11-M, in memoriam: reflexión y recuerdo
viernes 12 de marzo de 2010, 01:51h
Ayer se conmemoraba en Europa el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo, coincidiendo con aquel fatídico 11 de marzo en el que 192 personas inocentes perdieron su vida en Madrid en lo que fue el mayor atentado terrorista en la historia de España. Ese día quedo grabado a sangre y fuego en la memoria colectiva, y muchas de sus heridas no se han cerrado aún. Hubo una sentencia tras un macrojuicio, rápida y efectiva pero con más sombras que luces, y muchos son aún los interrogantes que penden sobre el estallido de aquellos trenes y la investigación que posteriormente se llevó a cabo. Muchas preguntas sin resolver, sobre todo por parte de las familias de las víctimas, quienes siguen demandando unas explicaciones que, posiblemente, nunca llegarán.
Con todo, ayer no era día de disquisiciones políticas, sino de recuerdos. Por una vez, los principales partidos supieron aparcar, aunque fuera por un momento, sus diferencias y dedicarse a lo que realmente importaba: estar junto a las víctimas. Unas víctimas a las que quizá no se les haya prestado todo el apoyo institucional y económico que merecían, una carencia que ha de solventarse cuanto antes. Porque, si bien fueron 192 las personas que murieron en aquellos trenes, el ataque iba dirigido contra toda la sociedad en su conjunto.
Todos somos objetivos potenciales de una barbarie que no conoce límites y que, de paso, muestra al mundo la verdadera cara del terrorismo islámico. La cual, dicho sea de paso, es activa y no reactiva: aquellas bombas no explosionaron “porque” España estaba en Irak, sino “para que” España saliese de Irak. No es lo mismo. En la preposición va la diferencia. La prueba: la serie de atentados, afortunadamente frustrados, después, que no antes, de que saliéramos de Irak y ya fuéramos “buenos” otra vez -de los cuales el más aparatoso fue el intento de volar el Supremo, y con él la Plaza de París en Madrid, que hubiera causado muchos cientos de muertos. Hechos que demuestran que el terrorismo totalitario no necesita pretextos: ataca cuándo, dónde y a quién puede. Lo cual se traduce en que cualquier persona, en cualquier parte del mundo, puede convertirse en blanco de aquellos cuya capacidad de raciocinio ha quedado nublada por el odio y la ignorancia. Por eso, ayer no sólo se debía honrar la memoria de los ausentes, sino dejar constancia de que su muerte no fue en vano y que hoy el mundo está alerta para que nada semejante vuelva a pasar. Para eso, entre otras cosas, se lucha en Afganistán.