Travelling sobre el Oriente musulmán
viernes 12 de marzo de 2010, 19:02h
El lector de El Imparcial (de Occidente) recordará que, con cierta periodicidad, suelo hacer en mi columna un repaso al estado de la situación en el conjunto de lo que Edward Said -y algunos orientalistas antes que Said mismo- llamó el Oriente musulmán. O sea, aquél que a partir de la península de Anatolia describe una suerte de arco de medio punto invertido cuya línea divisoria se situaría en Irán, antes de remontar su trazado terminal en dirección de la frontera indo-paquistaní. Si se da por válido el arbitrio geométrico anterior, veamos los términos principales que presentan a esta altura de los idus de marzo, los países-clave de una región determinada tanto por la religión islámica como por la geopolítica que imponen sus recursos. Detengámonos hoy en Turquía.
El triunfo electoral del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en acrónimo turco), que tuvo lugar en septiembre de 2002, ha desencadenado una tensión permanente en el seno de su sociedad.
Desde muy pronto, su sector secularizador, heredero del legado kemalista, o sea, proveniente del padre de la república (Atatürk), no ha dejado de mostrar su descontento y disposición refractaria hacia las innovaciones (¿involutivas?) del partido de inspiración religiosa -aunque moderado- que encarna a toda luz Recep Taïeb Erdogan.
Se trata de una fractura, no tan leve –a lo que parece por los indicios que se pueden recoger en los medios informativos-, pero que no tiene por qué degenerar hasta convertirse en incidencia irreparable.
El establecimiento de cuño musulmán, desde su “estación de control” nacional en Ánkara, comenzó a percibir, no sólo disconformidad con la orientación “piadosa” que Erdogan ha venido imprimiendo a la sociedad turca en los últimos siete años, sino, incluso, muestras de veleidades conspiratorias en varios miembros de la oficialidad militar, así como entre magistrados, jueces (véase el caso del procurador Ilhan Cihaner), liberales avanzados y gentes de izquierda (hoy, descontenta) leales a la Turquía secularizadora que inició Atatürk. La “trama” Ergenekon, por poner el ejemplo más señalado a día de la fecha, encarnaría para la dirección general del gobierno de Erdogan, la masa gris de una conspiración permanente adversa al resultado que arrojaron las urnas electorales de Turquía en 2002.
Nosotros, en la piel de toro (pronto habrá, a propósito, que inventarse otra piel que no sea la de los Miura) creo que no podemos permanecer ajenos al drama de conciencia por el que atraviesa la sociedad turca. La cuestión en juego sería formulable así: ¿hay, ciertamente, una voluntad de conspiración republicana contra el gobierno del país y, por ende, contra la inclinación mayoritaria del voto turco, tal y como se manifestó éste en los comicios de 2002?. ¿No habrá entrado el establecimiento musulmán “piadoso” por la vía de una paranoia robespierrista? . ¿O no será que ambos rasgos de la conciencia pública estén incubándose simultáneamente, hasta el punto de poderse hablar actualmente de la existencia de dos Turquías?.
De una parte, es comprobable en las hemerotecas que el general en jefe de las fuerzas armadas, Ilker Basbug, ha hablado en público, no hace mucho tiempo, de la evidencia de una “guerra psicológica contra el ejército”, no dándose cuenta de que la voluntad popular mayoritaria en Turquía es favorable a que se opere un traslado de la soberanía desde el ejército republicano a la sociedad civil -gobernada por el momento, eso sí, por gentes de fidelidad marcada al Islam sunní-.
No se presenta cómoda la situación interior de Turquía, como han señalado no hace mucho el semanario londinense The Economist y el cotidiano Milliyet de Estambul. Si añadiéramos aquí otros elementos de análisis, la cuestión en foco se complicaría aún más. Como, por ejemplo, es el siempre candente asunto del genocidio de los armenios que tuvo lugar en la etapa final del imperio turco-otomano, contencioso sobre el que se ha pronunciado la administración de Barack Obama. La repulsa oficial turca a la consideración americana, ha estimado doloso el genocidio de los armenios durante el transcurso de la primera guerra mundial, y constituye otra prueba de la incómoda situación interna e internacional que vive Turquía de unos años a esta parte. A horcajadas, como desde hace siglos, entre dos continentes.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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