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Toros: tertium non datur

José María Herrera
sábado 13 de marzo de 2010, 17:11h
Una amiga me ha pedido que escriba esta semana de toros. Lo voy a hacer porque soy un animal manso, pero desconfió de poder decir nada relevante: cuando un asunto divide a los hombres como si fuera un muro lo único que se puede hacer es esperar a que el muro caiga de puro viejo.

El motivo de fondo por el que ahora se está hablando tanto de toros es bien conocido y no vale la pena comentarlo. Tampoco han variado las circunstancias desde la última vez que se debatió el asunto. Partidarios y detractores persisten en sus viejos argumentos. Lo nuevo es la prohibición y sus secuelas.

Los detractores de las corridas de toros están dispuestos a acabar con la fiesta aunque ello conlleve la presumible extinción del toro bravo. Su planteamiento es claro: la muerte en la plaza no eleva al animal, pero denigra al hombre. Los partidarios piensan justo lo contrario: el combate a muerte concuerda más con la esencia salvaje del animal que la muerte programada del matadero; constituye, en consecuencia, un acto de supremo respeto.

Por el momento, mientras seamos una especie carnívora, el motivo de discrepancia no es la muerte del toro, sino las circunstancias en que se produce. Todos admitimos que el ser humano no inició la guerra que le ha conducido al dominio del reino animal, pero para muchos va siendo hora ya de darla por concluida. El hombre no tiene necesidad de matar en combate singular porque las condiciones de rivalidad con los animales han desaparecido a su favor. La tauromaquia es una reliquia de los tiempos en los que todavía se luchaba por el señorío de la tierra. Ahora, bajo el imperio de la planificación, nombre moderno de la ley del más fuerte, es indigno y, por lo tanto, inmoral, descender a la arena y llenarse las manos y la conciencia de sangre. Una sociedad científica, hedonista y de progreso no puede permitir que el sufrimiento sea un espectáculo.

La fiesta taurina remite, en efecto, a una forma de vida ancestral. Esto no significa que no haya evolucionado. Lejos de lo que sostienen los detractores, la tauromaquia se ha refinado a lo largo del tiempo. El problema es que no puede hacerlo más. Sin sacrificio no hay fiesta. Uno puede despreciar el significado ritual y simbólico de las corridas de toros y considerarlas, como las variedades o el circo, un mero espectáculo, pero si no se limita a juzgar desde fuera, sino que quiere entender algo, es necesario también abrirse de algún modo a lo que en la lidia acontece.

Fiesta, no espectáculo. La fiesta es una ceremonia en la que todos participan, cada cual de acuerdo con un papel previamente asignado. El hecho de que para ocupar un asiento en la plaza haya que pagar una entrada no convierte al espectador en público. Tampoco son público los feligreses que participan de la misa. Quien asiste a una corrida se compromete con lo que sucede en la arena porque lo que sucede en la arena no es cualquier cosa, sino un combate a muerte. El matador mata o muere en nombre de todos los presentes. Oficia un papel litúrgico que implica a cuantos se hallan dentro del círculo mágico de la plaza. Si los celosos guardianes de la moral pública se sienten concernidos por lo que pasa allí es porque niegan la existencia de reductos sagrados, de círculos mágicos. Para ellos, todo espacio es, por definición, espacio público.

Los defensores de las corridas de toros perjudican marcadamente su propia posición al sostener que la tauromaquia es un arte, o sea, una actividad abierta a todos. Haber inspirado a grandes artistas no significa que lo sea, y no lo es porque cuando corre la sangre los símbolos dejan de serlo. La tauromaquia no es un arte, sino una ceremonia ritual, una fiesta pagana que ha sobrevivido, y no por casualidad, en España. Pasaré de puntillas por este extremo, pero es importante aclarar que los toros no tienen nada que ver con la religión, aunque están mucho más cerca de ella que del arte, razón por la cual es natural que sufra el ataque del espíritu de los tiempos, un espíritu que ha abolido la distinción entre sagrado y profano bajo el principio de que todo debe quedar iluminado por la luz de la razón.

Imbuidos de este espíritu, los enemigos de la fiesta abominan de un rito en el que la muerte es un espectáculo. La muerte, no la muerte fingida, como en el teatro, sino la muerte de verdad. Para ellos, el hecho esencial es el sacrificio público del toro, su estéril sufrimiento. Comparar esto con lo que sucede en los mataderos les parece, con toda razón, ridículo. Los animales son sacrificados por legítima necesidad. Podemos asumir la responsabilidad moral de esta carnicería porque tenemos que comer. Pero: ¿quién puede asumir la necesidad moral del espectáculo de la muerte de un toro?, ¿hace falta que esto ocurra para saber que la existencia es terrible, que la muerte forma parte de la naturaleza, que la lucha de la inteligencia contra la fuerza nunca es segura? Todas esas cosas podemos comprenderlas sin necesidad de derramar una sola gota de sangre.

Las razones humanitarias que se alegan para prohibir las corridas de toros constituyen sin embargo sólo la cáscara retórica del asunto. Lo que no se dice es que la eliminación de la fiesta, entendida como ceremonia sagrada, es un paso lógico en el esfuerzo por construir un mundo homogéneo de acuerdo con los principios de la ilustración. De la misma manera que la ciencia tuvo que desembarazarse de la hipótesis aristotélica de los dos mundos, supralunar y sublunar, los ideales ilustrados exigen acabar con las viejas dicotomías (sagrado-profano, fasto-nefasto, masculino-femenino, etc.) heredadas de la tradición. La lucha por el espacio público emprendida hace dos siglos por los ilustrados no concluirá hasta que toda actividad humana quede bajo la celosa vigilancia de la razón, encarnada hegelianamente en el Estado, expresión del espíritu de los tiempos.

Los Estados totalitarios comprendieron esto de forma absoluta, hasta el punto de no admitir ni siquiera la distinción entre lo público y lo privado. Los Estados constitucionales, más prudentemente, fijaron en nombre de la libertad restricciones al poder estatal, aunque, debido al peso alcanzado por el Estado, las facilidades de control que ofrece la técnica, la servil deriva de las masas, la partitocracia, etc. dichas restricciones tienden en los últimos años a esfumarse sin solución. La libertad mengua en la misma medida en que todo se vuelve competencia del Estado. Hay países en los que fumar en los parques está prohibido porque la atmósfera ha sido declarada espacio público. En el nuestro se ha hablado ya varias veces de establecer por ley el modo en que deben repartirse las tareas domésticas dentro de las casas porque el domicilio también puede ser considerado a ciertos efectos un espacio público. Lo son, desde luego, la conciencia ciudadana de los jóvenes en edad escolar, los consejos de administración de las empresas, obligados por ley a cumplir el precepto moral de la paridad, etc.

Esta es la tendencia y difícilmente nadie podrá frenarla. La supervivencia de reductos sagrados, no necesariamente religiosos, pero sí sujetos a códigos propios, será cada vez más ardua en un mundo dominado por el principio de la homogeneidad establecido como ideal de la razón. Que le haya tocado ahora a la tauromaquia defender su existencia era la cosa más previsible del mundo. Los ataques serán mucho más vigorosos en el futuro, y no será lo único combatido desde dichos principios. El único consuelo que pueden encontrar los aficionados a la lidia es que si la Historia sigue su derrotero los impulsores actuales de la prohibición sufrirán también tarde o temprano el golpe de la fatalidad, pues si existe un círculo mágico, un reducto sagrado, una forma ancestral de vida, fuente de incontables sufrimientos, es, desde luego, su idea de nación.
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