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Gordon Brown y su destino

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 08 de marzo de 2010, 16:00h
La única sabiduría hasta ahora contrastada en el curso de la historia, la aportada por la experiencia de miles de generaciones, defiende que la enseñanza derivada del dolor sufrido a edad temprana es fuente inagotable de fortaleza y fecunda meditación ulterior.

De ser cierta, tal tesis o doctrina halla una ejemplificación sobresaliente en la biografía de uno de los políticos hoy de mayor presencia en los medios, el escocés y primer ministro británico Gordon Brown, quien tras una década al frente del Tesoro –la segunda cartera más importante de los gabinetes del Reino Unido- logró va para un bienio su más anhelado sueño al reemplazar en Downing Street a su compañero de filas Tony Blair. En los días de su estudiosa mocedad, el actual Premier fue víctima de un fuerte choque en su afición deportiva predilecta, el rugby, que, ante el inminente riesgo de cecidad completa, le obligó a guardar absoluto reposo durante varios meses, al término del cual consiguió al menos preservar la visión del ojo derecho. No por ello, se decantaron sus inclinaciones doctrinales y políticas por los tories sino por las de sus adversarios, llegando pronto a erigirse en un abanderado del reformismo a ultranza del Old Labour hasta liderar junto con su conmilitón, el también escocés T. Blair, el New Labour Party, presentado como el flamante e imantador banderín de enganche para las jóvenes generaciones, hastiadas y disconformes con los arcaicos métodos de la política inglesa de final del novecientos, vigentes tanto en el universo conservador como en el de la socialdemocracia de viejo cuño. Era, pues, Brown, como su camarada y coterráneo, un hombre nuevo, con pocos vínculos con la vieja guardia del Labour, barrida y desacreditada por hegemonía tatcherista, a la búsqueda acezante de mensajes innovadores y programas percutientes, con reclamo en la opinión, especialmente en los sectores juveniles.

Muy atraído ya desde la infancia por el ideario más sugestivo del socialismo británico, irrigado desbordadamente por la solidaridad con los desposeídos y entregado graníticamente a su completa, el ejemplo cotidiano de su buen padre constituyó el mejor aprendizaje, pronto enriquecido con la lectura incesante de los clásicos del pensamiento social, entre los que incluyó a su amado Adam Smith y al mismo Gramsci. Fascinado por la carrera de Historia, su formación fue tan precoz como bien arquitrabada. Pronto también sintió la tentación de la escritura, y se entregó a ella con idéntica pasión y temprana madurez, con trabajos de innegable notabilidad. Muy celoso de su intimidad e invenciblemente tímido, en extremo leal con sus amigos –a los que encadilaba en privado con su ingenio mordaz, cultura y sencillez- e implacable con sus adversarios, realizó el cursus honorum profesional y político con llamativa rapidez y con pocas concesiones a las intrigas y cabildeos. Rector a principios de la década de los setenta de una Universidad prestigiosa por aplastante mayoría sobre su cualificado rival, en la década siguiente se sentaría en la Cámara de los Comunes, con envidiable auctoritas intelectual y administrativa. En Westminster, en la hora de las grandes opciones, unió su suerte política con un Blair con el que se complementaba casi a la perfección y en el que ponderaba sus dotes de líder e incomparable comunicador, pero ante el que nunca depuso por entero la conciencia de su superioridad intelectual y rigor analítico. En la travesía del desierto antes del triunfo de un New Labour, cuyo diseño debía mucho a su autoría, dicho sentimiento le condujo a la aceptación condicional de la dirección de Blair y a una estricta delimitación de unas funciones hacendísticas que, en puridad, daban al Canciller del Tesoro el rango y el poder de un superministro.
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