Universidad de Harvard se vio obligado a dimitir por exponer públicamente las conclusiones de algunos estudios psicológicos que demostraban que, aunque hombres y mujeres tienen en muchas áreas cognitivas e intelectuales los mismos rendimientos, las mujeres son más promedios y los hombres más extremos. Lo que quiere decir, por ejemplo, que si medimos la inteligencia entre mujeres y hombres encontraríamos la misma inteligencia media, pero en los extremos hallaríamos más hombres, habría más hombres que mujeres con retraso intelectual y más hombres que mujeres con superdotación.
Terminemos con un poco de humor. Que hombres y mujeres somos distintos lo demuestra el siguiente relato, que también demuestra lo misteriosos e incomprensibles que nos resultan nuestros compañeros del sexo opuesto. Se planteó la cuestión sobre el sexo que tenían los ordenadores a un grupo de mujeres y a otro de hombres. Las mujeres concluyeron que los ordenadores eran de sexo masculino y lo argumentaron con las siguientes razones: primera, para captar su atención hay que encenderlos; segunda, tienen mucha información pero poca imaginación; tercera, aunque se supone que tienen que ayudar a resolver los problemas, en muchas ocasiones “ellos” son el problema; y cuarta, cuando por fin te has decidido por un modelo, te das cuenta que tendrías otro mejor si hubieras esperado un poco. Los hombres por el contrario concluyeron que los ordenadores tenían sexo femenino por las siguientes razones: primera, porque, salvo su creador, nadie conoce su lógica interna; segunda, porque cuando los ordenadores hablan entre sí, lo hacen con un lenguaje del todo incomprensible; tercera, porque guardan en la memoria cualquier error y lo sacan posteriormente en el momento más inoportuno; y cuarta, porque cuando por fin te decides por un modelo te das cuenta que tienes que gastar la mitad del sueldo en accesorios.